¿Un mundo postideológico?

El pasado 15 de Abril Yayo Aznar estuvo como ponente en el acto: “El arte en tiempos de crisis: Producción y gestión cultural en un mundo capitalista”. En él salió a la palestra un concepto del que hoy me gustaría hablar: la postideología.

Yayo Aznar define la postideología como la superación, quien sabe si hegeliana, de los conflictos ideológicos y la asunción, sin rechistar, por parte de la ciudadanía de unas líneas políticas que parecen indiscutibles. La indiscutibilidad de unas líneas políticas que vienen ya predeterminadas recuerda ese viraje ético del que nos habla Rancière y que implica la supresión de la división de la moral en tanto que unificación e identificación de una manera de ser y un principio de acción. La posideologia, por lo tanto, nos evoca al consenso rancierano. En el consenso, pero, aunque todo el mundo ve lo mismo debido a que participa de una misma realidad, una misma estructura simbólica, no todo el mundo está incluido. El consenso no implica acuerdo, no implica la participación e inclusión de todos los individuos en un mismo sistema; el consenso implica la supresión de la política tal y como la entiende Rancière y que significa la supresión de la dimensión antagónica constitutiva de las sociedades humanas y por lo tanto la unificación de una comunidad en una misma ética y un mismo derecho.

Bajo este paradigma que nos acecha y la tendencia dominante del pensamiento liberal – que se caracteriza principalmente por dar un enfoque individualista y racional de la sociedad creando así un espejismo de igualdad pero siendo incapaz de reconocer la naturaleza de las identidades colectivas -, la característica y consecuencia principal que subyacen de la era posideologica y la sociedad consensual es la capacidad de exclusión de ciertos grupos e individuos a la par que la democratización, pero una democratización banal, del espacio público. Ahora bien, a lo que pretendo referirme cuando hablo de exclusión no es sólo aquellos grupos de gente que de forma “visible” se le prohíbe realizar una u otra actividad, se le priva de uno u otro derecho sino que focalizo mi discurso sobre aquellos individuos que se vuelven totalmente invisibles ante la mirada distraída de los ciudadanos, atrapados dentro de un sistema en el que ellos ni tan siquiera cuentan, un sistema que no les tiene en cuenta porque ni les incluye ni les excluye, los convierte en fantasmas y, cuando digo que esta exclusión es una característica principal de un mundo postideologico, lo digo porque aparentemente la exclusión de estos individuos no parece tener ninguna razón concreta, no se basa en ningún fundamento ideológico que les pretenda el mal aparente, precisamente la conversión de estos individuos en fantasmagorías se da por la aceptación general de unas líneas políticas que parecen indiscutibles y que sitúa a estos individuos no al margen del sistema, sino dentro, muy dentro de un sistema que los recoge para posteriormente olvidarse de ellos.

Todo esto que acabo de escribir, Santiago Sierra (del que hemos ya hablado aquí y aquí) lo materializaba ya en el 2000 cuando, en el Kunst Werke de Berlin, pago a seis exiliados chechenos para permanecer dentro de una caja de cartón en su obra “Trabajadores que no pueden ser pagados, remunerados para permanecer en el interior de cajas de cartón”. Seis personas que, bajo la categoría casi estética de refugiados en la que habían sido inscritos sólo podían subsistir porque a cambio de los aproximadamente 40 míseros dólares que la legislación alemana les otorgaba por su condición a ellos se les prohibía expresamente trabajar bajo la amenaza de devolución. Los seis fueron “recogidos” por un sistema que posteriormente se encargó de marginarlos, invisibilizarlos y dejarlos sin voz.

Sierra, Santiago (2000): "Trabajadores que no pueden ser pagados, remunerados para permanecer en el interior de cajas de cartón". Kunst Werke, Berlín.
Sierra, Santiago (2000): “Trabajadores que no pueden ser pagados, remunerados para permanecer en el interior de cajas de cartón”. Kunst Werke, Berlín.

Precisamente del tema de la voz es en lo que me gustaría centrarme ahora. Antes he dicho que otra de las características de la postideología era la democratización banal del espacio público en tanto que, a partir de dar cierta capacidad de habla, de dejarnos levemente expresar nuestra opinión, se nos ha quitado realmente la voz, se nos ha silenciado. Nuestras democracias se caracterizan precisamente por un antagonismo: por un lado, los mercados y las instituciones tienen una especial predilección por las encuestas, reforzando la especial necesidad de conocer nuestra opinión que califican de única, por el otro, esta nuestra opinión se disipa en la inmensidad de una de entre tantas elecciones que tenemos que tomar sin saber muy bien ni el qué ni el para qué, desembocando todo este en una final apatía por parte de la mayoría y el posterior abandono del espacio público aceptando así, de nuevo, unas líneas políticas que parecen indiscutibles y creyendo realmente que nada puede afectarnos. De esta forma, adoptamos así una postura cínica en la que no hacemos nada porque siempre creemos que nunca se va a poder hacer nada.

Pero todo esto es falso. Es falso invocar a la democracia, la conformidad de la ley y la no violencia para tratar de racionalizar la ausencia de acción social porque precisamente nosotros, como espectadores, tenemos el deber de plantarnos y juzgar al tiempo que recuperamos el espacio público. Porque la percepción requiere participación y precisamente la ideología de la postideología radica en hacer olvidar que los mercados tienen ideología, y esa es la de imponer una realidad social cuya misma reproducción implica que los individuos no entiendan lo que está pasando y no sean, responsables, por lo tanto, de sus resultados.

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