María Zambrano: filosofía y exilio

El gran problema de Europa es que tiende a girar la cabeza a su pasado de la misma manera que la gira ante sus problemas más inminentes. La “crisis de los refugiados”, con el respectivo exilio que este comporta por parte de un incontable número de individuos, es algo que nos debería sonar y más aquí, en España. Pero generación tras generación nos empeñamos en creer que se puede empezar de cero, olvidar aquello por lo que pasaron las generaciones anteriores, hacer un apaño creyendo haber hecho tabula rasa y ponernos las anteojeras como los caballos y sólo mirar hacia delante. Por esta razón hoy me gustaría presentar a una pensadora española que sufrió el exilio e hizo de él una profunda categoría filosófica, María Zambrano, quién tras un largo exilio debido a la derrota del bando republicano en la Guerra Civil Española, nos dejó un pensamiento que toma precisamente al exilio como punto de partida, que nos puede ayudar a darle vueltas a la cabeza para proyectar una imagen filosófica, a parte de nuestro pasado más inminente, al pasado de los silenciados y muchas veces olvidados: los exiliados.

María Zambrano (1904-2004), original de Málaga, se trasladó a Madrid junto con su familia donde inició sus estudios de Filosofía como alumna libre en 1921 en la Universidad Central de Madrid. Allí asistiría a las clases J.M. García Morente, las primeras de Zubiri y de Ortgea y Gaset, quien se convertiría más adelante en su mentor. En 1939, más concretamente el 28 de enero, sale hacia el exilio junto a su madre y hermana debido a la victoria del bando franquista y debido a su estrecha conexión con el bando republicano. Un exilio que la hará pasar por París, Nueva York, México, La Habana, Puerto Rico, Roma, La Pièce (Francia) y Ginebra y del cual no regresará hasta el 20 de noviembre de 1984 tras casi medio siglo de exiliada.

Para presentar el pensamiento zambrariano, así como la importancia central que tiene el exilio en él, me gustaría empezar tratando la dimensión esencial que éste juega en la vida humana, la categoría existencial que toma en María Zambrano y que logra expresar de una forma sumamente lúcida, para posteriormente, centrarme en la perspectiva epistemológica de esta metafísica del exilio.

María Zambrano. Foto de la Fundación María Zambrano

I. El exilio como dimensión esencial de la vida humana

Para entender el significado del exilio es preciso que primero entendamos la situación en la que se encuentra el exiliado. Zambrano lo define como aquel que se ha salido del río de la muchedumbre y que por lo tanto no va a dar en el mar donde se le prometía la unidad presentida. Es decir, no tiene un “estar”, un lugar propio y se encuentra ante la imposibilidad de hallar un espacio en donde arraigar su existencia (Zambrano, 2017: 23). Haciendo referencia a la figura de Antígona, al igual que ella, moribunda en su cueva en la que es encerrada tras ser condenada y en la que a partir de ese momento sólo puede ser, medio muerta, medio viva, el exiliado nace y vive muriendo al mismo tiempo, vive sin poder apenas actuar (Llevador, 2015: 47). Por alguna extraña razón, el exiliado es aquel a quien la muerte no ha conseguido llevarse por delante y que, tras escabullirse de la tragedia desemboca en otra: la de deambular sin saber muy bien hacia dónde dirigirse. A diferencia del emigrante, quién pretende establecerse en otro sitio, encontrar un nuevo hogar, o el desterrado a quién el hogar le es prohibido, aunque no arrebatado, la categoría de exiliado se constata por la ausencia total de patria y donde lo real aparecerá ahora como aquel lugar perdido que se añora y anhela volver a conquistar.

Vemos por lo tanto que la característica principal que describe al sujeto exiliado es la del aislamiento y, si Zambrano pone especial atención en descubrir y describir a este sujeto, es porque para ella no hay otra figura como la del exiliado que sea capaz de simbolizar el sujeto europeo en crisis que, tras la pérdida de todo fundamento y desarraigo último de lo que tenía por real – recordemos que en ese momento Europa empezaba y sería asediada por el auge de los totalitarismos – es evocado al nihilismo. De esta forma, Zambrano en sus dos primeras obras Horizontes del liberalismo y Los intelectuales en el drama de España adopta esta perspectiva más política en la que pretende poner en evidencia la paradoja moral que propone el liberalismo político. Según ella, esta paradoja moral se origina porque partiendo de una moral autónoma y universalista del hombre, tal y como propone el liberalismo inspirado en el principio de autonomía Kantiano, se convierte, en cambio, en una ética minoritaria, racional y aristocrática que deja desasistida a la mayoría de los hombres en su tarea de orientar la existencia.

II. Una metafísica del exilio: la perspectiva epistemológica

Alejándonos ahora de esta visión más individualista del exilio, pero sin abandonar nunca la idea de la nostalgia por un hogar que ha sido arrebatado y el desarraigo de lo que se tenía por real, nos centraremos en hablar de cómo el pensamiento y la tradición filosófica pueden ser explicados partiendo de estas ideas.

Según Zambrano, la razón discursiva de la tradición filosófica se caracteriza por adoptar una actitud violenta e impositiva hacia la realidad al querer subsumirla en el espacio del pensamiento y, por lo tanto, imponiendo unos límites a lo real a partir de los esquemas racionales del sujeto. De esta manera, vemos como ya des de un primer momento el sujeto, motivado por esta lógica racional, se exilia de lo real encerrándose en su propio sistema de razones. La filosofía, por lo tanto, es producto de este acto violento de separación entre la inmediatez de lo real que inhibe la perplejidad primera del hombre ante lo que tiene en el entorno. En definitiva, el nacimiento de la filosofía se puede interpretar como una ruptura entre el sujeto y la unidad de lo real (Zambrano, 2017: 44).

Como vemos, Zambrano adopta una posición en la que el pensar supone ya de por sí una inhibición y desnaturalización de lo real y, en la que el propio acto de filosofar ya implica de por sí una desrealización de la realidad, que conlleva de por sí una desrealización del hombre en su acto de arraigarse al mundo, de volver a casa. Ante este logos que nos arrebata la realidad y nos exilia del mundo, el individuo moderno, quién desesperadamente quiere ser, quiere poder realizarse como tal, se sirve del pensamiento sistemático, creando un mundo ficticio a base de arquetipos que se consideran más reales que el mundo en sí, que, en definitiva, no dejan de ser el envoltorio externo del pathos existencia, de un sentir vital: la angustia.

“La Metafísica europea es hija de la desconfianza, del recelo y en lugar de mirar hacia las cosas, en torno de preguntar por el ser de las cosas, se vuelve sobre sí en un movimiento distanciador que es la duda” (María Zambrano, Filosofía y Poesía: 87)

María Zambrano con Ortega y Gasset. Foto de la Fundación María Zambrano

 

BILIOGRAFÍA

-ZAMBRANO, M: “Claros del bosque”. Catedra, 2017.

-ZAMBRANO, M: “Filosofía y Poesía”. Fondo de Cultura Económica, 1933

-LLEVADOR, L: “La dificultad de volver: exilio y filosofía en María Zambrano”. Aurora n.º 16, 2015; pp. 42-50.

 

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