Universidad, poder y verdad

Una lucha entre la verdad autónoma y la verdad útil en la Universidad

“La racionalidad del Mercado, como la forma institucional principal de las sociedades modernas, transfiere a otras esferas de la sociedad, en particular a las universidades y a las entidades gubernamentales, sus formas de administración e impone sus finalidades económicas.”[1]

Que la Universidad esta hoy en crisis no es ninguna sorpresa. Desde hace algunas décadas existe una profunda crisis de la verdad agravado por un sistema universitario más orientado a formar profesionales que a formar conocimiento. En definitiva, una empresa más al orden de las lógicas de la precariedad, el utilitarismo y el beneficio más inmediato. 

Pero si queremos entender la problemática hay que situar la universidad en su contexto. Quizás pueda pensarse que la Universidad es una institución más de educación superior, pero esto no es del todo correcto; al menos, en parte. Desde sus orígenes, la institución del conocimiento ha vivido una pulsión entre servir a la verdad o servir a los poderes fácticos de cada momento: Iglesia, Estado y Capital. Debemos entender, por lo tanto, que la producción de verdad continúa siendo hoy un elemento en disputa. 

Con todo, la pregunta que muchos se hacen es la siguiente: ¿qué debería ser la Universidad? En mi opinión, esta pregunta no puede responderse a la ligera; conviene, en primer lugar, tratar de entender qué es la Universidad, qué poderes la han disputado y que mecanismos han articulado la actividad de la Universidad.

Este artículo tiene como objetivo analizar alguna de estas cuestiones: en primer lugar, se situará el origen de la Universidad en su contexto, así como los mecanismos que dirigen la investigación; en segundo lugar, se visualizarán las tensiones internas del saber en la Universidad de la modernidad; en tercer lugar, se visualizará la manera en que se orienta la actividad académica en un sistema capitalista. Finalmente, este artículo aportará algunas valoraciones de la dirección por la que debería avanzar la institución de la Universidad. 

Los orígenes de la Universidad se remontan hasta la Baja Edad Media. Si bien es difícil establecer una cronología clara sobre origen de las primeras universidades, esta comúnmente aceptado que las primeras son las de Bolonia i París, ambas fundadas a finales del siglo XII.[2]De manera general, las Universidades surgen como una evolución de las escuelas medievales y aseguran tener como vocación velar por la búsqueda desinteresada de la verdad, el bios theoretiokos[3]–que en este momento es la verdad de Dios.No obstante, el contexto de su nacimiento las sitúa en el centro de una serie de disputas del poder, dicho de otro modo, en ellas confluyen diferentes intereses que tratan de ejercer un control sobre su actividad. Por lo tanto, es esencial entender como diferentes actores tratan de apoyar, bajo diferentes estrategias, la fundación de estas Universidades. 

La Universidad de Bolonia, por ejemplo, es fruto de la evolución de las escuelas de derecho. El hecho de que Bolonia era un punto nodal de diferentes rutas comerciales propició el interés del emperador, especialmente en la elaboración y aplicación de las leyes romanas con el objeto de legitimar sus reclamas imperiales. En París, la formación de la universidad tubo lugar gracias a los esfuerzos de los profesores, apoyados por el rey y el papa.[4]Este contexto no debe de ser ignorado y la pregunta fundamental que deriva es la siguiente: ¿porqué es tan importante controlar esta nueva institución? La respuesta a esta pregunta tiene diferentes fases y de ella se deriva un conflicto que determinará por siempre la historia de la Universidad. 

En su nacimiento, la universidad se conviertieron en la institución encargada de formar gran parte de la burocracia del poder medieval[5]– formado mayormente por Iglesia y Monarquía –por lo que podría entenderse que dicha institución era una extensión de los poderes fácticos. No obstante, el bios theoretikoses también un elemento que se abre paso entre los que forman parte de la institución y confronta con los intereses del poder en todo momento en forma de autonomía. 

Esta dicotomia se resuelve, como en la mayoría de ocasiones, con una solución intermedia: en un primer momento, las Universidades consiguen acumular autonomía: dictan sus propias leyes, establecen sus procesos de evaluación y se estructuran según ellos consideran. No obstante, cuando llegaron a Europa las traducciones de Aristóteles por parte de Averroes, el temor de los poderes eclesiásticos que la descripción de la naturaleza adquiruera un carácter naturalista y, lo que es más importante, determinsta – lo que implicaria que la voluntad de Dios queda excluida, en parte –, existieron muchos intentos por imponer la teología tradicional no por prohibición o expurgación, sino a través de la clara condena a un rango de ideas considerado peligroso y censurable.[6]La censura y la autonomía al servicio del poder conviven, en todo momento, desde la fundación de la Universidad y se inserta una tensión entre el poder de la verdad autónoma y el poder de la verdad útil que se mantendrá en todas las etapas de la Universidad y orientará la producción académica, aunque de diferentes formas y con diferentes mecanismos. 

La universidad moderna del siglo XVIII es heredera de las instituciones medievales. Esta condición se puede apreciar en su organización facultativa: 

“[c]onforme al uso establecido (las facultades) se dividen en dos categorías: tres Facultades superiores y una inferior. Como es obvio, para esta división […] no se ha consultado al mundo académico, sino al gobierno.”[7]

Será en la relación entre las facultades superiores inferior donde nuevamente encontramos la tensión entre verdad útil y verdad autónoma. Para poder apreciarla primero tenemos que definir el concepto de ambos tipos de facultad y como opera en ellas las dos caras de la verdad. 

Las facultades superiores, a saber, la facultad de teología, derecho y medicina, basan su enseñanza en las áreas que el gobierno puede tener interés. Naturalmente, éstas han sido establecidas conforme la razón: 

“Conforme a la razón, los móviles que el gobierno puede utilizar para cumplir con su objetivo (de influir sobre el pueblo) serían los siguientes: en primer lugar, el bien eterno de cada cual, luego el bien civil en cuanto miembro de la sociedad y, finalmente, el bien corporal.”[8]

Por lo que respecta a la facultad inferior, esta se corresponde con la Facultad de Filosofía. En ella, los académicos se ocupan de todos los saberes de manera crítica con respecto “de las condiciones de posibilidad y de los límites de los saberes que articulan el gobierno” en un debate que se produce de puertas para adentro.[9]Esta estructura de producción de conocimiento de las facultades superioresy de control por parte de las facultades inferioresde la Universidad moderna reproduce la convivencia entre la idea de autonomíaintelectualidad orgánicaque ya se manifestaba en la Universidad medieval.

Quedando la Facultad de teología sometida a la crítica de la facultad de filosofía, en el siglo XIX se produce una nueva transformación fundamental para entender la Universidad en la actualidad en su gobierno del saber-poder: el de la Facultad de Economía que, junto a las nuevas ciencias sociales y las escuelas técnicas, se convierten en la “matriz militar de los saberes-poderes que articularán el régimen avanzado de producción capitalista.”[10]En consecuencia, en la Universidad contemporánea toda investigación se orienta según su utilidad, lo que Derrida denomina la finalización de la investigación. 

Si bien en la Baja Edad Media lo útil era aquello que no atentara a la legitimidad de la Iglesia y el poder Real, es más, legitimase estas instituciones todavía más, cabe esperar que en el contexto de una sociedad capitalista orientar la actividad académica en base a su utilidad tiene por significado situar la investigación en la esfera de aquello que es rentable. A este tipo de investigación se le contrapone el de investigación fundamental.Una investigación fundamental sería aquella que, de forma contraria, no estaría destinada a una finalidad utilitaria; al menos no destinadas de antemano. Las nuevas disciplinas y los saberes teórico-prácticos, que cada vez son más protagonistas en las escuelas universitarias, son aquellas en los que “las cuestiones de filosofía fundamental no tienen ya simplemente la forma de cuestiones abstractas”[11]sino que, a su vez, tienen una utilidad concreta para nuevas investigaciones y, por ende, tienen que ver directamente con la finalizaciónde la investigación. Con ello, ningún departamento puede ya aspirar a tener autonomía y lo saberes fundamentalesresultan marginales mediante un proceso de censura que, nuevamente no necesita prohibir investigaciones, sino eliminar la posibilidad de su existencia mediante el ahogo financiero: 

“Basta con limitar los medios, los soportes de producción, de transmisión y de difusión. […] En la Universidad misma, poderes aparentemente extra-universitarios (editoriales, fundaciones, medios de comunicación) intervienen de forma cada vez más decisiva. Las editoriales universitarias juegan un papel mediador con gravísimas responsabilidades dado que los criterios científicos, en principio representados por los miembros de la corporación universitaria, deben compaginarse con muchas otras finalidades. Cuando el margen aleatorio ha de estrecharse, las restricciones de crédito afectan a las disciplinas menos rentables de forma inmediata.”[12]

Bajo estas leyes, cabe decir que uno de los ejes en los que se fundamenta la transformación de la Universidad actual es la desprofesionalizaciónde la misma con el objetivo de invertir los fines utilitaristas por los fundamentalistascomo estrategia de autonomíafrente a las leyes del mercado. El problema es que, nuevamente, se cae en el riesgo de contribuir a finalidades inaparentes[13]que sería, básicamente, la de reconstruir poderes de clase o de casta. En última instancia, podría decirse que la autonomíade la Universidad, si bien constituye la fuerza de la institución, su imposibilidad histórica muestra, asimismo, su vulnerabilidad. Una suerte de fragilidad con los poderes que tratan de apropiarse sus funciones;[14]dicho de otra manera, al querer ser ajena al poder, la Universidad carece de poder propio. 

Dada la historia de la Universidad, queda claro que su independencia es del todo una ficción. Desde sus orígenes, la Universidad alberga en su interior una tensión entre el saber y el poder que reduce y en muchos casos, niega, la capacidad de una investigación verdaderamente autónoma, sin complejos y sin límites; una investigación que pueda incluso pensar la propia Universidad, sus fundamentos y sus posibilidades. 

Tan solo aceptando esta condición podremos responder a la pregunta al respecto de qué es la Universidad, aunque esto conlleve a suspender el concepto que le es propio y substituirlo por el de comunidades de pensamiento, espacios de investigación más amplios que tengan como forma de poder lo fundamentaly la vocación pública, ambos ejes practicados desde la transversalidad y el autogobierno. Pero sobretodo, desde la garantía de poder discutirlo todo, incluso qué es la Universidad. 


[1]Piñón Gaytán, Francisco (2009) Ser y quehacer de la Universidad (Ciencia, Poder, Eticidad). Universidad Autónoma Metropolitana, México: 14

[2]Rüegg, W. (1991). Themes.En Ridder-Symoens, H (Ed.), A History of the University in Europe Vol I. Cambridge University Press, Cambridge: 6. 

[3]Caraña, J.P. (2012) La misión de la universidad en la Edad Media: servir a los altos estamentos y contribuir al desarrollo de las ciudades. Nómadas. Revista crítica de ciencias sociales y jurídicas, 34 (2): 4

[4]Rüegg, W. (1991). Themes.In H. Ridder-Symoens (Ed.), A History of the University in Europe Vol I. Cambridge University Press, Cambridge: 12.

[5]Íbid, 14. 

[6]Grant, E. (1979) The condemnation of 1277, God’s absolute power, and physical thought in the late middle ages. Department of History and Philosophy of Science of Indiana University. Bloomington: 211. 

[7]Kant, I. (1992) La contienda entre las facultades de filosofía y teología. CSIC, Madrid: 3.

[8]Íbid, 5. 

[9]Díaz Letelier, G. “Del canon pastoral al estándar tecnocrático. Notas sobre la universidad como dispositivo biopolítico”. En Collingwood-Selby, E., Estupiñan Serrano, M.L., Rodríguez Freire, R., Thayer, W. (2018) La Universidad (im)posible. Ediciones Macul, Santiago de Chile: 196-7.

[10]Íbid, 198-9. 

[11]Derrida, J (1997) “Las pupilas de la Universidad: el principio de razón e idea de la Universidad” en Como no hablar y otros textos. Proyecto A ediciones, Barcelona: 128. 

[12]Íbid, 130.

[13]Íbid, 135. 

[14]Derrida, J. (2002)La Universidad sin condición. Editorial Trotta, Madrid: 16. 

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