It’s okay to hate your job. Debates en torno al postrabajo.

I know 40 hours a week would suit you fine 
But your application’s been denied, surprise! 
This is how it feels to be free 
Le Tigre, T.G.I.F.

Guy Debord (1953): “Ne Travaillez Jamais” (Nunca Trabajar). Pintado en un muro de la Rue De Seine (Paris) sobre la situación de la Internacional Situacionista.

Neoliberal, en red, del riesgo o del cansancio: la multiplicidad de análisis y perspectivas desde las que se aborda la sociedad contemporánea hace que exista una extensa lista de denominaciones que muchas veces pecan de reduccionistas al poner el foco sobre un aspecto y hacer que los demás deriven de él o, peor aún, ignorarlos por completo. Sin embargo, sea cual sea el rasgo escogido para caracterizarla, el trabajo juega un papel central en ella. En primer lugar, desde un punto de vista estrictamente económico, el trabajo representa el principal mecanismo de distribución de los ingresos y permite el acceso a necesidades materiales básicas como la vivienda o la comida, así como al entretenimiento y los bienes de consumo. Hay además una dimensión política que lo convierte en un requisito básico del contrato social (obligatorio para acceder al estatuto de ciudadano) y en un dispositivo de disciplinamiento y gubernamentalidad; Kathy Weeks habla de la función subjetivadoradel trabajo, en la medida en que “no produce únicamente bienes y servicios sino también sujetos sociales y políticos”[1]. El tiempo que le dedicamos lo convierte en el protagonista indiscutible de nuestra vida diaria, contando no sólo las horas invertidas en el lugar de trabajo (y los desplazamientos hasta él) sino también los períodos de preparación o de búsqueda activa de empleo. Y otra dimensión no menos importante importante es la cultural: el trabajo se considera una fuente de realización personal e incluso de dignidadhumana, y constituye en muchos casos uno de los rasgos definitorios de nuestra identidad. Tanto es así que hoy se habla de figuras como el sujeto de rendimiento (capaz de autoexplotarse sin coerción externa) o el empresario de sí mismo, acuñado por Foucault para describir “una forma de relación del individuo consigo mismo, con el tiempo, con el entorno, con su futuro, con la familia, con su pareja, sus seguros y su jubilación, convertida en una suerte de empresa permanente y múltiple”[2].

Fue también Foucault quien señaló que “allí donde hay poder hay resistencia”[3], y por ello no es de extrañar que exista una larga tradición -teórica y política- de rechazo del trabajo. En el fondo, el trabajo nunca ha gozado de tan buena imagen como parece tener hoy; basta recordar los versos del Génesis en que Dios castiga a Adán y Eva por comer el fruto del árbol prohibido: ¡Maldita será la tierra por tu culpa! Con penosos trabajos comerás de ella todos los días de tu vida. La tierra te producirá cardos y espinas, y comerás hierbas silvestres. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Curiosamente, y como señaló acertadamente Max Weber. la religión jugó un papel determinante en la sacralización del trabajo, con la llegada del protestantismo y su moral puritana que veía en él un fin virtuoso o incluso un imperativo ético[4].

Si bien Weber podría considerarse un pionero de los debates actuales en torno al postrabajo, pueden encontrarse algunos antecedentes como Paul Lafargue y su defensa de lo que él llamó “el derecho a la pereza”. En un célebre folleto de 1883, constataba que “una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista (…) esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos”Y concluye:

Si la clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la domina y que envilece su naturaleza, se levantara con toda su fuerza, no para reclamar los Derechos del hombre (que no son más que los derechos de la explotación capitalista), no para reclamar el Derecho al trabajo (que no es más que el derecho a la miseria), sino para forjar una ley de bronce que prohibiera a todos los hombres trabajar más de tres horas por día, la Tierra, la vieja Tierra, estremecida de alegría, sentiría brincar en ella un nuevo universo…[

Paul Lafargue, El derecho a la pereza

Lafargue era el yerno de Karl Marx, a quien se suele atribuir cierto fervor productivista heredado de Hegel y su concepción del trabajo como esencia del hombre. Algunos autores distinguen entre un primer y un segundo Marx (el joven y el viejo), otros lo tachan de contradictorio… La cuestión es demasiado compleja como para resolverla aquí. Para el filósofo, los humanos se distinguen del resto de animales por su capacidad de trascender los límites impuestos por la naturaleza y crear un mundo de objetos artificiales mediante un proceso consciente de autoexpresión; y esa autorrealización a través del trabajo se ve constreñida por la forma de trabajo industrial que la convierte en una actividad alienante (una noción central en la crítica marxista). En algunos textos, como su famoso “Fragmento sobre las máquinas”, celebra el desarrollo de las tecnologías productivas que permiten una reducción del trabajo humano y un incremento del tiempo libre:

[El trabajo] no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste.

Karl Marx, Fragmento sobre las máquinas

En cualquier caso, hay una lectura de Marx que extrae como conclusión directa el rechazo del trabajo: la de los operaístas como Tronti, Virno y Bifo, que ya no hablan de alienación sino de extrañamiento respecto del modo de producción y sus normas. “En el ámbito del obrerismo italiano de los años sesenta y setenta, la clase obrera ya no es concebida como objeto pasivo de alienación, sino como sujeto activo de un rechazo que construye comunidad a partir de su extrañamiento de los intereses de la sociedad del capital. La alienación no es considerada entonces como una pérdida de autenticidad humana, sino como extrañamiento del interés capitalista y, por lo tanto, condición indispensable para construir, en un espacio ajeno y hostil al trabajo, una relación finalmente humana.”[5]Esta crítica ya no se reduce únicamente a la extracción de plusvalía o a la alienación producida por las tareas mecánicas y repetitivas de la fábrica, sino que se extiende a todos los ámbitos en que el empleo ha colonizado la vida, y por tanto su lucha ya no se centra en mejorar las condiciones laborales sino, en palabras de Bifo, acabar con la superstición del trabajo asalariado. 

Esta es la línea que siguen algunos sociólogos contemporáneos como Richard Sennett y su análisis de la corrosión del carácter producida por las nuevas formas de trabajo en el nuevo capitalismo, que se caracterizan por la transitoriedad, la innovación y los proyectos a corto plazo[6]; o Jeremy Rifkin, que alerta de cómo las tecnologías de la información y la robotización nos acercan a un escenario en el que “será necesario un número cada vez mejor de trabajadores para producir los bienes y servicios requeridos por la población mundial”[7], para lo que propone potenciar el tercer sector (la economía social, basada en el trabajo cívico y la construcción de comunidad, en lugar del trabajo formal sometido a la economía de mercado) para que pueda absorber los empleos que desaparecerán a causa de la cuarta revolución industrial. Por su parte, David Frayne propone una política del tiempo entendida como una discusión crítica, abierta y democrática en torno a los objetivos de la producción y la distribución social de las horas de trabajo[8], apostando por el potencial emancipador de la tecnología – a diferencia de Rifkin que adopta un tono más catastrofista. Sugiere dos vías para organizar una sociedad que ya no estuviera centrada en el trabajo: reducir la jornada laboral y encontrar otros métodos de distribución de la renta.

También es importante la obra de Kathy Weeks, autora de un libro de referencia titulado The Problem with Work: Feminism, Marxism, Antiwork Politics, and Postwork Imaginaries, en el que aborda una cuestión obviada por muchos de los teóricos dedicados a este asunto: la forma en que el género organiza el trabajo. 

Los lugares de trabajo a menudo están estructurados en relación con las normas y expectativas de género. Tanto el trabajo remunerado como el no remunerado siguen estando estructurados por la productividad del trabajo dividido por géneros, incluida la división de género tanto de los roles familiares como de las ocupaciones asalariadas. Pero el género en el trabajo no es solo una cuestión de estas tendencias institucionalizadas para distinguir las diversas formas de trabajo de hombres y mujeres, sino una consecuencia de las formas en que a menudo se espera que los trabajadores performaticen su género en el trabajo.

Kathy Weeks, The Problem with Work: Feminism, Marxism, Antiwork Politics, and Postwork Imaginaries

Y, más recientemente, encontramos proyectos como el aceleracionismo de izquierdas que también aspira a un escenario postrabajo. Esto sería posible mediante la plena automatización de los procesos productivos y la reducción de la jornada laboral sin reducción de salario, que conduciría a liberar una cantidad importante de tiempo libre sin reducir la producción económica ni incrementar el desempleo. Una última demanda sería la instauración de una renta básica que “debe proporcionar una cantidad de ingreso suficiente para vivir; debe ser universal, se le debe proporcionar a todos sin condición alguna, y debe ser un suplemento del Estado del bienestar, antes que un sustituto”[9]. Sería, por tanto, un mundo en el que “la gente ya no está atada a su empleo sino que es libre de crear su propia vida”[10]y, por tanto, no depende del salario para sobrevivir.


[1]Kathy Weeks, The Problem with Work: Feminism, Marxism, Antiwork Politics, and Postwork Imaginaries

[2]Michel Foucault, El Nacimiento de la biopolítica. Curso en el Collège de France (1978- 1979)

[3]Michel Foucault, Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber 

[4]Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo

[5]Franco ‘Bifo’ Berardi, Almas al trabajo. Alienación, extrañamiento, autonomía

[6]Richard Sennet, La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo

[7]Jeremy Rifkin, El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era

[8]David Frayne, El rechazo del trabajo. Teoría y práctica de la resistencia al trabajo

[9]  Nick Srnicek y Alex Williams, Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo

[10]Nick Srnicek y Alex Williams, Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo




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