El Retorno Como Método

Una noche de agosto de 1940, Walter Benjamin, junto con un grupo de exiliados alemanes, llegaba a Portbou (Girona) huyendo de una Francia ya ocupada por la Alemania Nazi. El grupo fue sorprendido por la Guardia Civil y Benjamin quedó retenido. Su documentación, como la de muchos otros exiliados, era falsa. Cansado física y espiritualmente decidió poner fin a su vida esa misma noche con una dosis letal de morfina. Años más tarde, sus amigos buscaron los restos de Walter, pero en 1945 su cuerpo fue llevado a una fosa común, como tantos otros intelectuales, artistas y ciudadanos españoles que todavía siguen sin identificar.

En 1990 Dani Karavan construyó un memorial a Walter Benjamin para recuperar su legado, convirtiendo a Portbou en un lugar de memoria, de memoria del exilio, pues no sólo antifascistas y judíos alemanes traspasaron los caminos de este pueblo, sino que años antes ya había servido de camino a los republicanos españoles para exiliarse en Francia. Hoy, ese monumento mira al Mar Mediterráneo, un mar que se ha convertido en la tumba de otros muchos exiliados que siguen huyendo de una guerra causada por la prepotencia de Occidente, que sigue empeñado en imponer su relato de la historia al mundo. Con todo, Portbou se ha convertido en un refugio, un lugar que sigue atrapado en su memoria y donde el presente todavía recuerda su pasado. Y fíjense, que es por esta razón por la que el memorial de Walter Benjamin puede representar ahora a estas muertes, además de las sucedidas 80 años antes. De lo contrario nos encontraríamos también nosotros a la deriva de un mundo que se empeña en exiliarnos.

Karavan, Dani (1990): "Memorial de Walter Benjamin". Portbou, Girona, España
Karavan, Dani (1990): “Memorial de Walter Benjamin”. Portbou, Girona, España

De esta manera, la memoria se posiciona como el centro en el que alrededor gravitan casi todas las políticas europeas desde 1989 hasta la actualidad, aunque no nos hayamos dado cuenta hasta que la crisis económica de 2008 hizo temblar los fundamentos de la Unión Europea, una crisis económica que se transformó en institucional y, finalmente, en una crisis representativa que cuestionó el papel de la política tradicional, tanto la de derechas como la de izquierdas. A este escenario se le suma la crisis que despierta el terrorismo y, en concreto, el fenómeno Daesh, del que seguimos siendo plenamente culpables. Pero, para abastecer la complejidad de la cuestión conviene ir poco a poco, por lo que volvamos al 1989.

La caída del muro de Berlín suele asociarse a una victoria de las democracias liberales ante la Unión Soviética. Sin querer entrar en valoraciones ideológicas anteriores a la fecha, lo que también simboliza la caída del muro, en primer lugar, es el fin de una alternativa política real al capitalismo de occidente, esto es, el fin de las utopías o, dicho de otra forma, el momento en el que el pasado no puede anunciar más el futuro, quedando este último encerrado en el presente, un presente sin capacidad de proyección. En segundo lugar, la caída del muro en 1989 despierta una nueva tendencia de despolitizar el pasado. Las nuevas formas de organización de la vida dentro del capitalismo destruyen, progresivamente, “los marcos dentro de los cuales se construye una memoria colectiva, donde se elabora constantemente una representación del pasado”. Plazas, parques y avenidas han sido conquistadas por la publicidad y el tráfico, imponiendo una visión de la memoria entendida como algo individual, como un conjunto de imágenes y recuerdos que parten de mí y terminan en mí, aniquilando así toda posibilidad de reflexión crítica y, por lo tanto, de acción colectiva. Finalmente, la última tendencia que surge como consecuencia a la caída del muro es lo que Enzo Traverso llamará la “reificación del pasado”, el fin del pasado como experiencia transmisible. Esta reificación convierte el conjunto de sitios, objetos y símbolos heredados de una sociedad en un conjunto de elementos transformados en bienes de consumo, fetichizados por medio de la industria cultural (Traverso, 2017: 4). En consecuencia, el pasado es exiliado o, mejor dicho, desplazado hacía el consumo perdiendo toda su fuerza, toda su capacidad de proyección utópica. El presente queda encapsulado.

De hecho, todos nosotros somos, en parte, individuos-cápsula: un ser que acumula vivencias, pero no experiencias; un ser que acumula información, pero que es incapaz de formarse; un ser que solo reconoce la alteridad en la medida que define su propia forma de ser; un espectador que se encierra “en su vivienda, su célula familiar o su sectorialización laboral, lugares que siguen reproduciendo ese carácter encapsulado de su ser” que ahora solo se asocia por medio de la agregación (Trías y Argullol, 1992), pero que es incapaz de crear un vínculo real con su entorno y con su comunidad. El principal problema de esta manera de vivir es que el valor seguridad emerge como el último de los valores posibles dentro de la tradición ilustrada, preservado “democráticamente” por una clase media que, más que una clase social, sólo tiene en común el instinto de salvaguardar lo que ya se tiene, aunque para ello tengan que sacrificarse cuotas de “igualdad” o “justicia”. Se trata, así, de una clase media tiranizada por los medios de comunicación de masas y por la propaganda comercial y política – aunque hoy en día no sé si esta distinción nos dice demasiado – que, borrando todo pasado y convirtiendo la calle en un lugar hostil, es convertida en tiránica (Trías y Argullol, 1992) dado que nuestras mal entendidas democracias están construidas, precisamente, para que sea esta clase media la que imponga el criterio de unas élites que muchas veces no sabemos ni quien son. Nos encontramos delante de unas tecnocracias legitimadas por el acto democrático de votar, aunque no haya nada democrático en el resto de ellas.

De hecho, fue la socialdemocracia europea la que se encargó de “humanizar” el capitalismo delante de la amenaza anticapitalista en el periodo de la Guerra Fría ante el temor de un nuevo conflicto armado preparando así la base de las actuales democracias fantasmas en las que vivimos, algo que resulta obvio cuando, después de la caída del muro, todos los lenguajes políticos convergen en un capitalismo de Estado que se nutre de la memoria del Holocausto para tapar la realidad ideológica de Occidente. Recientemente, la Liga Norte Italiana rendía homenaje a las víctimas del Holocausto mientras defiende estrictas regulaciones migratorias en el Mediterráneo, dando la espalda a lo que es otro genocidio. No molesta homenajear a quien hoy no es víctima. Por lo tanto, las políticas de memoria del Holocausto han servido para la construcción de un mito que justifica la necesidad de intervenir en Oriente Próximo (Traverso, 2017) delante de un fenómeno, el de Daesh, que se alimenta de la falta crónica de estructuras democráticas del mundo árabe como reacción de una ocupación neocolonial por parte de Occidente.

Entonces, vemos como son justamente los nuevos fenómenos políticos de ultraderecha los que se alzan como los únicos capaces de devolver a Occidente la seguridad a sus ciudadanos mientras construyen un relato de memoria nacional basado en la otredad, en el reconocimiento de su ser a través del otro, que representa todo mal. Realmente, parece que existía una nostalgia del enemigo en Occidente, otro muro en el que justificar sus acciones. Pero no toda la culpa es de la extrema derecha, ni de la derecha conservadora europea, sino también de una izquierda que en lugar de entender la necesidad de reapropiación de lo común que surgió en el 1968 prefirió por seguir con su relato eurocentrista (Traverso, 2017) y estabilista condenando a “culturas pretéritas presentes” a integrarse o suprimirse. En palabras de Teresa Oñate: “todas [las culturas no occidentales] pertenecientes por igual, en realidad, a un tiempo pretérito, extrañamente coetáneo y desajustado que deben razonablemente extinguirse e ingresar en el olvido fantasmal del pasado; o bien occidentalizarse cuanto antes, modernizarse de una vez por todas, e ingresar en la racionalidad desarrollada: la única racionalidad que se tiene a si misma por no violenta [la occidental], mientras se propone y persigue la liberación de la humanidad universal en nombre de los derechos humanos, conquistados históricamente”. Vivimos, por lo tanto, en la culminación del relato de la razón Occidental que ha asimilado la idea de progreso como elemento perfectivo de la historia de Occidente para justificar nuestras “sociedades tecnológicas planificadas, precisamente, a través de su Historia”, asumida como única, como absoluta.

Se abre, por lo tanto, la necesidad de devolver a la historia su realidad, su multiplicidad, su totalidad de significados, aunque esto suponga a renunciar a la racionalidad que tiene su origen en la antigua Grecia, y para ello, hemos de poder construir políticas de memorias capaces de proyectar nuevas formas de pensar el futuro, nuevos horizontes, como el que el memorial de Walter Benjamin encierra en su interior.

REFERENCIAS

  • Argullol, R., y Trías, Eugeni (1992): “El Cansancio de Occidente”. Ediciones Destino, Barcelona, España.
  • Traverso, Enzo (2017): Entrevista a Enzo Traverso en SON[I]A, Radio MACBA. 
  • Traverso, Enzo (2017): “Políticas de la memoria en la época del neoliberalismo”. Aletheia, Volumen 7, Número 14.
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