DecMag se va al museo: Andy Warhol en el CaixaFòrum de Barcelona

Como artista pop, Andy Warhol y sus 350 obras instaladas temporalmente en el CaixaFòrum de Barcelona han logrado atraer a las masas y, para nada del mundo, aunque casi en el tiempo de descuento, podíamos fallar a esta cita. Desafiante, crítico con el sistema y ego, mucho ego, esas serían las palabras que subyacen lo que aparentemente pueden parecer obras banales, ya que al contrario de la cultura pop a la que estamos acostumbrados hoy en día, detrás de cada obra de Andy Warhol hay una gran intencionalidad. Por todo ello, las largas colas para acceder al recinto han hecho que el CaixaFòrum  pareciera las ramblas a lo largo de este final de año.

Warhol traslada a la pintura el espíritu Pop  que emergió a principios de los sesenta en Estados Unidos y que se consolido en extraordinarios eventos como el festival de Woodstock en el 69, así como el movimiento feminista en Norteamérica – con la publicación de The Feminine Mysitque en el año 64 – o los movimientos estudiantiles de mayo del 68 en París, Méjico e incluso en España. La tónica común de estos movimientos fue la de hacer de la cultura algo popular. De esta forma, se intentaba desvincular el discurso cultural impuesto desde las élites para acercarlo a la misma gente, dirigido ahora a lo extraordinario de lo ordinario, a la vida común, con la intención, con un éxito discutible según se mire, de lograr un sentimiento de pertenencia a la vida común y, sobretodo, a la vida política. Pensemos en The Rolling Stones o en The Beattles: nadie duda de su increíble talento con la música, pero hablaban como gente y para la gente, reivindican el sentimiento de vivir y compartir siendo y no sucumbiendo al relato que unos pocos imponen. Y, además, lo hacen  en estadios y en tejados, no des de prestigiosos teatros como lo hacía la opera o la música clásica. Warhol es participe de este fenómeno y hace lo mismo en el mundo pictórico: no todo el mundo está capacitado para entender o para acceder a la obra de Pollock o Kandinsky, pero sí para ver billetes de Dólar, vacas y sopas Campbell. En lo que se refiere al arte, la obra de Warhol nos dice dos cosas muy importantes: la primera es que todo puede ser arte, y que, de hecho, nada cuenta en el arte más que la intención. La segunda es que lo popular no conoce límites, esto es, que absolutamente todo puede ser un icono de masas:

“En el futuro, todos seremos famosos durante 15 minutos” (Andy Warhol)

Todo esto lo veremos más detalladamente a medida que avancemos en la exposición. Empezamos:

Three Coke Bottles, Andy Wahrol (1962)

Accedemos, o al menos así lo intentamos, a la primera sala en la que, debido a la concentración de personas y sabiendo lo que hay en la siguiente es fácil obviarla, y más cuando en ésta se encuentran básicamente esbozos de revistas y de algunos de sus primeros cuadros. En la siguiente se presentan ya grandes representaciones de su obra. Paramos especial atención a “Three Coke Bottles” (1962) – quizá se deba a la especial predilección que tiene uno de nosotros por la Coca-Cola. Esta obra en la que Warhol plasma lo que él denomina como “el gran logo del consumismo”. Esto es, que des del presidente hasta un humilde trabajador puede y consume el mismo producto, sin ninguna diferencia, una Coca-Cola es siempre una Coca-Cola. En él, se exhibe una feroz crítica hacia la economía del consumo de masas y a la idea de que todo el mundo es igual por poder acceder a los mismos productos borrando así las “barreras visibles”. Pero, por muy iguales que sean las Coca-Colas, MacBooks, hamburguesas del McDonalds que consuman el presidente o el obrero, sus vidas nunca serán iguales. En este sentido, la obra de Warhol pretende evidenciar la fantasmagoría en la que vivimos. El problema esta vez es que hay demasiada información en la sala y algunas obras como las Brillo Box – obra capital pues marcan lo que Arthur Danto denomina “el Fin del Arte” o, lo que es lo mismo, que ya todo vale en el arte; incluso lo que en un supermercado sería un simple objeto, en un museo es arte – quedan eclipsadas y arrinconadas por las Marilyn, que son de más popularidad en la actualidad; gente posando y algún que otro flash innecesario. Directamente, y más por la incomodidad de ser el “otro” que no se hace fotos delante de ella pasamos de largo a buscar algo más interesante.

Retrato de Liz Taylor, Andy Wahrol (1965)

En la siguiente sala, y a nuestro parecer esto es la tónica de la exposición, vuelve a haber una mala distribución del espacio. Entrevimos a Liz Taylor en una esquina debido a la constante aglomeración de gente y los retratos “de muerte”, esto es, los retratos de personas que se sabían que iban a fallecer quedan totalmente eclipsados por las Sopas Campbell. Aún así, personalmente nos parece una de sus obras más inquietantes pues la combinación de felicidad que asociamos a la pintura de Warhol queda flotando ante la idea de muerte que, en definitiva, está mostrando, pero volveremos a ello más adelante. Entonces, de golpe, apareces en “Screen Test”, una sala oscura compuesta por varios cortometrajes mudos en blanco y negro de los rostros de diversas figuras como Bob Dylan, Marcel Duchamp, Salvador Dalí y su peculiar expresión o Alen Ginsberg con una mirada de haberse pasado la noche fumando en la oscuridad sobrenatural . “Screen Test” y sus miradas penetrantes te inducen a la introspección, pero no por mucho tiempo ya que de golpe te aparece un retrato de Mao Tse Tung de proporciones gigantescas en un fondo rosa, el referente del comunismo convertido en una imagen pop al lado de las Vacas, también convertidas en una imagen Pop. En este sentido,  se evidencia que todo lo que se populariza se pervierte, se convierte en un logo, en una imagen sin una reflexión de fondo. Y, la repetición de la misma, hace que la normalicemos justamente como eso, un éxito que no cuestionamos, esto es, otra vez, una fantasmagoría.

Acabamos en la sala más interesante de toda la exposición. Al final de su obra, Warhol adquiere una dimensión tremendamente experimental e inicia un desplazamiento de su arte mecánico hacía elementos (aparentemente) alejados de la cultura pop norteamericana, acercándose a un arte más propio de Duchamp que no Dadaísta – el movimiento que más le influyó en sus inicios.

Big Electric Chair, Andy Warhol (1967)

Pistolas, Calaveras y sillas eléctricas se alzan como protagonistas. Nos detenemos en éstas últimas pues una gran Silla Eléctrica de color azul turquesa ocupa el centro de la sala y a su derecha, 10 serigrafías de la misma silla en un sinfín de colores. En mi opinión, este es el ejemplo perfecto de la crítica que Susan Buck-Morss hace al concepto de “arte democrático” de Walter Benjamin. Este último sostiene que las nuevas tecnologías ofrecen una nueva forma de entender el arte pues su repetición elimina el valor cultual  sustituyéndose por el valor exhibitivo:

“La producción artística comienza con hechuras que están al servicio del culto. Presumimos que es más importante que dichas hechuras estén presentes y menos que sean vistas. El alce que el hombre de la Edad de Piedra dibuja en las paredes de su cueva es un instrumento mágico. Claro que lo exhibe ante sus congéneres; pero está sobre todo destinado a los espíritus. Hoy nos parece que el valor cultual empuja a la obra de arte a mantenerse oculta.” (Walter Benjamin)

El problema, según Susan Buck-Morss, es que una infinita secuencia de imágenes lejos de democratizar el arte pervierte la relación espectador-obra, esto es, eliminar el valor cultual favorece que no sea necesaria la contemplación de la obra sino que será suficiente con lo que denomina “mirada distraída”, el “oh, qué bien, muy bonito” y a otra cosa. Por lo tanto, no existirá realmente una democratización del arte pues éste no se discutirá, se entenderá como dado, es decir, sólo miramos la superficie de algo que, en su repetición, sustituirá nuestra posibilidad de pensar pues, distraídamente, habremos olvidado la contemplación: pensemos en el cine, el paso de una escena a otra limita nuestra capacidad de imaginar a través de ella, pues lo que podemos imaginar será substituido al instante por la escena que sigue la anterior. En ese sentido, el arte cambiará su valor de imaginar nuevas realidades por un valor anestésico, en palabras de Susan, que favorecerá la creación de una realidad idílica en nuestro imaginario  – como pasaría en los primeros impases del impresionismo francés de, entre muchos, Monet – que no será otra cosa que una fantasmagoría, una burda representación de un capitalismo-burocratizado que oculta sus efectos reales sobre el pueblo norteamericano.

Con las Sillas, Andy Warhol nos advierte de que la cultura de masas nos anula como individuos críticos.

“Andy Warhol, el arte mecánico” ha sido una exposición que pese a sus evidentes errores de realización y quizá por eso una oportunidad, aunque no perdida, si desaprovechada, ha representado la traducción de una época, la época pop, de la cultura de masas y la “american way of life”. Una exposición en donde hemos podido disfrutar de Warhol a lo bestia, ingiriendo obra tras obra sin ni siquiera tener tiempo de digestión, como en las comidas de Navidad, el entrante se juntaba con las Brillo Box, de segundo Liz a la Monroe y de postre una sala llena de revistas, vinilos, recortes y cuadros que empalagaban más que los turrones. Aun así, como en todas las cenas de Navidad se respiraba felicidad y satisfacción entre los asistentes, algo quizás paradójico pero también podría ser que nosotros seamos el típico cuñado quejica.

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *