En el proceso del Mito al Logos no todo fue filosofía

Se habla mucho de política estos últimos meses, incluso estos últimos años, pero se hace dentro del cerco de lo estrictamente político. Como se viene afirmando en esta revista, todo tiene actitud política y por ello, si realmente quiere uno entender y anticiparse a los cambios políticos su objetivo debería pasar por hacer un estudio exhaustivo de la sociedad en la que vive, especialmente a los usos y costumbres típicos de una sociedad que son, en definitiva, los que explican las relaciones políticas imperantes en cada momento. Se ha hablado y se sigue hablando también mucho, sobre todo para aquellos que nos estamos iniciando en filosofía, del paso del mito al logos, del trayecto de la creencia a la verdad, pero tiende a ignorarse en este proceso sus consecuencias políticas. Este pequeño ensayo tiene como pretensión iniciar al lector en la filosofía política para así poder ver más allá de los titulares de prensa y buscar la realidad política en nuestro más inmediato entorno.

  “Toda sociedad instaura, crea su propio mundo en el que evidentemente está incluida […]. En suma, es la institución de la sociedad lo que determina aquello que es “real” y aquello que no lo es, lo que tiene un sentido y lo que carece de sentido […]. Toda sociedad es una construcción, una constitución, creación de un mundo, de su propio mundo. Su propia identidad no es otra cosa que ese “sistema de interpretación”, ese mundo que ella crea” (Castoriadis, 1995: pp. 69).

Como toda filosofía, la filosofía política nace de un cambio de paradigma, de un proceso de quiebra, en este caso político, donde nuevos grupos luchan por crear nuevos sistemas institucionales que preserven nuevas formas de vida, en definitiva, nuevos imaginarios sociales. Este cambio de imaginario social se caracteriza, en primer lugar, por la toma de conciencia de los diferentes grupos sociales que la conforman históricamente y, en un segundo lugar, por la voluntad crítica de transformar dicha sociedad ya instituida en una sociedad instituyente. Para hacernos una idea de a que me refiero: el 1 de octubre fue, para gran parte de la sociedad catalana, el momento en que se tomó verdadera conciencia de las herencias históricas que conformaban los diferentes grupos de dicha sociedad y la voluntad de transformarla, críticamente, a través de un Referéndum de Autonomía y un posterior proceso constituyente. Lejos de posicionarme a favor o en contra de dicho suceso, pues no tiene ninguna importancia en el desarrollo de este texto, lo que quiero poner de manifiesto es que, en momentos de cambios socio-históricos, la capacidad de radicalización de los significados del imaginario político no solo comprenden los elementos más inmediatamente relacionados con el derrumbe del orden social existente – con la salida de España, en el ejemplo que hemos descrito – sino que afecta a todas las dimensiones públicas y privadas ya que, de un modo u otro, todas las instituciones deben de adquirir significados relevantes para los individuos – de aquí vendría, por ejemplo, el origen de las múltiples convocatorias delante de las Delegaciones del Gobierno en Catalunya o la sede Policía Nacional como muestra de rechazo total a una institución que, para parte de dicha sociedad, ya no es relevante. Pero, como venía diciendo al principio, este cambio no sólo se radicaliza en instituciones políticamente efectivas, sino en las creencias, el papel de la tradición, la idea de Dios, los tabúes, el dinero, la virtud, el pecado, etc. En resumen, de todo aquello que, en mayor o menor intensidad, cohesiona la sociedad: lo exigible, lo moral y lo legal.

Entendido esto, pasaremos ahora a analizar los cambios producidos en la sociedad democrática griega durante el mandato de Pericles en el siglo VII a.C., uno de los imaginarios sociopolíticos más influyentes de nuestra civilización, momento en el que se produjo el famosísimo periodo conocido como el paso del mito al logos.

Quizás, más allá del adelgazamiento de la vida espiritual – si estáis interesados podéis acercaros a la obra de Leví-Strauss –, el proceso más importante en este periodo fue la disociación entre mito y ritual que también se dio en Mesopotamia. Como sabemos, el rito es un momento en el que el mundo se ordena frente al caos y, en consecuencia, le da sentido. Pero también simbolizaba en aquella época la legitimación del monarca sobre el pueblo. Esta disociación es clave pues al margen de buscar la verdad de las cosas, se abrió un periodo en el que la política también podía ser reflexiva, podía ser pensada. Así, la política “se presenta como el efecto de una reflexión de segundo orden que, asumiendo las tensiones y luchas sociales, cognitivas y religiosas elabora una nueva perspectiva para el otorgamiento de un sentido a la realidad humana por parte de un grupo, por encima de los saberes teóricos y filosóficos” (Quesada, 2010: pp. 230).  Tal es la transformación que hasta las propias leyendas atenienses se hacen eco de esta crisis de legitimidad antes que se diese el vuelco definitivo al marco político hacía la democracia. El mito de la muerte de Pandión narra cómo sus hijos se reparten los poderes concentrados en la figura del padre: uno asume los poderes religiosos y, otro, el poderío militar. Lo que se pone en evidencia en esta leyenda, entre otras cosas, es la laización de un poder que ya no se concentrará más en el rey absoluto, casi divino, sino que vendrá a ser ejercidos por profesionales de los respectivos campos. En consecuencia, lo que se cuestiona es la implicación de la sociedad a determinar quienes ostentan las diversas funciones que da lugar a la organización del derecho y, por extensión, de la ciudad. Con este último proceso comienzan a ponerse en práctica diversos modos de organización social que incluyen, por supuesto, los modos de organizar la defensa de la misma. Hasta este momento, la guerra tenía como protagonistas a aquellos que podían permitirse la adquisición de armas, caballos, así como el adiestramiento en la batalla, esto es, la aristocracia. Si hacemos un breve repaso a los protagonistas de la Ilíada, el poema épico de Homero que narra los últimos días de la guerra de Troya, veremos que todos forman parte de dinastías reales importantísimas, siendo algunos descendientes de los mismos dioses. Con la tecnificación, la influencia y valor de las profesiones, y la configuración de las nuevas ciudades griegas nace la figura de los hoplitas, pequeños propietarios que pueden adquirir un pesado armamento y que han de luchar unidos, en formación. Lo que podría denominarse como una democratización de la aristocracia guerrera. Ya no es importante el ingenio, la prudencia y la valentía del héroe épico, sino la virtud del control y organización del conjunto. El concepto de igualdad política y forma democráticas de gobierno será hacía donde desemboque todo este proceso.

Temis y Egeo (Hijo que se quedo con el poder militar). Kílix ática de figuras rojas atribuida al pintor de Codro, 440-430 a. C. De Vulci.
Temis y Egeo (Hijo de Pandión que se quedo con el poder militar). Kílix ática de figuras rojas atribuida al pintor de Codro, 440-430 a. C. De Vulci.

Por esta razón, lo que en un primer vistazo puede entenderse como un simple cambio de peones, lo que al principio fueron problemas sociales o cambios en la configuración de los ejércitos termina por arrastrar a la sociedad a pensar nuevas formas de ver el mundo y nuevas formas de ordenar valores ya que, en el fondo, estos son problemas con una capacidad de conmoción tal que fuerzan la toma de conciencia de nuestro propio mundo, transformándolo incansablemente hasta que este tenga absoluta relevancia, que sea socialmente real.

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