La Belleza y el Arte en Plotino

Plotino define belleza como la percepción de lo que es inteligible en lo sensible. El problema surge cuando entendemos que, para este autor, el mal reside en lo corpóreo, lo material, mientras que el bien se encuentra ligado al alma, a las ideas y al intelecto. ¿Dónde se encuentra entonces, el mal con el bien? ¿el intelecto con la realidad material? ¿la armonía del todo divino con el placer egoísta del cuerpo? El arte y lo bello jugarán un papel determinante en la unión del mundo sensible y el mundo inteligible pues en el proceso creativo que precede la obra de arte, la imaginación tendrá el poder de pensar la unión entre la percepción del mundo sensible, el intelecto y el pensamiento inconsciente – el yo. De esta manera, lo Bello se convertirá en el guía por el que el alma ascenderá hasta encontrarse con sí misma y con su principio, disolviéndose en armonía con el Uno, con el principio de todo.

En este ensayo conceptualizaré la metafísica de Plotino con el objetivo de extraer qué papel juega la belleza en su sistema filosófico, y por extensión el papel artista y de la obra de arte en su búsqueda del éxtasis.

¿Qué es arte?

Para entender que es arte y que no lo es en el sistema de Plotino, conviene dar un paso atrás y situarse en su metafísica. Plotino sitúa lo Uno como principio y consecuencia de todo en un intento de superar la división entre el mundo de las ideas y el mundo sensible planteado por Platón – con éxito, desde mi punto de vista. Lo Uno representa la perfección, el fundamento último del ser, el supra-ser, de dónde el resto de seres reciben su realidad, mantienen su existencia y hacia donde tienden en su fin. Lo Uno tiene la capacidad de producirse a sí mismo y a la vez producir todas las cosas eternas y necesariamente, en forma de emanación, ahora bien, ¿qué cosas produce lo Uno? Al principio, en el momento de emanación lo Uno produce algo diferente a Él que desea retornar a la unidad; en ese deseo, lo producido observa su principio y al reflejarse, se produce la inteligencia, Nous. Lo que se ve es lo Uno, pero como éste es sino como la inteligencia es capaz de verlo, como la luz – Uno – que en producirse ilumina y hace visible las cosas que antes no podíamos percibir pero que no son luz – ideas platónicas. De esta manera, cuando la inteligencia piensa las ideas se está pensando también a sí misma, en otras palabras, mientras que en el mundo sensible cabe preguntarse qué son las cosas y la causa de su existencia, en el mundo inteligible no cabe esta distinción: las ideas son y están en la inteligencia y son producidas en la contemplación de lo Uno:

“tal es la tragedia de la inteligencia: desea constantemente lo uno en su simplicidad, pero cuando este deseo se satisface y lo contempla, lo pluraliza en la multiplicidad de las ideas platónicas” (Mas, 2003).

El proceso continúa, y de la misma manera que lo Uno engendra la Inteligencia, ésta se desdobla produciendo el Alma del Mundo, principio de formación del mundo sensible, que contiene los múltiples arquetipos de las cosas. Estos tres niveles de realidad serán bautizados como hipóstasis – Uno, Nous y Alma –, y limitarán una realidad que se aleja de lo Uno hacía lo sensible, del Bien hacía el mal:

“Contamos así, con una inteligencia que es la forma del alma al modo en como el escultor la da – la forma – a la estatua, que contiene en sí misma todo lo que él le ha dado. Lo que – la Inteligencia –  ofrece al alma es algo que está cerca de la realidad verdadera; pero lo que el cuerpo recibe es ya una imagen, una imitación” (Enéada V 9, 3).

El alma ocupa el límite del mundo verdadero y, en consecuencia, da forma al mundo sensible. Entendido entonces como privación, el cuerpo es el mal precisamente por la falta de toda cualidad, de todo Bien, y actuará como un recipiente para el Alma imponiendo a la vez su marco de actuación, así, el alma está conectada con el todo, pero el cuerpo restringe su mirada hacía lo sensible privándola de ascender hacía lo Uno. Ocurre entonces que el alma acaba por tomar las características propias que derivan del cuerpo tales como su divisibilidad, sus límites o su finitud y se pensará de esta manera, no obstante, esto es una ilusión pues el alma es indivisible y para permanecer autosuficiente y no caer en las falsedades de lo sensible debe orientarse hacia la inteligencia. El Yo, en Plotino, es divino, y para alcanzarlo hará uso de la belleza.

Lo bello y la obra de arte.

Plotino define la belleza como la percepción de la unidad de la forma y, todo y que el cuerpo ha olvidado su origen, el alma deseará reunirse con aquello que le parece bello y rechazar lo que no lo es. Este fenómeno se basa en el principio en que las cosas siempre buscan algo que se les parezcan; entonces, el alma, bien en sí mismo, se acercará a la forma para acercarse a la inteligencia, a la unidad. De lo que se extrae algo muy interesante, y es que en el esquema de Plotino el arte no se encuadra en una experiencia que requiera la asimilación de conceptos lingüísticos o técnicos, si no en la simple contemplación consciente. Bajo este esquema, ¿puede ser una reproducción del mundo sensible una obra de arte? Los sentidos definen el marco de la experiencia que, potencialmente, los seres humanos podrían tener en el mundo sensible, pero en ningún caso podrán definir todo lo que existe, por lo tanto, una copia de lo material no es más que una imagen más duradera de lo que ya es imagen (Hadot, 2004):

“lo producido por el arte no puede tener vida en sí mismo si está limitado al mundo sensible: los colores como algo físico o material sólo pueden producir algo muerto si el pintor no está allí para llevar la unidad a la disposición de colores y si el espectador no está allí para traer la unidad a la imagen en la contemplación. La imagen en sí misma de la pintura no sería más que un arreglo sin vida de materiales. Como Pearl (2007) afirma, la forma, y así la vida y la belleza, es lo que responde a la mirada intencional de la conciencia” (Gómez, 2011).

La función del artista será la de acortar la distancia entre él y la forma en un proceso de devolver la naturaleza al lugar de dónde proviene, en otras palabras, el artista debe dotar su obra de los elementos necesarios para que de ella broten las formas como de lo Uno emana la inteligencia, de hacer visible lo invisible mediante los elementos del cuerpo y el mundo sensible:

“El arte no imita simplemente lo que ve, sino que vuelven a los principios de los que deriva la naturaleza” (Enéada V 8, 1).

De aquí se extrae que propósito del arte es el de cambiar al espectador (Gurtler, 1989). El arte que simplemente se dirige al ojo  será criticado entre otros, por Duchamp, pues alienta una actitud pasiva del espectador. La obra de arte debe tener como objetivo el de fomentar al espectador a alcanzar niveles de belleza superiores, la del intelecto, y para ello deberá entender que una parte importante parte de la obra artística no puede ni debe ser percibida por los sentidos, sino por el alma a través de la contemplación consciente, justo como ocurre en el arte contemporáneo. Por lo tanto, la simple reproducción del mundo sensible, como copia, no podrá ser considerado obra de arte pues solo atiende al gozo de lo sensible por lo sensible; en cambio si el artista es capaz de crear desde el alma, logrará alcanzar la belleza más absoluta que puede ser posible en el mundo material.

En la actualidad, el arte contemporáneo se muestra como el heredero de este esquema y fomenta que el espectador no contemple la obra a través de los sentidos, sino a través del Nous, excediendo cualquier limitación física.  De esta manera, el artista tendrá el poder de dar vida a elementos corpóreos e integrarlos captando la unidad del mundo, es decir, dotando a las formas de significados que vayan más allá de la realidad que percibimos de forma sensible. Así, el arte contemporáneo tiene la capacidad de reproducir los sentimientos, miedos y pasiones de la vida o el contexto del autor de forma no explicita, a través del intelecto y de forma original, lo que permite al espectador, en un acto consciente, asimilar la carga total de la obra sin necesidad de conocer la realidad del propio autor, pues ésta no es importante, y lo que es más importante, el espectador podrá identificar al autor y la obra en sí mismo, en su propia realidad, de forma atemporal, en un estado casi primitivo.

GERDA STEINER & JÖRG LENZLINGER (2004): “La Fuente de la Juventud”, Sevilla (España), Bienal de Sevilla 2004. 

Con todo ello, en el fenómeno de la percepción de lo que nos es similar, el espectador encontrará en la obra de arte plotiniania y contemporánea su reflejo, su identidad que le guiará en alcanzar la plenitud del Ser – aunque ahora, el yo, no es necesariamente divino. Así, lo bello no es ni será jamás una simple disposición de material que responda a proporciones geométricas, lo bello será reconocer nuestra alma en el mundo sensible: en los términos de Plotino, el arte debe disponer el mal para reflejar lo bello y guiar al ser humano a unirse consigo mismo para alcanzar el éxtasis.


BIBLIOGRAFIA

  • GÓMEZ, GUSTAVO (2011): “Plotinus and contemporary art: art, beauty and the unifying power of the soul”, Bogotá (Colombia), Universitas Phylosophica.
  • GURTLER, GARY M. (1989): “Plotinus and the Byzantine Aesthetics”, Saint Louis (USA), Saint Louis University Press.
  • HADOT, PIERRE (2004): “Plotino o la simplicidad de la mirada”, Barcelona (España), Ediciones Alpha Decay.
  • MAS, SALVADOR (2003): “Historia de la filosofía antigua: Grecia y el helenismo”, Madrid (España), Universidad Nacional de Educación a Distancia.
  • PERL, ERIC D. (2007): “Why is Beauty Form? Plotinus’ Theory of Beauty in Phenomenological Perspective”, Halifax (Canada), Dionysius.
  • PLOTINO (2007): “Sobre lo bello” traducción de López, Agustín y Tabuyo, Maria, Palma de Mallorca (España), El Baquero.
  • PLOTINO – PROFIRIO (1980): “Selección de las Enéadas”, Ciudad de México (México), Ediciones Ateneo.

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