“Los tiempos del poder”, Christopher Clark en el Palau Macaya

El lunes 7 de octubre tuvo lugar en el Palau Macaya la conferencia “Los tiempos del poder” dentro del ciclo de Lecciones de historia contemporánea que ofrece la Escola Europea d’Humanitats de Barcelona. La ponencia fue impartida por el cadrático de historia de la Universidad de Cambridge Christopher Clark, autor del recientemente publicado Tiempo y poder: visiones de la historia desde la guerra de los Treinta Años al Tercer Reich (Galaxia Gutenberg, 2019), estudio que desarrolló durante la conferencia. 

Christopher Clark empezó mencionando el discurso pronunciado por Emmanuel Macron en La Sorbona en septiembre de 2017 en el que el presidente de la República Francesa habló de la Unión Europea como “nuestro horizonte”, lo que nos protege y nos da un futuro. El presidente argumentó que la Unión Europea (UE) debe poner fin a sus “guerras civiles” – dadas por diferencias presupuestarias, financieras y políticas – con la finalidad de construir una soberanía genuina. En consecuencia, si la UE no logra aceptar este desafío – advirtió Macron –, el presente, y con él el futuro, quedarán sumergidos en el pasado. Pero, ¿qué significa esto? Clark constata que las personas que ejercen el poder a menudo invocan el tiempo de esta manera, o más bien, afirman, proponen e implican una relación específica –– dinámica o no – entre pasado, presente y futuro. En este sentido, sus expresiones están cargadas de historicidad, un conjunto de supuestos que pueden ser bastante informales e intuitivos sobre cómo el pasado, el presente y el futuro se relacionan entre sí. Por tanto, cuando los representantes del poder político manipulan esta relación se involucran en la cronopolítica, una de las herramientas clave de la comunicación política, según Clark. Por ejemplo, la campaña del Brexit en Gran Bretaña se organizó alrededor del lema “Let’s take back control”. El defensor del Brexit, ahora primer ministro, Boris Johnson, fue el principal propagador de este eslogan. Johnson no es solo ministro y periodista, sino que además es el autor de una biografía de Winston Churchill cuyo subtítulo es How one man made history, indicando ya su patrón político ideal. De este modo, en el amplio análisis del discurso a favor del Brexit, Duncan Bell, profesor de Teoría de la política, Historia y Relaciones internacionales en la Universidad de Cambridge, encontró evidencias –cita Clark– “del control hipnótico que el pasado, y especialmente la memoria del Imperio Británico, retiene sobre franjas de la clase gobernante británica”. 

La conmoción por el referéndum del Brexit todavía permanecía en el Reino Unido cuando comenzaron las elecciones presidenciales de Estados Unidos. En el eslogan de campaña de Donald Trump “Make America great again” nuevamente se puede observar esa referencia recurrente a un tiempo mejor y anterior. Trump desafió a la historicidad estadounidense convencional al convertirse en el primer presidente de los tiempos modernos en rechazar abiertamente la noción de que los Estados Unidos ocupa un lugar excepcional en la vanguardia de la historia. De este modo, Trump definió su país como un país atrasado cuya tarea es volver a un pasado en el cual los valores estadounidenses aún no estaban contaminados y donde la sociedad estadounidense permanecía intacta. Emmanuel Macron tenía en cuenta estos argumentos cuando presionó por alcanzar una soberanía supranacional. Christopher Clark afirma que no hay nada nuevo en tales manipulaciones cronopolíticas, ya que el poder político se ejerce de manera altamente cultural y históricamente contingente, lo que significa que la forma en que ocurren estas distorsiones varía de acuerdo con la constitución del régimen en cuestión.

Christopher Clark se centró en la relación entre el poder y la temporalidad respecto a una pequeña región de Europa, el Estado que una vez se conoció como Brandeburgo hasta que fue absorbido gradualmente por el Reich alemán. En los últimos años, Clark ha estado trabajando en un libro que trata de evaluar cómo la temporalidad y la política podrían haber cambiado con el tiempo, analizando cuatro momentos en la historia de esta entidad territorial. Primero analizó el tiempo del Gran Elector, Federico Guillermo, centrándose en las décadas posteriores a la Guerra de los Treinta Años, cuando el político se vio atrapado en una lucha por el poder con sus élites nobles provinciales. Luego examinó el reinado de Federico II el Grande, el tercer capítulo lo dedicó a Otto von Bismarck y, finalmente, en el cuarto capítulo exploró la cronopolítica del nazismo. Asimismo, Clark afirma que si reflexionamos sobre estos momentos en secuencia, sería posible discernir una especie de “historia del tiempo”, una historia sobre cómo la estructura y la textura del tiempo se intuyeron y percibieron en distintas épocas. 

Cristopher Clark en la conferencia la conferencia “Los tiempos del poder” en el Palau Macaya (Fotografía: Cristina de Caralt)

El primer caso es el de Federico Guillermo. Este político dirigió su curso y trazó su propia historia al reconocer primero y luego elegir entre múltiples futuros. Sus técnicas de gobernanza estaban impregnadas por la sensación de que el presente era un umbral precario entre un pasado desfigurado por la violencia catastrófica y un futuro incierto. Uno de sus objetivos centrales era liberar el Estado de sus enredos con la tradición para elegir libremente entre una pluralidad de opciones, cada una de las cuales indicaba un futuro posible. En cuanto al mundo de Federico II, rondaba en “estasis” filosófica. En lugar de la historicidad dinámica y progresista de la administración del Gran Elector, Federico II se situó dentro de un equilibrio a través de una especie de fin de la historia. Por otro lado, la tarea de Otto von Bismarck consistía en intervenir en el agitado movimiento de la política del día a día. Cuando Bismarck quería comunicar una sensación de la inmensidad inigualable de la historia, siempre buscaba la imagen del estadista visto como un timonel en la corriente del tiempo. De este modo, eran posibles los cambios de rumbo, pero cambiar la dirección general del viaje estaba más allá de su poder. Al adoptar este punto de vista, Bismarck se alineó con la conciencia dominante de los europeos instruidos y seculares del siglo XIX, para quienes la historia era un proceso incesante de transformación integral. Sin embargo, el régimen temporal del nacionalsocialismo era bastante diferente. El nazismo rompió radicalmente con la temporalidad lineal, disruptiva y burguesa del siglo XIX afirmando anclarse en la identidad entre un pasado lejano y un futuro remoto. El resultado fue un régimen de historicidad sin precedentes en la historia prusiana o alemana.

Pero, ¿cómo se evalúa la historicidad de un régimen específico? ¿De dónde proviene? Clark afirma que desde luego no se evalúa preguntando a los protagonistas cómo perciben la historia, sino que si uno pretende responder a estas preguntas se debe operar con inferencia. Por ejemplo, Federico Guillermo nunca se planteó directamente la pregunta de cómo veían el presente en relación al pasado. Es cuando está buscando argumentos en contra de las afirmaciones de las asambleas provinciales nobles conservadoras, o cuando defiende su fe calvinista cuando es posible discernir los contornos de su historicidad. Esto se evidencia cuando el Gran Elector discutió con sus élites provinciales sobre la necesidad de nuevos impuestos, pero los estados insistieron en la continuación de sus viejos privilegios y libertades. Las intervenciones de Federico Guillermo eran ilegítimas porque eran innovadoras; representaban una ruptura con la práctica del pasado, mientras que los privilegios y libertades eran legítimos porque eran viejos. El Gran Elector opuso a la libertad de los estados la necesidad del ejecutivo central, una necesidad que en determinadas circunstancias podría justificar la disolución o suspensión de los acuerdos tradicionales. Así pues, los defensores provinciales de las viejas libertades miraban al pasado y a sus múltiples continuidades con el presente. Las autoridades electorales, por el contrario, miraban hacia el futuro, es decir, hacia la anticipación de daños futuros. De esto se derivó el dinamismo de la historicidad de Federico Guillermo: no se trataba solo de que percibiera la necesidad de actuar de forma preventiva, sino que también reconoció que solo podría lograr esto si el Estado rompía definitivamente con la tradición.

Un modo de rastrear las variaciones de época en el sentido del tiempo y de especificar su significado para el proceso que llamamos políticaes trazar también la valentía de la decisión a través de cada era. Siguiendo con el Gran Elector, Christopher Clark expone que nos encontramos una y otra vez con momentos en los que Federico Guillermo debe decidir. Samuel Pufendorf, teórico político muy consagrado en su época y historiador en sus últimos años, despliega las posiciones de decisión con gran detalle, pero los problemas son complejos porque el comportamiento de los otros estados es impredecible y debe trabajar con probabilidades. Pufendorf explica los argumentos de los asesores de tal manera que se puede ver cómo se abre una pluralidad de futuros posibles. Estos momentos decisivos en la narrativa de Pufendorf son muy frecuentes y sitúan al tomador de decisiones dentro de un mapa de amenazas en el que su tarea es equilibrar las opciones, cada una de las cuales indicaba un posible futuro. En cuanto a Federico II, eligió una serie de decisiones monumentales, lo que significa que realizó una serie de acciones cuyas consecuencias repercutieron ampliamente en Europa. Pero para Federico II no importaba el equilibrio de opciones, sino la voluntad del príncipe: “Un príncipe que gobierna solo nunca se encontrará en dificultades cuando se deba tomar una decisión rápida porque lo conecta todo con su objetivo final” –escribió–. De manera que cuando el Gran Elector estaba atrapado en un dilema geopolítico escuchaba los consejos divergentes de sus consejeros y sopesaba cuidadosamente los posibles peligros, pero nada de esto interesaba a Federico II. De este modo, en un mundo en que los estados eran formas de vida que pasaban por un ciclo de maduración y decadencia, donde la historia quedaba atrapada en una estructura cíclica, las decisiones que producían victorias y derrotas nunca podrían adquirir el peso filosófico que tendrían en una época posterior, como la de Otto von Bismarck, quien perteneció a la primera generación de estadistas que se consideraban tomadores de decisiones.

Volviendo a Emmanuel Macron, Christopher Clark explica que lo que le sorprendió del discurso del presidente en La Sorbona fue la similitud con los argumentos del Gran Elector. Así pues, como se ha dicho anteriormente, Macron habló de Europa como lo que nos da un futuro, además de otras propuestas, pero su tema central recordó a las directrices seguidas por el Gran Elector y su administración contra los que ostentaban los privilegios provinciales. En la era de Federico Guillermo, la apelación al peligro futuro había formado parte del argumento a favor de la concentración de poder, pero según Clark lo que hizo efectivos estos argumentos hoy en día ya no resulta evidente, ya que las amenazas más serias a las que se enfrentan los estados han cambiado. Las amenazas que se presentaban en la época del Gran Elector se podían resolver entre Federico Guillermo y el gobierno, como la amenaza de un ataque sueco. Sin embargo, en el dominio del cambio climático, como argumenta Amitav Ghosh en The Great Derangement, “no existe una estructura estatal única con la competencia suficiente para abordar cuestiones de tal alcance, sino solo una gran cantidad de estados cuya búsqueda de interés individual impide el progreso hacia una solución sistémica”. La amenaza de un ataque sueco, paradójicamente, proporcionó un medio de fortalecimiento e incluso de modernización al Estado de Brandeburgo. Por el contrario, el gran trastorno provocado por las políticas contemporáneas sostiene ante las estructuras de la actualidad estatal territorial un espejo de su impotencia. Aún no está claro si Macron logrará reiniciar el motor europeo. Por el momento, la inquietud actual de la conciencia temporal continua agudizándose; los escenarios del fin de los tiempos son populares en este momento desde el fin de la izquierda y el fin de la derecha, hasta el fin de la política y el fin de los gobiernos representativos. ¿Es así como terminará todo?

Para concluir, Christopher Clark constata que las preguntas sobre la estructura temporal de la política no son y nunca fueron de interés exclusivamente académico. Reflexionar sobre cómo los portadores del poder político han temporalizado su política en una pequeña provincia del pasado puede ayudarnos a leerlos e interpretarlos con más detenimiento.

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