Educar el Deseo. Conferencia de Lynne Segal en el CCCB

El ciclo “Somos Adultos” llegó a su fin y, tras cuatro conferencias en las que se han tratado los diferentes aspectos que forman el camino del individuo hacia la madurez propia del ser adulto y de las que ya hemos hablado aquí, aquí y aquí, el seguido de conferencias organizadas por el CCCB cierra con la presencia de Lynne Segal. En esta sesión que tiene como título “Educar los deseos: momentos de felicidad compartidos”, Segal nos habla de la felicidad como experiencia colectiva, la esperanza y la utopía.

Lynne Segal parte su exposición con la siguiente pregunta: ¿Si parece que vivamos en mundos distópicos, en tanto que los tiempos actuales son totalmente inciertos al igual que la política y la economía, como podemos hablar de felicidad? Su respuesta es que los momentos de felicidad y alegría raramente llegan de forma esperada, sino que suceden con posterioridad a un tiempo oscuro, de crisis, y por lo tanto precipitadamente, sin avisar, lo que implica que es imposible desasociar la felicidad de la superación de problemas. Pensemos, por ejemplo, en el mayo del 68. Segal nos explica que ese fue un movimiento global, lleno de alegría, de felicidad colectiva y sobretodo de utopía, en donde se divisaron nuevos horizontes mediante la queja y el rechazo a un contexto caracterizado por el auge de la explotación capitalista y la sociedad de consumo o la Guerra de Vietnam, entre muchos otros aspectos. En general, toda la década de los sesenta fue una época en donde las minorías empezaron reivindicarse como colectivos con voz, nunca más silenciados. Como podemos ver y es precisamente por lo que Segal puso como ejemplo este momento histórico, es que durante la década de los sesenta la característica principal de los movimientos sociales destacaron por reivindicar la experiencia colectiva como algo fundamental, esto es, a través de manifestar la necesidad de recuperar los espacios públicos en donde todo el mundo pudiera ser incluido y fuera participe, recuperando asimismo el concepto de ciudadano como igual, como parte. Para la filósofa de origen australiano esta es una característica esencial para la realización del ser humano como uno feliz ya que entiende la felicidad no como algo cuantificable, sino que como una manera de actuar en el mundo.

Hoy en día, continuaba diciendo Segal, vivimos en un mundo donde hay abusos de poder de forma constante, ante esta situación es necesario que enseñemos a desear  para no caer en la comprensión y aceptación de las voluntades impuestas por los poderes. Precisamente esta falta de deseo, de aspirar a un futuro, es lo que nos hace fallar. Necesitamos esperanza para poder avanzar. Llegados a este punto un podría pensar que fundar un futuro en la esperanza puede ser algo muy peligroso, algo no deseable en tanto que la esperanza, al estar fundada en el futuro, en lo aún no dado, puede traer más frustración que resultados deseables, y de hecho es así. La esperanza está constituida en parte por la precariedad del fracaso, pero es precisamente este estar fundado en lo no-dado lo que nos da una opción, una posibilidad de que eso deseado acontezca y, por esta razón, nuestras acciones deben dirigirse hacia alcanzar ese bien tanto como sea posible, aunque no lleguemos nunca a alcanzarlo. A partir de esta idea que se transmite a lo largo de su intervención, Segal destaca dos factores que son de vital importancia para poder realizar nuestros objetivos: el primero, del que ya hemos hablado antes, es la importancia de entender la comunidad como un lugar en el que vivir, un  espacio donde se disipe la línea entre lo privado y lo público para formar un todo; el segundo es la necesidad de reinventar la utopía para recuperar el optimismo político porque como dice Heraclito: “quien no espera lo inesperado jamás lo encontrará”.

Lynne Segal durante la conferencia (Fotografia: @CCCBDebats
Lynne Segal durante la conferencia (Fotografia: @CCCBDebats

Finalmente, volvemos al concepto de felicidad. Aquí Segal vuelve a remarcar la necesidad de reconocer la felicidad como un atributo contextual. De esta manera y tal y como lo entendia Hannah Arendt, la felicidad es una posibilidad que se da en el propio seno de una sociedad, esto es, un conjunto de oportunidades que brotan de la experiencia colectiva en su totalidad –  económica, política y cultural –, una experiencia que constantemente se renueva y que educa a sus ciudadanos. En última instancia, el concepto de felicidad descrito por Lynne Segal es, en realidad, una alegría compartida fruto de la participación política, que suscita a seguir participando en ésta, logrando la madurez de dicha comunidad si recuperamos las palabras de Pedro Olalla, porque de dicha felicidad surgirá de forma inevitable la voluntad de ampliar sus propios horizontes, sus campos de acción, aunque esto implique crear espacios alternativos a las tradicionales instituciones, olvidadas ya en fomentar la participación ciudadana. No perdamos de vista el espíritu del 68, un espíritu donde a partir de la solidaridad, la igualdad se volvió a la utopía entendida como un camino que era digno de explorar porque, en su esencia, encontraba tanto el bien como lo justo.

Porque educar el deseo significa darse cuenta de que muchos de los sueños del pasado que teníamos ya como olvidados aún están allí, quietos, justo delante nuestro.

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