La política como espacio generador de conflictos

Estamos viviendo en los últimos días unos de los debates que pueden causar mayor daño a la sociedad catalana. Si la dualidad del sistema judicial no evidenciaba ya de por sí un retroceso no muy lejano hacia un pasado aún muy oscuro y con ciertas lagunas, el auge, de nuevo, del debate sobre la inmersión lingüística lo ratifica. Creo que sobran los argumentos de porque el catalán como lengua vehicular ha sido uno de los mayores logros de consenso político de la época postfranquista que, junto a una imperante voluntad popular ha conseguido revivir una lengua perseguida. Aun así, la caverna española nunca ha cesado de usar la lengua como arma, como elemento divisorio, y de afirmar falsamente que en Catalunya se margina el castellano. De hecho, Catalunya es una sociedad puramente bilingüe y el castellano goza de mejores números según datos del IDESCAT. Toda esta información y argumentos de por qué el catalán debe seguir siendo lengua vehicular han estado perfectamente expuestos en un reciente artículo de Politikon que os dejamos aquí.

Lo que nosotros pretendemos hoy aprovechando este debate es ejemplificar como actualmente la política ha revertido su función original: ha dejado de ser un espacio donde se trata de mediar los conflictos de una sociedad plural mediante la negociación, el diálogo y el acuerdo para pasar a ser también un espacio generador de conflictos. En Catalunya, la inmersión lingüística nace a raíz de una demanda de un grupo de padres y maestros de Santa Coloma con el objetivo de que los alumnos puedan aprender las dos lenguas. De hecho, en las famílias de origen castellanoparlante, la posibilidad de que sus hijos puedan dominar dos idiomas gracias a la inmersión lingüística es visto como un ascenso e integración social. Por lo tanto, el éxito de fijar el catalán como lengua vehicular es un hecho innegable. No obstante, uno podría pensar que las preferencias de la gran masa de población pueden haber cambiado y que, hoy en día, tener que estudiar en catalán supone un impedimento para aquellas familias castellanoparlantes ya que no son capaces de aprender de forma correcta lo que antes llamaban castellano y ahora español. De nuevo, la evidencia muestra lo contrario: la educación –suponiendo que la lengua de enseñanza acapare aquí todo el protagonismo y no la deficiencia que hay en matemáticas- es uno de los problemas que menos preocupan actualmente a los españoles según datos del CIS, y los niños catalanes tienen un dominio del castellano igual al de la media de los niños españoles tal y como se muestra en las pruebas de competencia lingüística del Ministerio de Educación (2009-2010). Por lo tanto, podemos afirmar que el sistema de enseñanza en Catalunya no es un sistema cuestionado por la sociedad, o no lo era al menos hasta que ciertos grupos parlamentarios desde Madrid decidieron reabrir el debate. Lo más lamentable, pero, es que la génesis del debate no es educativa, su fin no era cuestionar la capacidad de aprendizaje de los niños catalanes, su fin es literalmente españolizarlos y con la última propuesta existe claramente una intención de crear división a partir de una envenenada capacidad de elección de la lengua vehicular. No sé si es que aquí estamos ciegos, pero eso de dividir y separar en las escuelas es algo que sólo pasa en ciertos centros privados y de orientación no precisamente laica, y no sólo en las escuelas, sino en diferentes escuelas. De nuevo, se trata de separar lo español de lo catalán, como si de elementos contrapuestos y excluyentes.

Por lo tanto, vemos como en el caso de la lengua en la escuela catalana hay una gran intencionalidad, una premeditación muy maquiavélica de la derecha franquista española, donde el objetivo no es ni de lejos mejorar la enseñanza en Catalunya – es importante no olvidar que no tienen competencias- sino que hay una voluntad de destrozar uno de los mayores logros de nuestro país y envidiado por otras regiones donde conviven o convivían varias lenguas co-oficiales: el sistema de inmersión lingüística.

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