La meritocracia no existe ni debe existir

Como sociedad creemos que el mérito es uno de los elementos organizadores más eficientes que existen; creemos que una buena manera de organizar la sociedad es entender que el esfuerzo tiene sus recompensas, el que se esfuerza se merece ganar una posición en el trabajo, una oportunidad de estudio o todo aquello que puede mejorar su bienestar. Nuestro día a día son carreras contra otros, el mejor se lo lleva. Pero obviamente no somos animales sin sentimientos, máquinas sin otro afán que la competición; creemos que en estas carreras todo el mundo debe salir del mismo punto para así garantizar una competición limpia. A eso le llamamos la igualdad de oportunidades y es un concepto que el lector seguramente sea consciente que se repite hasta la saciedad en nuestro día a día.

Pues bien, todo esto es una falacia. La meritocracia es una mentira. No funciona. Y no funciona en dos planos distintos: las condiciones materiales de la sociedad actual no permiten un desarrollo factible de esta concepción meritocrática y, aunque las condiciones materiales lo permitiesen, consideramos que la meritocracia focaliza su atención en elementos equivocados y que existen otras concepciones más eficaces para lograr el bienestar de la sociedad. En este artículo vamos a desarrollar estas afirmaciones que acabamos de hacer de una manera más estructurada y profunda. Primero, haremos un repaso de los datos disponibles, la mayoría referidos a Estados Unidos pero extrapolables a la mayoría de los países del hemisferio occidental, para ver por que las condiciones materiales no son las adecuadas para el desarrollo meritocrático y luego entraremos en consideraciones más de fondo sobre la igualdad de oportunidades y la meritocracia, bebiendo de manera extensa del trabajo de Amartya Sen y su planteamiento de la igualdad en capacidades.

Empezaremos por una consideración básica: la concepción de fondo de la meritocracia, y de otras concepciones de redistribución, es conseguir que la gente llegue a obtener un bienestar en su vida diaria. Este bienestar está, en la meritocracia, conceptualmente ligado a la obtención de ingresos y riqueza para alcanzar dicho bienestar. Por tanto, una distribución desigual de dicha riqueza es un importante impedimento a la meritocracia. Y en la práctica esto es lo que nos encontramos: un reparto muy desigual de esta riqueza y una notable dificultad para acceder a ella. En esta ocasión, iremos un poco más allá de analizar el manido caso del 0.1% de ricos y su absurdo nivel de concentración de riqueza y abriremos el foco al 9.9% superior.

Según los datos de Saez y Zucman, profesores de economía en la Universidad de Berkeley, desde 1930 el 9.9% de personas más ricas de USA han representado, aproximadamente, el 60% de la riqueza del país. Siendo conservadores en el ámbito que nos ocupa, esta distribución no tendría que ser un problema per se siempre que la posibilidad de acceder a dichas concentraciones de riquezas fuera amplia y la movilidad social fuese un elemento presente en la sociedad. Desafortunadamente esto no es así, tal y como nos demuestran los datos del Urban Institute: en 2016 un individuo con una riqueza igual a la riqueza mediana en Estados Unidos debería multiplicarla por 12 para entrar a formar parte de este este grupo del 9.9% y, en consecuencia, disfrutar del 60% de la riqueza total. Multiplicar por 12 cualquier nivel de riqueza es una tarea casi imposible, con lo que la concepción meritocrática como mecanismo de redistribución nos parece algo difícil de aceptar.

Otro elemento que queremos añadir a este contraste que estamos realizando de la concepción meritocrática y la igualdad de oportunidades respecto a datos de ingreso y movilidad social es el concepto de intergenerational earnings elasticity (IGE) un indicador que detalla qué parte de la desviación de un hijo/a respecto al ingreso medio puede imputarse al ingreso percibido por los padres. Un IGE de cero significa que no existe relación alguna entre los ingresos de los padres y los de sus descendientes. Un IGE de uno implica que el descendiente terminará con el mismo nivel de ingresos que los padres. Según Miles Corak, profesor de economía en la en la City University de Nueva York, hace medio siglo el IGE en Estados Unidos era menor a 0.3. Hoy, es aproximadamente 0.5 (en España, según estimaciones de la profesora Maria Cervini-Pla, el IGE tiene un valor aproximado de 0.42). Es decir, en Estados Unidos ya sólo eres responsable de la mitad de tus ingresos futuros ya que la otra mitad vienen estadísticamente definidos por los ingresos de tus padres.

Con este contexto, poner el foco solamente en el mérito y la igualdad de oportunidades como meta en la tarea redistributiva nos parece pobre; la situación actual creemos que exige ampliar el foco y centrarnos en enfoques bajo nuestro de punto de vista más completos, como la igualdad en capacidades que desarrollaremos a continuación. Pero antes queremos resaltar que en este repaso de evidencia empírica nos hemos centrado sólo en variable de ingreso y riqueza sin entrar a valorar variables relacionadas con la educación, la sanidad o el urbanismo que también tienen relación con el bienestar como sociedad y afectan de fuerte manera el concepto de igualdad de oportunidad y la meritocracia.

La igualdad en capacidades es un concepto desarrollado por Amartya Sen en el que se propone poner el foco en las funcionalidades y las capacidades de las personas, es decir, en sus potencialidades. Bajo su punto de vista, entendemos funcionalidad cómo lo que una persona realmente hace y experimenta y entendemos capacidad como la habilidad para conseguir un determinado nivel de funcionalidad. Como explica Adela Cortina, Sen toma como punto de partida dos hechos: la heterogeneidad de los seres humanos y la diversidad de variables por las que es posible juzgar acerca de la desigualdad injusta. Podemos hablar de igualdad en el ingreso, la riqueza, el bienestar, las libertades o las oportunidades y por eso, es necesario buscar una variable focal desde la que establecer las comparaciones; variable focal que Sen emplaza en las capacidades. Teniendo en cuenta la heterogeneidad de las personas, entiende Sen que cualquier intento de igualar desde los medios – como las oportunidades –  puede resultar injusto con la desigualdad de capacidades de los receptores. Un grupo humano con una mayor cultura puede aprovechar los medios para elegir sus planes de vida mucho mejor que otros con menor cultura. Incluso dos personas que cuenten, bajo la concepción rawlsiana, con los mismos bienes primarios tendrán diferente libertad para perseguir sus planes de vida, porque la cuestión no es sólo de medios para la libertad, sino que la libertad es el instrumento para conseguir la libertad. Por lo tanto, según Sen, la libertad es a la vez un instrumento para lograr un desarrollo sustantivo, pero también un objetivo intrínseco que es valioso per se (Gómez, 2007: Cap. 10).

Aun así, el foco de la libertad en Sen es el permitir el desarrollo de las capacidades de los individuos y considerando que la pobreza es la ausencia de libertades sustantivas en los ámbitos político, económico y social y, por tanto, la imposibilidad de desarrollo de las capacidades por una falta de las precondiciones para hacerlo. Estas precondiciones son las referidas en la concepción clásica de libertad positiva: la presencia de las condiciones previas necesarias para alcanzar los objetivos (alguien que me enseña, cuando es joven, cómo leer).

Por tanto, las políticas sociales deberían tener como objetivo desarrollar capacidades en lugar de funciones. Estos últimos tienen que ver con elecciones libres individuales y los primeros con condicionantes previas. Una persona debe tener libertad para elegir (funcional) dentro de un conjunto de posibilidades reales (capacidades) y así desarrollar sus potencialidades.

A modo de conclusión, nos gustaría lanzar una breve reflexión sobre el hecho que la mayoría de sociedad haya aceptado la meritocracia como método redistributivo en la sociedad; una reflexión sobre como se consigue la legitimidad para mantenerse hegemónica en el sentido común de la gente. Creemos que un elemento legitimador muy importante es poner ejemplos individuales de gente de origines humildes que terminan triunfando y consiguiendo un importante nivel de riqueza e ingresos. Cómo hemos visto, los datos indican que esto es difícil de conseguir, pero creemos que el sistema puede ser explicado con la fábula de la suerte del ladrón y el policía. La fábula cuenta que un ladrón se encuentra a un policía y se pavonea de la suerte que tienen ya que nunca consiguen atraparlos en los robos que hacen. Entonces, el policía se lo mira y responde: “Vosotros necesitáis tener suerte siempre; nosotros necesitamos tener suerte una sola vez”.


REFERENCIAS

  • Cortina, Adela: “Lo justo y lo bueno”. En Gómez, Carlos: “La Aventura de la Moralidad”; Alianza Editorial, Madrid, 2007.
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