Detrás de las Fake News

Las victorias electorales de Bolzonaro, Trump, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, así como la mayoría de dinámicas políticas que han ocurrido en Occidente tienen, desde mi punto de vista, un denominador común, este es, la imposición de un relato que quiere ser realidad suprimiendo o ninguneando el hecho en el que se apoyan. En realidad, no es la primera vez que hablamos de la competencia por la realidad que la cultura del clickbait y el mass media imprimen en redes sociales (ver aquí), pero lo que permite la competencia misma por el relato es la interpretación de los hechos, o como veremos más adelante, en que “los hechos no son realmente hechos”, abriendo así una brecha entre lo que pensamos que es real y la realidad misma condenándonos a vivir en un mundo hecho fábula y en dónde sólo puede ganar el más poderoso.

Donald Trump en su discurso en la "Conservative Political Action Conference". 2017, National Harbour, Maryland, Estados Unidos
Donald Trump (2017) en su discurso en la “Conservative Political Action Conference”. National Harbour, MD, Estados Unidos.

Esta historia comienza a despertarme mi interés en el momento en que la periodista Scottie Nell Hughes defiende al presidente de los Estados Unidos ante lo que parece ser una obviedad, las continuas mentiras e invenciones del señor Trump, de la siguiente manera en la Radio Nacional Pública (NPR):

“Bueno, creo que eso también es una idea de una opinión. Y es que… por un lado, oigo a la mitad de los medios diciendo que son mentiras, pero, en la otra mitad tenemos a mucha gente diciendo: «No, es verdad». Y en ese sentido, una cosa que ha sido interesante de ver durante toda esta campaña es que la gente que dice que los hechos son hechos, no son realmente hechos.[…]Por desgracia, ya no existen los hechos.”[1]

La posición del periodista puede parecer improvisada, fruto de la presión del entrevistador o de la situación política en la que se desarrolló la entrevista, pero en realidad se trata de una afirmación estudiada y muy sólida y que no debe quedar en una anécdota. ¿Qué quiere decir exactamente: “ya no existen los hechos”? Puede parecer que la proposición exponga una tesis ontológica radical en la línea del pensamiento de Friedrich Nietzsche, pero, en contra de las tesis del filósofo alemán, el “ya” anuncia un cambio de época fáctica a una época post-fáctica. Esta radicalidad implica, por un lado, que se es perfectamente consciente de que un hecho no puede desaparecer como tal, pues la cosa es independiente de quien la observa – de la misma manera que es innegable, por ejemplo, que el hielo sea agua congelada – mientras que, por el otro lado, que el hecho es necesario para conquistar el electorado, aunque este se presente adulterado o directamente sea falso, de aquí la frase “los hechos no son realmente hechos”. De esta manera, nos instalamos en un mundo en que todo lo que pertenece a la esfera pública se convierte ahora en un simulacro, simulacros que sirven como hechos, funcionan como hechos, aunque no sean realmente hechos.

El problema surge cuando las alternativas que tiene el contrapoder para combatir este fenómeno proceden directamente de 1) entrar en el mismo juego con la proliferación de medios de comunicación también privados con objetivos diametralmente opuestos que se sirven también del clickbait y/o 2) propuestas que tienen como intención la creación de medios públicos no gubernamentales que sean efectivamente objetivos. ¿Se ha parado alguien a pensar de si efectivamente existe el hecho? ¿Cómo es posible la verdad? ¿Cómo se tiende el puente entre la represtanción y la cosa representada? O en última instancia, ¿está justificada nuestra pretensión a la verdad, a pensar las cosas tal y como son en sí mismas? ¿Podemos regresar a una época fáctica en que los hechos sean realmente hechos?

Para ello conviene comenzar por un análisis del escepticismo, una corriente filosófica antiquísima que se caracteriza por una desconfianza a todo aquello que quiere postularse como verdad. Los avances de la ciencia durante el Renacimiento vuelven a poner en duda la verdad del mundo tal y como en ese momento se conocía para que el escepticismo aparezca nuevamente en Descartes, esta vez, de forma paradójica al entrar en contradicción con su objetivo declarado: fundamentar el carácter verídico de las ciencias con el fin de reponer el mundo que su escepticismo aniquila. Descartes inaugura así una posición ampliamente seguida, una posición fundamental de la filosofía moderna que encierra una desconfianza sobre la posibilidad de conocer las cosas como son en sí mismas e incluso sobre la existencia de tales cosas que permite, entre otras cosas, que Nell Hugues afirme que “los hechos no son realmente hechos”. Tal es así, que en Sobre verdad y mentira en un sentido extramoral, un opúsculo escrito por Nietzsche y publicado 29 años más tarde de su muerte, podemos extraer:

“Del mismo modo que el sonido configurado en la arena, la enigmática x de la cosa en sí se presenta en principio como impulso nervioso, después como figura, finalmente como sonido”

Se ha llegado al término “sonido” a través de dos interpretaciones: la primera, la interpretación del impuso nervioso como imagen, como representación de una cosa, de un hecho; la segunda, la interpretación de la imagen como palabra, como lenguaje. La primera es una interpretación natural; la segunda, una interpretación artificial que descansa sobre una convención. Orientado a asegurar la supervivencia, el intelecto inventa el lenguaje, que no es sino el resultado de un acuerdo entre los individuos sobre la designación de las cosas y los hechos. Los individuos convienen los nombres de las cosas, de los hechos básicos, a fin de poderse comunicar entre sí, advertir a los demás de los peligros o dar órdenes. Desde esta perspectiva pragmática, poco importa la intención de quien no se ajusta a la verdad. La comunidad no se muestra hostil al engaño, sino solo en la medida en que le cause perjuicio. Y lo mismo respecto a las verdades, las valorará por su beneficio o perjuicio social.

Por lo tanto, lo que es preocupante de las fake news no es tanto su capacidad objetiva de engaño como su increíble buena acogida por parte de la población incluso cuando estas son totalmente inverosímiles y el engaño es más que evidente. Las fake news son interpretaciones sociales de cosas y hechos, interpretaciones compartidas por la comunidad. Podría decirse que las imágenes, iguales o semejantes para los miembros de una comunidad, cumplen la función del hecho objetivo, si no fuera porque en una sociedad conviven varios códigos de imágenes. Como mínimo los correspondientes a las dos miradas sobre el mundo desde dos ángulos distintos, desde arriba y desde abajo.

Es por ello que es absolutamente necesario reivindicar, especialmente desde la filosofía, un nuevo realismo que atenga a la imposibilidad de desprenderse del mundo como horizonte de acción para obtener una imagen de él y, sobretodo, de nuestra relación con el mismo para establecer un espacio común en que comenzar la construcción de un nuevo marco con el que relacionarnos con el mundo como superación de la anti-realidad que se extrae de una interpretación radical y, por desgracia, demasiado frecuente en nuestro tiempo.


REFERENCIAS

[1]Declaraciones extraidas de la intervención de Scottie Nell Hughes en el programa The Diane Rehm Show en laNational Public Radio el día 30 de Noviembre de 2016.

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