El Arte en Tiempos de Crisis: Producción y Gestión Cultural en un Mundo Capitalista

Como mucho de vosotros ya sabéis, el miércoles 25 de abril estaremos en la Universidad Pompeu Fabra colaborando en el acto “El arte en tiempos de crisis: producción y gestión cultural en un mundo capitalista” organizado por la asociación estudiantil Post Crash UPF (ver cartel más abajo). De esta manera, queremos ofrecer aquí una breve introducción al mismo y situar así, al lector y al posible espectador del acto, a las preguntas qué trataremos de dar respuesta.

Cartell promocional de l'acte que tindrà lloc el día 25 d'abril a la Universitat Pompeu Fabra organitzat per Post Crash UPF
Cartell promocional de l’acte que tindrà lloc el día 25 d’abril a la Universitat Pompeu Fabra organitzat per Post Crash UPF (ver evento aquí)

            El paso de la subvención a la inversión

En el arte, como para cualquier otro aspecto del saturado mundo en el que vivimos, es importante siempre preguntarse: ¿quien paga qué? Esta pregunta suscita siempre interés pues de ella se puede dibujar una sospecha sobre las intenciones ocultas de quien financia y produce, especialmente cuando hablamos de la obra artística. No es nuevo que, en el mundo del arte, sean algunas las familias que han servido de mecenas a diversos artistas en pos de exponer su fuerza y respeto al ser humano a través de la experiencia estética, de la belleza, en un acto que puede llegar a rozar lo publicitario. Algunas veces esta exposición de músculo suele responder a las tensiones que diferentes familias, partidos políticos o monarcas tejen para alcanzar el consenso en lo político con el resultado de privar a la cultura de su espontaneidad. Pasamos así de cultura a política cultural. Es este al caso que nos lleva hasta la Catalunya de la transición y qué, Jorge Luís Marzo, expone en su libro: “L’època de la degradació de l’art: Poder i política cultural a Catalunya” editado por elTangram en 2013.

El debate, pues, se sitúa en el principio de los años ochenta en Cataluña. Después de una terrible dictadura, el arte se pone en el punto de mira. Los actos del mayo del 68 fueron medianamente silenciados por el régimen de Francisco Franco, ahora bien, el espíritu de desafío a la autoridad que se implanta en esta época y que alcanzo en su arte la máxima expresión, destrozando todos los cánones que habían sido impuestos, suponen un serio problema a la política cultural que en lugar de servir de leña al fuego de la población civil, prefiere dirigir el consumo cultural al consenso, justo lo contrario que se espera del arte. Se impulsa, por lo tanto, una política cultural pensada como marca, como marca catalana, donde se celebra el arte pero pensado para articular una comunión:

            “La cultura ha de servir para reconstruir Cataluña, y en ningún caso para hacer política” (Jordi Pujol).

El problema es que, justamente, esto es hacer política y, en concreto, “fer país” (hacer país). El resultado es una política cultural hermética centrada, especialmente, en la lengua, que se produce bajo los términos de inversión privada que se explotan en las fundaciones. Así, se crea una fuerte dependencia entre cultura y mundo privado, este último bien relacionado con las élites políticas del momento, que diezman la capacidad de la sociedad civil para formar nuevas formas de expresión cultural. Al final, no demasiadas fundaciones son las que controlan el oligopolio artístico catalán y se consolida un modelo en que las colecciones son privadas pero el usufructo es público.

Esta no es una idea nueva, y menos en Cataluña. El novecentismo es, de un modo u otro, el salto de la burguesía a la ciudadanía, “un movimiento que ignora y se autoexcluye del debate entre la euforia imaginativa del modernismo y la modernidad racionalista, replegándose en un clasicismo idealizado i cerrado en la búsqueda de una identidad igualmente idealizada” (Luís Marzo, 2013: pp. 37). Las consecuencias de este fenómeno son terribles pues se instala una desconfianza en el arte contemporáneo, siempre fuente de debate político que, por su condición marginal, no encuentra apoyo ni financiación desde lo público ni lo privado, ámbitos culturales saturados por la idea de la creación de una cultura marca catalana que pueda exponerse internacionalmente y a lo grande, como el conjunto de propuestas faraónicas que se impulsaron desde España en los 80, 90 y 2000. El MACBA, por ejemplo, es ejemplo de lo escrito pues nace bajo la tensión por crear una Casa-Grande de la cultura catalana y una puerta al mundo, internacionalizando Barcelona y Cataluña como consecuencia.

Por último y no por ello alejado de lo ya dicho, conviene hablar de la gestión de esta industria cultural, foco que ocupará el seno de la intervención de Jorge Luís Marzo en la conferencia el próximo miércoles. En resumen, la “Ley Ómnibus (2011)” define al artista como empresa cultural. Es muy importante entender las consecuencias de valorar al artista como una empresa pues está ahora enfocado a generar un beneficio económico. Además, la mencionada ley también substituye los términos de subvención cultural por los de inversión. No sé si somos muy conscientes de todo lo que implica este cambio de paradigma, en todo caso, mencionaré dos que me parecen lo suficientemente importantes como para dedicarles unas líneas: en primer lugar, el cambio de subvención a inversión implica que lo social se excluye de lo cultural, de hecho, la política de los últimos años se ha esforzado en separar lo cultural de lo social con insistencia. Se prefiere entender lo social como aquello que ofrece el aparato público a un ciudadano que, en busca de una estabilidad casi permanente, le permite alcanzar unas comodidades que le permiten desarrollar su vida con cierta tranquilidad y con menos preocupaciones: la sanidad, la educación, el sistema de pensiones, etc. Hitos de una sociedad tremendamente maltrecha, pero que excluye sistemáticamente la cultura de lo social para excluir la posibilidad de un arte crítico, que reivindique un nuevo status quo. En segundo lugar, el cambio de términos genera un modelo vertical que fuerza la competitividad entre artistas y no la exploración de nuevas formas de comunicación entre artista y espectador, lo que concluye necesariamente en un modelo de cultura dedicado al entretenimiento y al espectáculo de un ciudadano que debe ser forzado a entender la cultura como otro elemento de consumo, el consumo de la marca catalana. La cultura se convierte así en un fetiche que nos encandila por su nombre pero que ha perdido ya todo su espíritu.

            El arte bajo el capitalismo: del fetiche a la reivindicación.

Hemos visto hasta ahora como la política cultural descrita ha tenido una finalidad muy concreta, no obstante, estos procesos generados en consecuencia no han sido exclusivos de Cataluña, sino que ha sido la máxima de la política cultural en numerosos lugares del mundo occidental. Como ya hemos explicado alguna vez, el arte se ha utilizado con finalidades políticas desde las élites (ver aquí) pero, recientemente ha encontrado la manera de volver a absorber lo político en su mensaje. Estamos hablando ahora del arte que, aceptando el mundo como una totalidad capitalista, ha utilizado sus términos para indicar sus contradicciones. Esta será el núcleo de la exposición de Sagrario Aznar Almazán durante la conferencia del próximo miércoles que nos ayudará a entender como gran parte de este arte no tiene por más finalidad que aproximar al espectador a las contradicciones que la política (o policía, en términos de Rancière) ha tratado de esconder bajo la alfombra.

Hirst, Damien: "For The Love of God" (2009)
Hirst, Damien: “For The Love of God” (2009)

Por un lado, el arte que se desvincula de la de la autonomía para entrar así en la sociedad y en la cultura puede quedar incluido en lo que Rancière denomina la capacidad disminuida del arte, un arte micro político que se sitúa en el espectro del disenso al margen del consenso aún contar con el riesgo de caer en la fantasmagoría, en el objeto fetiche, que sirva para interrumpir las coordenadas normales de la experiencia sensorial, altamente contaminadas por la explotación en términos cognitivos (Anzar Almazán, 2013: cap.6). Por el otro lado y ligado a los conceptos de producción artística antes expuestos, la obra de Damien Hirst se convierte en aquel arte que, inmerso en los sistemas de producción capitalista, sólo puede mostrar su obra de arte como mercancía fetiche para criticar el valor del espectáculo del arte, así como el concepto de mercancía. De esta manera, Hirst parece entender que sólo en la aceptación cínica del mundo en el sentido de Slotjerdijk, percibiremos los verdaderos elementos que definen el capitalismo. La obra del autor titulada: “For the love of God (2007)” (Por el amor de Dios) muestra de una manera brillante como con la belleza de la sublime muerte se puede mostrar a la vez la verdadera definición de capital: seductor y mortal al mismo tiempo.


REFERENCIAS:

  • LUÍS MARZO, Jorge: “L’era de la degradació de l’art: poder i política a Catalunya”. Editorial elTangram, 2013.
  • AZNAR ALMAZÁN, Sagrario: “Prácticas artísticas contemporáneas”. Universidad Ramón Areces, 2015
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