Banksy y la supervivencia del arte en la sociedad del capital

Cuando parecía que el carácter reivindicativo de la obra de Banksy tocaba a su fin, el pasado jueves volvió a sorprendernos. Los hechos ocurrieron de la siguiente manera: en un primer momento, la galería de arte Sotheby’s puso a subasta la obra del misterioso grafitero “Girl with Ballon” (2006). Tenemos que tener en cuenta la magnitud de tal hecho, pues parece de una hipocresía destacable que un artista que tiende a denunciar las consecuencias imperialistas del capitalismo que reina en occidente ponga a subasta una de sus obras para lucrarse bajo la lógica especulativa, es decir, bajo lo que crítica con más intensidad. Aunque está claro que esto no le importa demasiado al coleccionista; así que, como era de esperar, los participantes de la subasta pujaron fuerte por la obra hasta que fue adjudicada por un valor de 1.4 de millones de dólares americanos. He aquí la auténtica sorpresa, justo en el momento de su compra la obra fue triturada por su propio marco.

Pero, ¿qué nos quiere decir Banksy? Parece evidente que, según el autor, el arte tiende a su propia destrucción si continúa por la senda especulativa que tiene su máxima expresión en las subastas de arte. Ahora bien, muchos expertos consideran que ahora, parcialmente destruida, la obra posee todavía un valor superior. Nos preguntamos, entonces, ¿puede considerarse este suceso una obra de arte? ¿puede entonces el arte sobrevivir si, siguiendo a Santiago López Petit, vivimos dentro del vientre de la bestia del capitalismo? ¿puede el mercado capitalizar todo tipo de creación, ya sea crítica, destructora o dentro de una tradición concreta? Como vemos, las preguntas son muchas, demasiadas incluso, y es que actualmente conceptos como la creatividad, la cultura y el conocimiento se encuentran bajo la sospecha de ser marionetas del poder, vacíos de todo componente de resistencia. Conviene, por lo tanto, entender cuáles son los procedimientos que nos han traído hasta esta situación y tratar de encontrar recovecos en los que el arte y la cultura puedan continuar existiendo.

Sigmund Freud y Banksy

La idea de cultura que Sigmund Freud desarrolla en “El Malestar de la Cultura” nos sirve de apoyo sobre el cual llegar a la problemática que queremos tratar. Según el padre del psicoanálisis, el ser humano y la cultura conviven de manera antagónica. Por un lado, el ser humano es siempre un animal primitivo, un ser guiado por sus instintos más primarios, totalmente sumergido en la barbarie. Por el otro lado, la cultura restringe el despliegue y la satisfacción de las pulsiones sexuales y agresivas, dicho de otro modo, evita que el modo de comportamiento del ser humano sea el propio de un animal salvaje.

Si insertamos esta idea dentro del discurso de la modernidad, algunos teóricos argumentarán que la cultura se convierte en la superación continuada del animal primario hasta convertirse en dueño de la razón. Sin embargo, el propio Freud argumenta que esta represión se convierte en sentimiento de culpa, convirtiendo las imposiciones sociales en imposiciones individuales, poniendo de manifiesto que dichas tensiones instintivas no se superan, sino que se desplazan. Por lo tanto, podemos decir que “las extensiones civilizadas no eliminan ni substituyen el fondo de la barbarie, sino que desarrollan, extienden despliegan y justifican la base intuitiva y los substratos inconscientes, pero también los ocultan, los desplazan y los perturban” (Moraza, 2018). De esta manera, el ser humano es realmente la conjugación de cultura e instinto, de razón y cuerpo, un todo que debe ser asumido cuanto antes.

Banksy (2005): Napalm
Banksy (2005): Napalm

De algún modo, la obra de Banksy trata de poner sobre la mesa el desplazamiento de la barbarie que el capitalismo se esfuerza por alejar de sus consecuencias. No creemos que sea ninguna sorpresa afirmar que el actual liberalismo democrático convive con las formas más arcaicas de despotismo y desigualdad y que, bajo “el imperio de la razón” se legitiman guerras, mares de plástico y países convertidos en vertederos. Es algo que todos sabemos pero que desplazamos e ignoramos. En el fondo, nosotros también somos culpables con nuestras acciones y como participantes del sistema, pero continuamos refugiándonos en el argumento de que nuestras acciones son, el en fondo, racionales. De esta manera, el principal problema es que nos duele mirar lo que estamos permitiendo y de lo que somos parte, nos duele que nos digan que somos culpables de tal barbarie y que el animal que convive con la razón está más presente que nunca.

Sabiendo esto, Banksy yuxtapone iconos del capitalismo occidental que nos son familiares con iconos del imperialismo occidental (Brassett, 2009). Como Freud, Banksy se esfuerza por desmentir el hombre racional que ha superado a su animal gracias a la cultura utilizando su última consecuencia, la culpa. Y aunque no sea capaz de proponer alternativas concretas a los problemas que identifica, provee imágenes del tipo de estructuras de poder que nos gobierna, así como la hipocresía con la que la ética global debe convivir.

El arte en la sociedad del conocimiento

De lo anterior, podemos extraer una importante conclusión. Como de alguna manera intuía Nietzsche, la razón no es más que una epistemología jerarquizada que desplaza todo lo que no le es útil. Bajo el capitalismo, la razón saca su cara más agresiva y radical, la objetividad, que suprime al sujeto y las comunidades en su totalidad.

La objetividad, por lo tanto, se convierte en el arma más poderosa de las actuales democracias liberales. Una objetividad “omnisciente” que se legitima en una constante “superación de la precariedad cognitiva de los seres humanos” mientras que, en realidad, se trata de “una racionalidad disminuida frente a la fluidez cognitiva” (Moraza, 2018). Lo que el capitalismo ha hecho con el conocimiento es, en definitiva, fragmentarlo. La academia es el mejor ejemplo: si no fijamos en el contenido de los artículos de las más importantes revistas académicas, estas divulgan un conocimiento altamente especializado en disciplinas diversas, pero recíprocamente inconsistentes en muchos casos. La objetividad, en el saber, desplaza el punto de vista en una objetivación del sujeto y de su realidad, que ahora abstracta resulta inconsistente.

Ya en el plano del arte, si entendemos éste como “la recreación selectiva de la realidad emocional, perceptual y conceptual, simultáneamente psíquica y cultural, simbólica y cognoscitiva” (Moraza, 2018), es decir, como una representación subjetiva producida desde la totalidad del conocimiento, el hecho que el conocimiento pueda ser independizado de su soporte material, llevado hasta la más abstracción, permite un proceso de desmaterialización que afecta a la producción artística. Es decir, si bien el arte ha sido un modelo de integración cognitiva, “el arte moderno adquirirá su singularidad desde la reducción de sus variables, convirtiendo cada ismo en un sistema de negaciones, de rupturas epistemológicas” (Granés, 2011) que estalla en el arte de vanguardia producido después de la segunda guerra mundial, caracterizado por la producción intensiva de modos de arte fácilmente asumibles por discursos políticos. Yayo Aznar nos lo explica perfectamente:

“Vemos un Pollock, un Rothko, un De Kooning… y creemos que sabemos muy bien como enfrentarnos a ellos. Clement Greenberg, un prestigioso crítico norteamericano, nos lo explicó perfectamente y nos aconsejó la contemplación desinteresada. Solo nuestro ojo puro contemplando (admirando) la pintura: sus formas, sus colores, su bidimensionalidad. La pintura sólo como pintura, en su más pura esencia, en su más completa belleza. Y nuestro ojo, para poder conectar con cierta noción de lo trascendente nunca explicada del todo, pero muy firme en la tradición idealista de los últimos dos siglos, debe estar liberado de sus pulsiones, de sus tensiones, de sus preocupaciones, de cualquier asunto del incómodo mundo materialista exterior.”

De nuevo Freud está presente, pues el arte de vanguardia consigue desplazar lo material, lo real, para caer rendido ante el puro intelecto, ante la más absoluta razón, ante lo auténticamente verdadero. Hablando el mismo lenguaje que el capital, la abstracción artística permite capitalizar toda creatividad bajo los supuestos de Clement Greenberg y la instrumentalización política, pues es claramente una instrumentalización, ya que cualquiera que vea pintar a Jackson Pollock verá que su modo de hacer no es precisamente meditado, sino puramente animal. Más a nuestro favor, ya que, aunque el modo de hacer sea animal, los discursos liberales han desplazado el arte hacía el corazón de la abstracción, a la lógica de la especulación.

Namouth, Hans (1950). Fotografía de Jackson Pollock en su estudio.
Namouth, Hans (1950). Fotografía de Jackson Pollock en su estudio.

Así, y ante la amenaza de su existencia, el arte entra en lo que Rancière denomina la capacidad disminuida del arte, un arte micro político que trata de seguir resistiendo a la amenazadora red de arrastre del capital proyectando espacios donde la objetividad todavía no se ha impuesto, o siendo más ambicioso, tratando de enfrentarse a lo que todos hemos asumido como racional y natural. Esto nos devuelve a Banksy y al arte contemporáneo. De alguna manera, lo que todos vimos en la galería Sotheby’s al finalizar la subasta de la obra “Girl with Balloon” fue un pequeño acto de resistencia. Aun así, no tenemos claro si éste ha logrado escapar de todo aquello que denuncia, o de si el arte puede sobrevivir bajo los canales tradicionales y normativos.

Aun así, quizás, y solo quizás, la obra de Banksy se sabía secuestrada independientemente de que su valor comercial aumentase o no, ya que la propuesta artística depende de quienes participan en ella, a los que invita a romper el imperio de la objetividad. Con la irrupción de las redes sociales, la performance de Banksy ha sido vista por todos, por lo que no se trata de un hecho casual, o que pretendía perjudicar a quienes pujaban por ella, sino que pretendía generar en todos nosotros la pregunta: ¿qué es realmente el arte?

 

REFERENCIAS

  • Aznar, Yayo (2016): “El arte y los artistas en las últimas décadas: entre locos, gamberros y especuladores”. Art Duomo Global, Madrid, España.
  • Brassett, James (2009): “British irony, global justice: a pragmatic reading of Chris Brown, Banksy and Ricky Gervais”. Review of International Studies, Vol. 35: 219-245.
  • Freud, Sigmund (2017): “El malestar en la cultura”. Alianza Editorial, Madrid, España.
  • Granés, Carlos (2011): “El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales”. Taurus, Madrid, España.
  • Moraza, Juan Luis (2018): “El arte en la era del capitalismo cognitivo”. ASRI: Revista de Investigación. Arte y Sociedad, Vol. 15: 81-112.
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