Los mecanismos de la sociedad de la desinformación

El pasado lunes día 1 de octubre miles de personas se manifestaron en Barcelona y en otras partes del territorio catalán reclamando a sus líderes que cumpliesen con el mandato del resultado del Referéndum de Autodeterminación de Catalunya celebrado en 2017 ese mismo día. Nuevamente las imágenes de las cargas policiales a los manifestantes – ahora por los Mossos de Escuadra en lugar de los comandos de la Guardia Civil y la Policía Nacional – fueron las grandes protagonistas de los medios de comunicación tanto autonómicos como estatales. Ahora bien, las versiones de los hechos difieren entre unos y otros medios: mientras que los primeros sí que alertan sobre el alto grado de tensión de la protesta ciudadana, no ofrecen un discurso en el que se haga explicito un uso de la violencia de forma generalizada – aunque lo adscriban a un pequeño grupo. En cambio, los segundos abogan por un relato en que el movimiento independentista es, en sí mismo, violento. Parece que no hay un único relato para los hechos ocurridos el pasado lunes, pero no solo para estos, sino para todos aquellos que hoy en día suceden en el mundo.

Es interesante y a la vez aterrador ver como la sociedad ha preferido librarse del poder coercitivo de la verdad y se ha optado por la banalidad más absoluta y pueril.  De esta manera, lejos de participar en el debate de ideas se prefiere vivir de espaldas al mundo, convertido este en una fábula, en un cuento, en mera opinión, en un mundo sin verdad. Las causas de este fenómeno, el de la postverdad, responde principalmente a la necesidad de anteponer la opinión al hecho ante una explosión de visiones del mundo. De esta manera, la realidad queda marginada en el entrecruce de imágenes que compiten entre sí o que, sin coordinación alguna, distribuyen los medios de comunicación. Estos se convierten en el motor de lo que algunos llaman la era de la postmodernidad, época en qué al no poder construir un relato único del mundo se lucha por él en una extensión de la cara más imperialista del capitalismo tardío.

Los mecanismos que se articulan en dicho fenómeno, desde mi punto de vista, son dos: en primer lugar, se produce una traslación-de-contenido y, en segundo lugar, un vaciamiento estético del individuo. Ahora bien, para entender en qué consisten tales mecanismos debemos empezar por describir qué es un hecho.

Un hecho se define como algo que sucede, es decir, un acontecimiento o, siendo más exacto, una cosa en movimiento. Así, mientras que la cosa es una cualidad estática el hecho se produce en un espacio y un lugar concretos. Por ejemplo, un es una cosa, pero si este se cae, se produce un hecho – el caerse. Hasta aquí no hay problemas, estos vienen cuando estudiamos el darse del hecho. Este darse tiene dos caras: por un lado, el hecho se da independiente de quien lo recibe, esto es, con indiferencia de percibirse – si el bolígrafo se cae, es indudable que se ha caído – lo cual constituye una referencia objetiva del hecho. Por el otro lado, el hecho puede darse a alguien, puede presentarse ante un receptor siendo éste quien nos hable de su veracidad[1]. Ocurre en este punto que el hecho se nos puede presentar de forma parcial o, directamente, manipulado. De alguna manera, ante un hecho se nos puede llegar a presentar una ficción del mismo que tiene como pretensión constituir realidad. Se traslada la veracidad del contenido de un hecho que es objetivo por sí mismo al debate público, lo que deja implícito que el hecho en sí no es más que una opinión dentro de los marcos del juego democrático, “donde no existen verdades absolutas”. [2]

Este presentarse tiene lugar, mayormente, en los medios de comunicación tradicionales – televisión y prensa escrita – y recientemente, y de forma más violenta si cabe, en internet – Twitter y Facebook. En momentos de gran tensión política, se proyecta un flujo de información que resulta devastador para la capacidad de reflexionar del ser humano. Dicho flujo está caracterizado por conformar grandes grupos de polarización ya que presentan toda interpretación como realidad. Podría servir de ejemplo el caso de Jordi Cuixart, líder de Ómnium Cultural, y Jordi Sánchez, líder de la Assamblea Nacional de Catalunya, cuando en las protestas del 20 de septiembre de 2017 se subieron a dos coches de la Guardia Civil, lo que constituye un hecho innegable, pero en los que diferentes medios hablaron de un acto de sedición aunque existan documentos audiovisuales en los que obtuvieron permiso explícito del cuerpo.[3] De esta manera, en el presentarse ocurre que se dan dos versiones yuxtapuestas de un mismo hecho, y ambas pretenden constituir realidad. Aquí viene lo verdaderamente perverso, asumiendo que el sujeto moderno carece de identidad propia, a través de la opinión pública se imprime en el sujeto “un sentido de correspondencia o de pertenencia con un grupo social”, es decir, se apuesta por una estetización de la cultura “en tanto que ampliación del dominio que ejercen los medios de comunicación”[4]. Esto quiere decir que la opinión, al no poder ser categorizada, se hace atractiva, se embellece en tanto que te permite ser parte de algo: una lucha, una unión, una comunidad.

Fotografía: Sergi Alcàzar, el Nacional
Jordi Cuixart (izquierda)  Jordi Sánchez (derecha) subidos a un coche de la Guardia Civil durante las protestas del 20-S. Fotografía: Sergi Alcàzar, el Nacional

De la mano de estos mecanismos el sujeto postmoderno, sustentado en la más absoluta fragilidad, se convierte en un esclavo de intereses particulares y ajenos, convirtiéndose en un soldado que lucha por su propia esclavitud.

Si bien es cierto que muchos sitúan el nacimiento de la posmodernidad en Nietzsche, autor de la célebre frase “No existen hechos, solo interpretaciones”, es hoy más que nunca urgente una revisión de sus enseñanzas, que rápido han caído en el dogmatismo más sórdido. Fijémonos que, en los casos descritos anteriormente, las interpretaciones de los medios de comunicación y de la opinión pública forman hechos que el individuo entiende como suyos mientras que, para el filósofo alemán, Si bien los métodos de Nietzsche, centrados en la retórica del lenguaje y la genealogía de los valores, pretenden llevar a cabo una destrucción de las esencias, de la metafísica, del relato único, en definitiva, de los conceptos que fundan nuestro mundo, “es sólo para abrir un nuevo camino de fundamentación de la vida humana y no esgrimiendo el mero recurso de la destrucción de determinados y estratégicos conceptos, valoraciones, ideales, como solución para el actual estado de décadence y nihilismo que achaca a la época moderna.”[5]


REFERENCIAS

[1] Bengoechea, F (2018): “No hay hechos, solo interpretaciones. Trump y Nietzsche”. Dentro del curso: “Cómo el mundo se volvió una fábula. Nietzsche en la era de la postverdad”. Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, España.

[2] Ibid.

[3] Roures, J (2018): “20-S”. Mediapro; Barcelona, España.

[4] Hernández, B (2009): “Posmodernidad y obra de arte: de Heidegger a Vattimo”. Revista de Filosofía, Vol. 65: 189-205.

[5] Reyes, J.M. (2009): “La Interpretación infinita”. Universidad de Barcelona, España. Disponible aquí

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