La verdad ya no es el fin

Dicen que una mentira dicha mil veces se convierte en verdad y, quizás, ahora más que nunca esta afirmación sea cierta. Twitter, Facebook, la prensa digital, la tele y en general todo el conglomerado de artilugios que transportan el ágora a un plano virtual, es decir, que permiten no estar de forma física en un sitio para entrar a una discusión a decir la nuestra, han hecho que hoy en día la construcción de lo aceptado como cierto dependa de la repercusión y alcance que aquello dicho tenga. En definitiva, la verdad ya no son templos sino shares de audiencia.

No es nada nuevo esto de que la verdad sea la construcción de un relato interesado el cual es aceptado por la mayoría. Inclusive la ciencia al fin y al cabo no deja de ser un conjunto de postulados al que la comunidad científica llega y consensua mientras que el resto lo tomamos como dado. Salvando las distancias y la práctica, aceptamos creer de la misma forma cuando un científico nos dice que venimos del mono que cuando un sacerdote que venimos de Dios y, fíjense que no me refiero a como se llega a ciertas conclusiones, sino a como las digerimos los receptores ajenos al tema discutido. Con todo esto, lo que trato de evidenciar es que la noción de verdadero o falso es, en definitiva y última instancia, una opinión. La única diferencia que delimita lo que se queda en opinión o adquiere rango de “verdadero” es el grado de aceptación porque, en definitiva, todo parte del mismo sitio: la experiencia particular. Siguiendo a Gadamer, el epistemólogo que no quiere reconocer la fuerza formadora del diferenciar que opera en toda percepción, sucumbe a un concepto dogmático de lo objetivamente dado (Gadamer 1966, pp:156). Aun así, el problema hoy en día ya no es quien dice la verdad o como se construyen estos conceptos que queremos que sean verdad, sino como se propagan las ideas que quieren ser verdad.

Yo diría que hoy en día vivimos jugando constantemente al juego del teléfono –juego en el que una información va pasando de persona en persona, deformándose en el proceso y en donde el último integrante de la cadena termina por recibir una información completamente diferente a la inicial – en el que el ganador es aquel que consigue reunir a más integrantes que acepten su relato. Es precisamente en este intento de captar “adeptos” y en donde limitan el concepto -aquello a lo que queremos hacer referencia- y el conocimiento conceptual – aquello con lo que hacemos referencia- que toma especial relevancia la intuición. Es la intuición, y no lo sensiblemente dado, la responsable de todas esas representaciones imaginativas que formamos en nuestras mentes. Es decir, ante la inmediatez de lo dado, nuestro hacer-interpretativo opera generando un conocimiento que representaremos a posteriori. Así pues, la intuitividad es un predicado de valor para descripciones que tuvieran lugar de forma abstracta por medio de designaciones de un esquema o una expresión conceptual. (Gadamer 1996, pp: 155-159). Como venía diciendo antes, a partir del traspaso de información, los receptores, quien ya no son agentes pasivos, construyen cada uno su propia interpretación de los fenómenos dados generando así dinámicas de contraposición entre los distintos relatos – es decir, se gesta un proceso dialectico- elevando lo particular hasta convertirlo en verdades universales, porque el hecho de que podamos influir como individuos u organización a cualquier debate hace que vivamos en sociedades constitutivamente conflictivas en donde los intereses particulares sólo pueden ser socialmente satisfechos y se acaba por tomar lo universal como un medio (Román Curatango 2016, pp: 183). Es decir, la verdad ya no es autónoma, no es el fin último al que tendemos como sociedad y como individuos, sino que es un instrumento al servicio de intereses particulares. De esta manera se ve como en la sociedad y, sobretodo en el ámbito de la política, conviven distintas verdades, es decir, el relato particular de los distintos individuos que pretender hacer valer su visión de la realidad por encima del resto. Y, debido a estas interpretaciones que se hacen de la realidad, ha dejado de existir un derecho único que dictamina la ley que debe regir en la comunidad, derivado de una verdad universal, sino que la visión particular de la realidad origina toda una confluencia de derechos particulares que tratan de ser reconocidos como legítimos.

Esta lucha de derechos particulares, a la cual nos acabamos de referir, es precisamente lo que ha alejado a la verdad de su discusión más pura. Como empezábamos diciendo hoy en día ya no se pretende una discusión acerca de la verdad en sí y como fin, sino que la construcción del saber se ha subyugado a justificar los intereses particulares de los individuos y esto es algo a lo que últimamente estamos demasiado acostumbrados. Hemos terminado aceptando como algo natural la deformación del concepto de verdad por parte de los principales dirigentes políticos y medios de comunicación, los cuales adaptan su discurso según les convenga. Recientemente veíamos al quien a día de hoy es presidente del Gobierno Español adaptar su discurso sobre Catalunya según su propio interés, en un primer momento haciendo declaraciones muy estrictas sobre la realidad catalana para así tratar de recuperar el electorado que les está quitando Ciudadanos y, en un segundo instante suavizando su discurso para conseguir el favor de los partidos catalanes, consiguiendo así que prosperara una moción de censura que lo convertía en presidente. Entonces, se puede apreciar que ante una situación en la que lo universal ha perdido todo su valor, el proceso dialéctico para elevar la particular al rango de verdadero ha perdido su sentido. En definitiva, hemos terminado por ser adeptos de un discurso que una vez nos presentaron como cierto el cual tomamos como dado, defendiéndolo y adaptándolo según convenga, enrocándonos así en posiciones cada vez más dogmáticas y partidistas.


REFERENCIAS

  • GADAMER, H (1996): Estética y hermenéutica. Tecnos. Madrid
  • CUARTANGO, R. (2016): Tal vez no tan sujeto… (el individuo, las reglas de juego y lo político). Genueve Ediciones. Santander.
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