La Madurez Política. Conferencia de Pedro Olalla en el CCCB

Si en las dos primeras sesiones del ciclo “Somos Adultos” se analizó en que consiste formarse (ver aquí) y en qué condiciones, como sujeto vulnerable y dependiente, la realizamos (ver aquí), en la tercera conferencia de este ciclo, Pedro Olalla nos habla sobre el estado en que la política alcanza su madurez o, más preferible todavía, el estado en que nuestra madurez alcanza la política, si es que esto ocurre. Así, la temática de su intervención será el de la madurez política.

Primero de todo, hemos de entender a qué se refiere cuando hablamos de la madurez y a qué se refiere cuando hablamos de sociedades democráticas. La madurez, dice Pedro Olalla, es el fin al que tiende la vida por la posibilidad de hacer uso de nuestras facultades de forma plena. No es casualidad que las otras dos etapas de la vida se definen contra ésta: la infancia como ausencia de madurez y la vejez como pérdida de la misma. Pasemos ahora a hablar de democracia. Inevitablemente para ello hemos de volver a la Antigua Grecia donde la palabra democracia surgió como un adjetivo asociado a la palabra arte. Por lo tanto, cuando hablamos de democracia nos referimos al arte de organizar la polis, es decir, el intento de construir un espacio artificial y humano regido por un poder indefinido por un conjunto de ciudadanos, todos legítimos para defender la justicia por encima de todo. Los valores, pues, se encuentran por encima de las leyes.

Es evidente, continúa Pedro Olalla, que las democracias actuales no han alcanzado todavía su madurez. De hecho, a mí me gustaría recordar la definición de Schumpeter del método democrático actual, entendido como aquel sistema basado en la lucha competitiva por el voto de los ciudadanos. Esto convierte, de manera inevitable, el voto en un cheque en blanco pues no existen mecanismos para garantizar el cumplimiento de promesas electorales, compromisos éticos, etc. No obstante, podríamos hablar de que existen ciertas formas de garantizar la exigencia política como, por ejemplo, el derecho a manifestación – aunque la experiencia de Pedro Olalla en la Grecia actual demuestra más bien lo contrario ya que, en los últimos años han tenido lugar más de tres mil manifestaciones, muchas acabadas con violencia, y no se ha cambiado ni un solo decreto –. En definitiva, lo que vemos aquí es como las actuales democracias no cierran la puerta a la participación activa y constante del ciudadano en sus democracias, de hecho, se invoca a que así sea desde las mismas élites que las controlan. El problema es que todos los canales de participación terminan por diluir toda propuesta debido a los enormes costes de oportunidad que el sistema traslada al ciudadano. En suma, lo que esto fuerza es a reducir toda actividad política a la máxima de un voto cada cuatro años, pero manteniendo en el imaginario de todos nosotros que todos los canales participativos siguen abiertos, lo que reorienta el debate no a la igualdad política sino a la igualdad material, un auténtico caldero de votos.

Pedro Olalla en el CCCB (fotografía: CCCB)
Pedro Olalla en el CCCB (fotografía: CCCB)

Por lo tanto, el objetivo principal de las democracias no es el de lograr una igualdad material como sinónimo de justicia, sino el de crear un sistema que sea capaz de formarnos políticamente. En la democracia de Protágoras, seguramente uno de los momentos más destacados de la historia de la Grecia antigua, se permitía a todo ciudadano participar en las diferentes instituciones que constituían la democracia – asamblea, consejo, tribunales y teatro – y, no solo se permitía la participación, sino que esta era en muchos casos por sorteo, buscando así establecer una relación recíproca entre el ciudadano y la sociedad para tratar de lograr que la madurez política del individuo tuviera lugar en plena madurez democrática.

Como vemos, el origen de la democracia en Grecia y su modo de funcionamiento dista mucho del modelo de democracia actual con el que Pedro Olalla se muestra tan crítico. Contrariamente al imaginario griego hoy en día la participación en el ámbito político se ve mucho más restringida. Pese a no haber ninguna barrera aparente el parlamentarismo se ha convertido en un sistema que induce a la apatía del ciudadano que resume toda su actividad política en forma de un voto cada 4 años. Porque el poder político ha sido capturado por las élites económicas creando una distancia cada vez mayor entre las instituciones y la ciudadanía, dejándose de ver esta última representada en las primeras ya que los partidos políticos son percibidos como organizaciones autónomas con sus propios intereses y metas. Porque quizás el mayor reto que debemos afrontar como sociedad si queremos reanimar a la democracia sea el de la reconexión de la ciudadanía con sus instituciones, el de la restauración de una confianza quebrada debido al uso partidista e interesado de las instituciones por parte de aquellos que una vez se erigieron como “nuestros representantes”.

Quizás, y sólo quizás, retornar a la génesis de lo que fue la idea de un sistema democrático, entendiendo como en la antigua Grecia lo importante de la dimensión de “lo público”, sea lo único que pueda salvar unas democracias europeas demasiado envejecidas, pero aún sin haber madurado, con una población cada vez más mayor y una juventud desconfiada debido a la transición de un sistema que nos venden como democrático pero que en la práctica no deja de ser “partitocratico”.

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Una idea sobre “La Madurez Política. Conferencia de Pedro Olalla en el CCCB”