El problema de la incerteza

“Cuenta la historia que en aquel pasado
Tiempo en que sucedieron tantas cosas
Reales, imaginarias y dudosas,
Un hombre concibió el desmesurado

Proyecto de cifrar el universo
En un libro y con ímpetu infinito
Erigió el alto y arduo manuscrito
Y limó y declamó el último verso.”

Jorge Luís Borges describe en los primeros versos de su poema “La Luna” (1960) el propósito que en otro tiempo el ser humano se propuso y que todavía supone un reto para nosotros, el de explicar el universo, es decir, el darnos sentido a nosotros mismos. No obstante, llama la atención el orden en que Borges describe cómo suceden las cosas: Reales, imaginarias y dudosas. El poema, como la tarea continúa, y es que en cuanto finaliza su propósito, se da cuenta de un pequeño detalle:

“Gracias iba a rendir a la fortuna
Cuando al alzar los ojos vio un bruñido
Disco en el aire y comprendió, aturdido,
Que se había olvidado de la luna.”

y es que en definitiva el Conocimiento no es posible. Digo esto porque, bajo mi punto de vista, no es casual que el elemento que el libro no incluye es precisamente el de la luna, una luna que como sabéis no refleja su luz sino la luz del sol. De esta manera, Borges trata de dar luz a el gran problema con el que la filosofía occidental se ha tropezado una y otra vez: las cosas no tienen esencia en sí; como la luna no tiene luz propia.

Entonces, ¿cómo podemos estar seguros de ver lo que creemos ver? ¿Cómo podemos discernir entre lo que es y lo que nosotros percibimos? ¿Cómo podemos discernir entre la verdad y nuestra verdad? Las estrategias tomadas a lo largo de la historia de la filosofía son un sinfín de argumentos en los que se combinan conceptos y palabras rimbombantes con el objetivode llegar a un consenso acerca de la verdad. Friedrich Nietzsche dirá que el pensamiento consciente sólo es posible a través del lenguaje y de las palabras, si bien, no será suficiente para describir la realidad. Cabe empezar por preguntarse, por lo tanto, bajo qué condiciones surge el lenguaje.

Cómo es lógico, el lenguaje no es algo que aparece de forma dada y/o espontánea, sino que es el resultado del impulso que mueve el ser humano a comunicarse. En este proceso, el ser humano, el poeta, crea palabras para describir aquello que intuye, que siente, pero que no entiende. Por lo tanto, el lenguaje es en realidad metáfora, una metáfora que entra en juego en el momento de transformar sensación y percepción de una experiencia concreta en imagen y concepto, es decir, en el momento de crear palabras y relacionarlas. No obstante, este juego se interrumpe, o más bien se modifica. En la Grecia clásica, con el inicio de la filosofía, el lenguaje adquiere un carácter aristocrático y con el objetivo de alcanzar, ahora sí, un verdadero conocimiento se le impone independizarse de la experiencia:

“hay que dirigir la mirada a las esencias, para lo que resulta imprescindible purificarse de las ambigüedades y contradicciones del lenguaje cotidiano, que constituyen una barrera para alcanzar este conocimiento” (de la Cruz, 2002).

De esta manera, el lenguaje deja de pertenecer a los sentidos para pertenecer y ser parte del ámbito exclusivo de la razón, Al adquirir rigidez, los significados se convierten en esencias y quedan separadas del devenir histórico. El debate entonces se traslada al individuo, que no sabe si conoce por lo que le han dicho que es verdad o a partir de su propia experiencia. Borges lo expresa en su poema de la siguiente manera:

“No sé dónde la vi por vez primera,
Si en el cielo anterior de la doctrina
Del griego o en la tarde que declina
Sobre el patio del pozo y de la higuera.”

Comúnmente se entiende que lo aparente no es real, algo que inclinaría la balanza a encontrar la verdad en la tradición y no en la experiencia. No obstante, a lo largo de su obra Nietzsche se esfuerza por destacar la experiencia más inmediata, la realidad más aparente, como fuente de verdad por lo que el lenguaje y la tradición, el pensamiento mismo, son un sistema de ficciones que organizan nuestra experiencia. Las palabras son “metáforas fallidas”. Así, en el intento de organizar la realidad, lo que se está organizando es a uno mismo y no a su entorno. Nada fuera de nosotros se sabe con certidumbre, por lo que ante cada palabra tenemos dos opciones:

“elevar míticamente su significado al rango de esencia, inmortalizándolo en una convicción, o reconocerlo como un intento fallido e imperfecto de introspección exteriorizada” (Negrón, 2015).

Nietzsche y Borges advierten que es nuestra obligación la de acercar el lenguaje a su objeto: la contemplación dinámica de la incertidumbre. Paradójicamente, el conocimiento es accesible pero imposible de determinar.

Sé que la luna o la palabra luna
Es una letra que fue creada para
La compleja escritura de esa rara
Cosa que somos, numerosa y una.

 Es uno de los símbolos que al hombre
Da el hado o el azar para que un día
De exaltación gloriosa o de agonía
Pueda escribir su verdadero nombre.

 

REFERENCIAS

  • Borges, Jorge Luís (2015): “La Luna” dentro de “El Hacedor”. Debolsillo, Sant Llorenç d’Hortons, Barcelona.
  • de la Cruz Vives, Miguel Ángel (2002): “La noción de un lenguaje ideal en Platón. Anotaciones de una lectura del diálogo Crátilo”. Revista de Estudios Literarios, número 20.
  • Negrón Medina, Eduardo (2015): “La constitución de la incertidumbre: una lectura de siete poemas de Borges desde una perspectiva Nietzscheana”. Revista de Estudios Hispánicos, Vol. 2 (1): 101-117.

 

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