La cultura frente a las masas

El impulso hacia la modernidad simbolizó el progreso. El progreso terminó convirtiéndose, al mismo tiempo, en conflicto. Empezamos a transformarnos en una sociedad moderna de la mano de la técnica, del surgimiento tecnológico. Las máquinas en las fábricas, el giro del motor en funcionamiento, la mecanización de lo que hasta entonces había sido el trabajo manual, nos ofrecieron el tiempo suficiente para poder dedicarlo a una nueva forma de cultura. Y, nosotros, como individuos, comenzamos a revisar nuestro reloj, nos acostumbramos a la prisa y al vértigo frente al futuro. Y ya no éramos individuos, cada uno de nosotros, sino una gran masa uniforme y unidireccional.

Son innegables los grandes cambios que hemos sufrido como sociedad desde el aterrizaje de la modernidad. Hubo un gran cambio de paradigma en el concepto del tiempo. Qué mejor que la cámara fotográfica como invento moderno que nos permitió la captura de momentos, de la instantaneidad. Qué mejor que el nacimiento del séptimo arte para captar la temporalidad de la experiencia, la continuidad del tiempo. Si nos sumergimos en el universo literario, quien mejor captó dicha experiencia fue, probablemente, Charles Baudelaire. Aunque fue un gran crítico de la nueva técnica fotográfica, culpándola de ser uno de los alicientes de la creciente industria cultural, fue también quien mejor captó la idea de la fugacidad del tiempo en la figura del flâneur, por ejemplo, o en las tumultuosas calles de París, que se convertía  en aquel momento en una de las grandes urbes europeas, en las que la aglomeración empezó a ser también una de sus principales características.

“Las ciudades están llenas de gente. Las casas están llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo de continuo: encontrar sitio”.[1]

Es así como en 1929 Ortega y Gasset dio pie, aunque nos adentremos en terreno movedizo, a la gran cuestión de la sociedad y la cultura de masas. Hay que retroceder un poco: la causante no fue la cultura, sino la sociedad.

 Las salas privadas de la aristocracia y de las cortes ilustradas fueron el epicentro de la educación por el gusto y el refinamiento artístico. Los aficionados al arte que asistían al nuevo evento social, los salones y exposiciones de arte, eran los que, simplemente, podían permitírselo. Analicemos brevemente el siguiente retrato del Duque de Alba, realizado por Francisco de Goya en 1795: sosteniendo una partitura del compositor Haydn, el duque se convierte en la imagen y definición del filisteo cultural[2], término acuñado por Hannah Arendt para definir este nuevo tipo de riqueza cultural en que la sociedad comienza a apropiarse de los objetos culturales como un valor de uso, situando la obra de arte en el punto más alto, para ascender socialmente.

Goya, Francisco (1795): "Retrato del Duque de Alba”. Museo del Prado, Madrid, España.
Goya, Francisco (1795): “Retrato del Duque de Alba”. Museo del Prado, Madrid, España.

Cuando la técnica llegó, se pensó como una gran aliada de las utopías sociales: la técnica prometía una sociedad mejor, prometía ocio y entretenimiento, el fin de la esclavitud. Este filisteísmo cultural mencionado derivó hacia algo peor en el momento en que los mismos objetos culturales comenzaron a tomarse como mercancías, ya como un valor de cambio movido por las fuerzas económicas que no venían sino del régimen del capital. Es así como la cultura se consumía de manera masiva. Y Arendt aquí no le encuentra el peligro, la necesidad por el entretenimiento es parte del ciclo de la vida; el peligro real es que ésta cultura, después de pasar por todos los procesos de masificación, se consuma de forma degradada y habiendo perdido su esencia más profunda. La autora nos pone varios ejemplos de esta degradación: “una nueva escritura, la condensación o resumen, la reproducción hecha sinceridad o la adaptación para el cine”[3].

Atraídos por estas formas de entretenimiento, de cultura fácil y pervertida, pasamos de ser esclavos del trabajo a ser unos esclavos del consumismo. Tanto Gustave Le Bon en su libro La psicología de las masas (1986), como el ya mencionado Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (1929) o incluso Herbert Marcuse en El hombre unidimensional (1964), están de acuerdo en que la masa es anónima, autómata, deshumanizada, salvaje e inconsciente, lo cual significó, probablemente, dar un paso atrás en la escalera de la civilización, hacia la barbarie. La obra Metrópolis (1916-1917) de George Grosz es un claro ejemplo de la multitud y la masificación en el campo pictórico.

Grosz,George (1916-1917):” Metropolis”. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid, España.
Grosz,George (1916-1917):” Metropolis”. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid, España.

El poco o el nulo sentido crítico de la masa se vio atraída por esta cultura de masas. Mediante ésta proliferación de imágenes, eslóganes y símbolos, de la fácil dominación de la masa y de la palabra recitada por “el guía” (führer), llegaron los totalitarismos europeos de la mano de Hitler, Mussolini y Franco. Simbolizó la pérdida del horizonte de la humanidad, el inconsciente como germen de todo mal.

Y de nuevo, volvamos al inicio: la técnica, las masas, el arte y la modernidad forman un cuadrado indestructible en este contexto. Obviamente, es un debate aun abierto que ha acogido múltiples visiones y perspectivas y nuestra propuesta aquí ha sido analizar brevemente parte de esta transformación social y cultural de Europa en los últimos siglos. Obras como Las abejas y las arañas (2000) de Marc Fumaroli, o Apocalípticos e integrados (1964) de Umberto Eco, dialogan entre esta gran controversia entre los partidarios del modelo antiguo y los partidarios e impulsores de la modernidad y la técnica.

Algo anecdótico de mencionar me ha ocurrido últimamente: he paseado y contemplado las grandes salas repletas de obras de arte de algunos de los museos más próximos. Al final del trayecto artístico, siempre me he visto obligada, porque no hay opción a otro recorrido, a pasar por las tiendas de dichos museos en las que puedes comprar las copias en miniatura de algunas de las obras que has visto, o algunas que ni siquiera forman parte de la exposición. Puedes comprar también posavasos, salvamanteles, posters y lápices con la imagen de las mismas obras.

¿Estamos frente al consumo de la estupidez? ¿La técnica y la modernidad nos han traído hasta aquí? ¿Avance o retroceso? ¿Conflicto o progreso?

Delantal infantil de Abstracción de Willem De Kooning
Delantal infantil de Abstracción de Willem De Kooning

 

Referencias:

[1] Ortega y Gasset, La rebelión de las masas. Ed. Diario El País. Madrid: 1929, pp. 48.

[2] Hannah Arendt. Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Ed. Península. Barcelona: 2016, p. 304.

[3] Hannah Arendt. Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Ed. Península. Barcelona: 2016, p. 318.

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *