Los retos de la Inmigración: Europa ante sus fantasmas.

La crisis de la inmigración alimenta a los fascismos en Europa pero también advierte a las izquierdas de gobernar más allá de lo estético.

Salcedo, Doris (2017): “Palimpsesto”. Museo Nacional Centro de arte Reina Sofía, Palacio de Cristal, Madrid.

Durante el día de ayer fue denegado el permiso de salida al barco humanitario Open Armspor la dirección general de la Marina Mercante – dependiente del Ministerio de Fomento –[1]meses después de que el mismo gobierno diera permiso a éste para acoger 311 vidas en riesgo de las aguas del Mediterráneo; una decisión del Gobierno que queda ahora como un simple gesto táctico y repleto de estética que no sirvió sino para llenar portadas en la aventura de Pedro Sánchez por la Moncloa después de la moción de censura a Mariano Rajoy. 

El problema es que, nuevamente, podemos observar cómo la inmigración se ha convertido, a lo largo del tiempo, en una temática híper-politizada en occidente, en particular, después de la mal llamada “crisis de los refugiados” de 2015. Extremos repudiables son los casos de Hungría o Polonia. En este último, un miembro del parlamento afirmaba recientemente que “su país es seguro porque no hemos aceptado inmigrantes ilegales musulmanes”.

Lejos de aportar una solución, el problema de la inmigración se utiliza como arma política para generar una opinión pública dónde “los otros”, “los de fuera” son culpables de nuestras miserias económicas y sociales, culpables del incivismo en nuestras calles, de robos, de agresiones e incluso de ser portadores de enfermedades altamente contagiosas que amenazan la salud pública española, como lo ha hecho recientemente una de las cabezas visibles del nuevo partido de moda en España, Javier Ortega Smith (VOX).[3]Es necesario decir, y en voz alta, que si existe algún culpable de los problemas económicos europeos o de cualquier otro es una clase política, la nuestra, que no ha estado a la altura en la gestión de la crisis económica, evidenciando el enorme problema de soberanía que sufren las democracias europeas viéndose siervas de las instituciones financieras, de la deslocalización del trabajo y de muchos otros factores que hacen que Europa vea con ojos ciegos el auténtico genocidio que están permitiendo en el Mediterráneo, un genocidio que justifica gobernar bajo el racismo institucional que Europa todavía arrastra de su no tan pasado colonial.

No quiero hacer aquí y ahora una apología contra el capitalismo más salvaje pues no tendría ningún sentido, es más, cualquier liberal de verdad estaría a favor de suprimir las fronteras y, de la misma manera que mercancías y capital circula libremente alrededor del globo, lo haga también la fuerza de trabajo. Incluso podría traer importantes beneficios económicos según algunas previsiones y estudios. El principal problema al que se enfrenta Europa es al de un ciudadano enquistado en una falsa clase media, que ni es clase ni es nada , que prefiere mirar hacia otro lado e imponer su bienestar por encima de “los otros”, los más perjudicados, que necesitan de la ayuda de esta clase media para manifestar su descontento y lograr así reacciones de un gobierno “de marfil” que vive mirando más a Europa que a sus propios problemas. Y aquí la izquierda tiene gran parte de culpa. 

No es ninguna novedad si digo que la socialdemocracia europea es el eje que vertebra la Europa actual. Resulta entonces que esta socialdemocracia, en conjunción con el capitalismo, ha resquebrajado la clase trabajadora que ya no es consciente de su propia condición. Esta despolitización de las clases medias, que además coinciden con las clases más perjudicadas durante la crisis, genera un fenómeno de “anestesia” ante los dramas migratorios – y muchos otros – que funciona de la siguiente manera: delante de una noticia como la que inicia el artículo, esta reacciona efusivamente ante la vergüenza que el hecho supone, exigiendo a los gobiernos de turno que reaccionen ante el problema. Posteriormente, el propio gobierno insiste en que el problema está en los protocolos internacionales, pero no propone ninguna solución, ni tan siquiera se les ve una intención en esa dirección. Finalmente, los ciudadanos mencionados terminan por olvidar las cifras de muertos de un mar utilizado deliberadamente como si de un foso medieval se tratase.

La obra de Doris Salcedo (Bogotá, 1958) refleja cuidadosamente este proceso en su obra Palimpsesto (2017). La obra instalada en el Palacio de Cristal de Madrid, en colaboración con el Museo Nacional Centro de arte Reina Sofía , está formada por un complejo sistema de tuberías que escriben en el suelo los nombres de miles de personas que murieron cruzando el Mediterráneo como si de lágrimas se tratase. Un auténtico ejercicio de “poética del duelo” que trata de dar dignidad a las víctimas haciendo perceptible el dolor sin necesidad de mostrarlo explícitamente. Así, de la misma manera que los monumentos a las víctimas de la Primera y Segunda Guerra mundial y la Guerra del Vietnam, los inmigrantes consiguen ser por un momento ciudadanos de pleno derecho en lugar de ser mercancía de la más detestable clase política y del periodismo más sensacionalista. Sin embargo, de la misma manera que en nuestro recuerdo, los nombres de las víctimas desaparecen en un movimiento cíclico que hace imposible no acordarse de las olas del mar.

Sorprende, por lo tanto, que se exhiban imágenes de cadáveres en las costas de Malta, Italia, España o Grecia abiertamente mientras que se opta por una política totalmente distinta para las víctimas europeas, apostando por no mostrar ninguna imagen por respeto a las víctimas y sus familiares, sean estas víctimas por múltiples circunstancias. ¿No existe el derecho a la memoria del “otro”?

Es esta anestesia el problema al que debe centrar su atención la izquierda, al menos en cierto grado, y ello pasa por eliminar el mito de la clase media. Pues si asumimos que la mayor parte de la inmigración responde a motivaciones económicas, ¿por qué debe tratarse diferente el inmigrante al trabajador europeo de a pie? Incluso cuando éste es de segunda, tercera o cuarta generación. 

Por lo tanto, y en vistas que las últimas reformas fronterizas orientadas a entorpecer todavía más si cabe las rutas migratorias no han funcionado ya que los flujos de personas no han hecho más que aumentar, las posibles soluciones solo pasan por ofrecer mejores condiciones de asilo en las que la fuerza de trabajo entrante pueda ser integrada con todas las garantías legales que brinda la carta de derechos humanos bajo la que Europa insiste en representar, desorientada. La izquierda Europea debe ver en la crisis de los refugiados la posibilidad de integrar la inmigración en sus esferas sociales, culturales y laborales en lugar de ofrecer en bandeja la proliferación de subestructuras de trabajo precario, casi esclavo, que hacen de la inmigración una clase social desesperada y desarticulada que sirve de caldo de cultivo de nuevos fascismos, cada día más presentes.

Conviene recordar, en todo momento, que no existe un “otro” sino es bajo la atenta y delicada dirección del poder dominante.


[1]Sanchez, Gabriela (2018): “El Gobierno impide al Open Arms salir del puerto de Barcelona para rescatar a migrantes” en eldiario.es. Link: https://www.eldiario.es/desalambre/Fomento-Open-Arms-migrantes-internacionales_0_856714379.html#click=https://t.co/7zc9jtJ0P5

[2]“Polish Lawmaker to Cathy Newman: ‘We Won’t Take Even One Muslim Illegal Migrant” subido por Wester Cannon el 2 de Julio del 2018. Link: https://www.youtube.com/watch?v=DQKpRhVPeHA

[3]Garcia, Wilfredo (2018): “Ortega Smith: “La inmigración puede traer a Europa pandemias erradicadas”” en El Español. Link: https://www.elespanol.com/espana/20190113/ortega-smith-inmigracion-puede-europa-pandemias-erradicadas/368213529_0.html


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