Crónica del acto “Decir, cuantificar y delimitar el mal” de Ana Carrasco-Conde

El pasado jueves 21 de noviembre, Día Mundial de la Filosofía, tuvo lugar en el Ateneu Barcelonès una de las conferencias centrales del Barcelona Pensa, que fue protagonizada por Ana Carrasco-Conde (UCM) y moderada por Núria Miras (UB). Ana Carrasco-Conde ha publicado varios libros, entre los que se destacan Infierno horizontal: sobre la destrucción del yo (2012), La limpidez del mal (2013) y Presencias irReales: simulacros, espectros y construcción de realidades (2017). El contenido de su conferencia es decir, delimitar y cuantificar el mal, que es todo lo contrario de lo que se explica en la Facultad de Filosofía. Ana Carrasco-Conde empezó la ponencia explicando que su forma de exponer el concepto del mal tiene relación con la forma como concibe la filosofía: afirma que la filosofía no es un sustantivo, sino un verbo conjugado, es decir, yo pienso, pero sobre todo nosotros pensamos. Siguiendo esta línea, lo que se pensó conjuntamente en el Ateneu Barcelonès fue algo que percibimos en la vida diaria: los diferentes gestos del mal.

Primeramente, Carrasco-Conde habló del desencaje entre las palabras y las cosas mediante el no ser de Gorgias de Leontinos, donde expone que las palabras son algo distinto de las cosas que hay y del peligro que esto supone, ya no solo por el desencaje entre reflexión, pensamiento y mundo, sino porque la reflexión, que está asociada a la subjetividad del que expresa y del que escucha, va a contaminar el sentido. Sin embargo, Ana Carrasco-Conde afirma que con el mal no es cuestión de relativismos y que el mal puede nombrarse; se trata, pues, aunque haya cierto desencaje, de decir el mal para que tenga un impacto social, político y ético que permita señalarlo. Siguiendo con Spinoza, que constata que el mal en sí no existe, sino solo lo malo como una relación entre partes que descomponen la esencia, Carrasco-Conde reflexiona acerca de lo que dice Spinoza a Blijenbergh: “Yo no podría conceder que los pecados y el mal sean algo efectivo”; pero, ¿acaso no hay males efectivos?.

Ciertamente –afirma la filósofa– no hay un mal esencial, sino más bien un mal estructural. Asimismo, Ana Carrasco-Conde puso a prueba alguno de los conceptos de la filosofía para explicar la efectividad del mal. Ingeborg Bachmann, poeta austríaca, dice que el mal es el corte que no cierra; para entender ese corte, Ana Carrasco-Conde propone desquiciar los conceptos y aplicarlos a la realidad, no a una descripción teórica.

De este modo, debemos precipitarnos por el corte del mal, ya que confirma que la construcción racional del mundo no coincide con la experiencia de la vida –señala Carrasco-Conde–, por lo que caemos en la insensibilidad y alguno de los actos más terribles solo suscitan silencio. En este sentido, resucitan las preguntas de Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, ya que son estas preguntas las que nos repetimos ante algunas noticias, como por ejemplo los feminicidios: ¿cómo ha podido suceder? ¿por qué ha sucedido?. Pero lo terrible de estas preguntas no es su formulación sino la recurrencia que tienen en nuestras vidas debido a los crímenes que suceden cada día en todo el mundo: hay puntos exactos de nuestra cartografía donde mueren personas y no entidades abstractas. Ana Carrasco-Conde, por lo tanto, sostiene que no hay un lado oscuro, ya que el mal está a simple vista y no debe entenderse como un reverso de la bondad. No podemos, entonces, invisibilizar lo que constituye una verdadera amenaza en la superficie: es preciso, pues, introducirse en las grietas de la superficie para pensar un s acá y hacerlo con una filosofía de la superficialidad. Esta es la filosofía que reivindica la filósofa, ya que afirma que partimos de la superficie, y nos anima a decir el mal, porque aunque las palabras no valgan señalan, delimitan y nos permiten generar un contorno.

Ana Carrasco-Conde (izquierda) y Núria Miras (derecha). Foto: Ateneu Barcelonès
Ana Carrasco-Conde (izquierda) y Núria Miras (derecha). Foto: Ateneu Barcelonès

Indecible, ilimitado y desmesurado son los adjetivos con los que normalmente se ha caracterizado al mal. Teniendo en cuenta estos adjetivos, el mal, entonces, es algo inalcanzable e impensable. Sin embargo, Ana Carrasco-Conde desmontó durante la conferencia estas definiciones clásicas del mal con el fin de proponer una diferencia entre el mal, la maldad y el daño. Para ser uno de los grandes laberintos de la razón, la verdad es que pocos filósofos han profundizado hasta el final respecto al problema del mal: las respuestas se dividen entre aquellas que hacen del mal una forma de ignorancia, otras que lo entienden como una privación del ser, otras que hablan de lo malo y lo bueno para el hombre en relación con una naturaleza deficiente. Otras, sobre todo a partir de Agustín de Hipona, que centran el problema del mal en el mal moral, por lo que hacen de la voluntad del hombre el núcleo de su reflexión: si Dios es bueno ¿cómo podría crear el mal?, ¿nos ha creado malos?, ¿por qué hacemos el mal?. Estas reflexiones han producido que no se culpe del mal ni a Dios ni a la razón, tampoco a las inclinaciones en sí mismas, ni a la sensibilidad. ¿De dónde viene, entonces, la maldad del hombre? Quizá el tratamiento de las psicopatologías haya sido la desacralizada manera moderna de resolverlo todo. En algunos casos, el mal tiene que ver con algún tipo de elemento defectuoso –afirma Carrasco-Conde–, pero en otros casos quizá encontremos una razón maliciosa.

Al final de la Fenomenología del espíritu de Hegel se abre una diferencia crucial entre el mal cometido y entre el mal padecido. De hecho, muchas veces el creer que es lo mejor lleva a las peores acciones y circunstancias, es ese creer lo que desemboca en la injusticia. Para Platón, el mal es una realidad de este mundo de apariencias que consiste en la ignorancia y la maldad; según el filósofo, ni Protágoras ni Heráclito tendrían razón, ni mal ni bien son relativos: mientras que el bien es absoluto, el mal es una forma tan equivocada de conseguirlo que desemboca en la desgracia de quien lo comete. La influencia de Platón en las concepciones sucesivas del mal, hace que estas se bifurquen en distintas sendas que están conectadas entorno a la noción de privación, desde aquellas que llegan a sostener que el mal no existe como tal hasta aquellas que hacen énfasis en la elección equivocada en la búsqueda del bien y la felicidad. Es importante destacar el mal sin medida que Plotino hará contra los gnósticos, para los cuales el mal existía ya que entendían el mundo como la producción de un demiurgo maligno. Si el bien es para Plotino, como para Platón, la medida y el orden, el mal es entendido como sin medida porque no responde a un patrón de medida: frente al orden, el desorden; frente a la forma, lo uniforme; frente a lo limitado, lo ilimitado,…

San Agustín de Hipona hace una gran aportación con su visión del mal: afirma que el mal está muy relacionado con un yo que piensa, sopesa y decide, un yo que está en cada uno de nosotros. Desde este momento, el yo ocupará el análisis del mal, dando sombra a otros de los elementos clave, con la finalidad de que el diálogo con el odio se pregunte cómo juzgar según qué actos, por lo que va a nacer la noción de pecado y de divino castigo en otro mundo: “Cada hombre que no obra rectamente es el verdadero y propio autor de sus malos actos”. De nuevo, para Agustín de Hipona hay un orden y una forma correcta de hacer las cosas. Las dificultades a las que se enfrenta San Agustín son numerosas, porque sin culpar a Dios o hacerlo su cómplice debe explicar cómo en un orden bueno y justo, es decir, el punto de partida, es posible el mal. De este modo, para Agustín de Hipona el mal será aquello que da la vuelta al orden establecido: la perversión. El mal, por tanto, consistiría en una perversión de lo correcto y lo ordenado según la medida divina; quien hace el mal no lo hace para causar daño, sino para generar un beneficio propio: nadie hace el mal con el mal mismo. Agustín de Hipona hablará de este modo de un amor perverso y desordenado: amor, ya que todo ser humano tiende a la felicidad y no elige voluntariamente cometer el mal, y perverso y desordenado porque el ser humano se equivoca al elegir el camino para ser feliz. Por lo tanto, si el ser humano hace el mal es por un amor que se torna en hedonismo. Kant, heredero de Agustín de Hipona, en la Crítica de la razón práctica expone que el mal que se ejerce está siempre relacionado con una voluntad de quien así lo decide, mientras que el mal que se padece aparece como dolor o malestar. Además, Kant va a hablar del mal radical, intrínsecamente asociado con velar con los propios intereses del ser humano. Después de Kant, Shcelling va a hablar del mal como una causa eficiente que tiene que ver con una inversión de los principios: hay un acto libre, ya que la libertad del hombre es una capota para hacer el bien o el mal, y una vez que el hombre elige hacer el mal lo que produce es una inversión del mundo como se concibe.

Finalmente, el último autor del que habló Ana Carrasco-Conde fue  Sade, en quien el concepto de mal es muy claro: el mal como transgresión. La transgresión se puede relacionar con vulnerar una norma, pero lo cierto es que la transgresión se encuentra dentro de un orden, ya que se trata solamente de subvertirlo, pero maneja el mismo orden. Después de pasar por las distintas definiciones del mal que se han dado a lo largo de la historia, Carrasco-Conde concluye que el mal se puede decir de muchas maneras, pero no todos sus modos son iguales. Sin embargo, la filósofa afirma que ninguna de las definiciones del mal que se han ido exponiendo nos sirven al leer los testimonios del mal. El mal padecido, como no tiene medida, no puede decirse, pero el mal que se comete hay que decirlo: el mal no es un acto de ignorancia, ni de deficiencia, ni de perversión, ni de transgresión. ¿Qué es el mal? El mal es dominio, lo cometemos cada vez que podemos y no reparamos en ello porque creemos que el mal es lo indecible, pero lo cierto es que con el mal obtenemos beneficios por nuestros propios intereses, ya sean políticos, sociales o emocionales y consolidamos este modo individual en el orden. No hay un acto malo aislado, es el orden el que genera injusticia, el mal se inserta en un orden: es un sistema que genera una tipología de relación basada en la dominación. Por lo tanto, el mal es un fenómeno estructural, por lo que puede decirse, delimitarse y cuantificarse.


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