Nancy Fraser, el neoliberalismo progresista y la (contra)hegemonía

Hace un par o tres de años, Nancy Fraser, una de las más reputadas teóricas y filósofas feministas de las últimas décadas, escribió un artículo que generó bastante revuelo en los círculos políticos occidentales. En dicho artículo, Fraser desarrollaba el concepto de neoliberalismo progresista, el cual, según ella, había sido clave para entender el desarrollo político de Estados Unidos y Europa a partir de la década de los años noventa.

Según ella, el neoliberalismo progresista consistía en una unión tácita entre ciertas élites económicas y ciertos movimientos sociales en las que se definía un panorama político con dos vertientes muy marcadas: por un lado, la vertiente económica en la que se gestaba un mercado que seguía a rajatabla los preceptos establecidos por el neoliberalismo más ortodoxo (financiarización de la economía, desregulaciones de mercados, privatizaciones de servicios públicos, etc.) y por el otro, una vertiente “cultural” en la que se realzaban conceptos progresistas en materia de identidad política y social, cómo el respeto a la diversidad LGTBI, al feminismo de corte más liberal o una atención a la diversidad en todos los ámbitos.

El punto clave de esta confluencia residía en el hecho que las élites económicas no tenían ningún problema en permitir este desarrollo de políticas de identidad ya que no afectaban al normal desarrollo de sus actividades económicas, punto de su máximo interés, y a su vez los movimientos sociales no tenían especial interés en meterse en temas económicos. El artículo generó revuelo porqué consideraba que había sido esta mezcla de, a priori, extraños compañeros de cama lo que había permitido el ascenso de Trump y otros movimientos reaccionarios al poder ya que la izquierda más mainstream, simbolizada en el Partido Demócrata norteamericano no había sido capaz de salir de este entramado vicioso del neoliberalismo progresista.

La razón de este artículo, el que está escribiendo un servidor, no es comentar el artículo original de Fraser sino aprovechar una reciente edición de Siglo XXI en la que reeditan el artículo original, con algunos elementos nuevos y muy interesantes, y una pequeña entrevista a la autora por parte Bhaskar Sunkara, directora de Jacobin.

Uno de estos elementos nuevos que Fraser añade al artículo original es un análisis de corte gramsciano del ascenso, en su momento, del neoliberalismo progresista cómo, tiempo después, de Trump a la Casa Blanca. Siguiendo a Gramsci, Fraser explica el concepto de hegemonía – “proceso por el cual una clase dominante hace que su dominación parezca natural, al instalar las premisas de su cosmovisión como el sentido común de la sociedad en su conjunto” – y el concepto de bloque hegemónico – “una coalición de fuerzas sociales dispares reunidas por la clase dominante, por medio de las cuales afirma su liderazgo”.

A esta descripción de conceptos gramscianos, Fraser añade, y entremezcla, un par de elementos sobre los que ha escrito abundantemente a lo largo de su vida: los ejes de distribución y reconocimiento. Según Fraser, el eje distributivo refleja cómo la sociedad considera qué deben repartirse los recursos disponibles entre la población, y el eje de reconocimiento expresa “cómo la sociedad debería atribuir el respeto y la estima, que son las marcas morales de la pertenencia y la integración”. Tal y cómo indica Fraser, estos dos ejes son los elementos claves sobre los cuáles se construyen las hegemonías, sean del tipo que sean; por tanto, y esto es un gran añadido respecto al análisis que muestra en el artículo original, se puede decir que “Trump y el trumpismo fueron posibles debido a la ruptura de un bloque hegemónico anterior, así cómo al desacredito de su nexo normativo distintivo entre distribución y reconocimiento”. Este añadido gramsciano a su análisis lo dota de un enorme recorrido explicativo, que nos será muy útil acorde vayamos siguiendo el razonamiento que hace Fraser.

Esta capacidad explicativa adicional ya la encontramos si miramos la pervivencia de este “neoliberalismo progresista” como un proceso de construcción hegemónica gramsciana. La parte progresista del encaje se impuso a otras perspectivas en el eje de reconocimiento cómo la que venía representada, principalmente, en el Partido Republicano quien, según Fraser, “combinaba una política neoliberal similar de distribución con una política de reconocimiento diferente, reaccionaria”, combinación que permitía la coexistencia en un mismo espacio político de grupos a priori políticamente antagónicos cómo la white trash, cristianos evangélicos, el Tea Party o los hermanos Koch y su pléyade. De hecho, esta composición variopinta nos puede indicar que el Partido Republicano disponía de un proyecto político con potencialidad para ser hegemónico pero que no tuvo éxito.

Llegados a este punto encontramos un punto que merece mucho la pena resaltar ya que explica, según la autora, el ascenso de Trump: “el universo político que Trump cambió de manera drástica era sumamente restrictivo. Se había construido en torno a la oposición entre dos versiones del neoliberalismo, cuya única diferencia mayor radicaba en el eje del reconocimiento. (…) era posible escoger entre el multiculturalismo y el nacionalismo étnico”. Es decir, una parte considerable de los ciudadanos norteamericanos, aquellos más perjudicados por el eje de distribución neoliberal, se vieron privados de un elemento político que les identificase y representase. Existía, en palabras de Fraser, una brecha política en el escenario estadounidense, una zona vacía y que se encontraba en disputa. Una situación, cómo bien indicaba Gramsci, en dónde lo viejo no acaba de morir, lo nuevo no acaba de nacer y surgen los monstruos.

Dando un salto temporal hacia adelante, acercándonos hasta la campaña por las elecciones del 2016, nos encontramos con aquellos dos que pueden reclamar esta zona vacía, los que son capaces de establecer un nuevo planteamiento hegemónico, cada uno con sus diferencias: Sanders y Trump. Según Fraser, Sanders presentaba un programa de “populismo progresista” – inclusivo en e eje de reconocimiento y a favor de las familias trabajadoras en el eje distributivo. En contraposición a esto, se encontraba el “populismo reaccionario” de Trump, política hiperreaccionaria de reconocimiento y una política populista de distribución. Aquí encontramos un elemento controvertido en discurso de Fraser: no define qué entiende cómo “política populista” en el eje distributivo, especialmente teniendo en cuenta cuanto se ha escrito sobre populismo en estos últimos años, y queda cojo en este aspecto, especialmente para elementos más propositivos de su artículo.

El resultado de las elecciones de 2016 es de sobra conocido; el apparátchik demócrata impide la nominación de Sanders como candidato y Trump vence en los comicios. Un punto muy interesante es que, tal y como dice Fraser, hay numerosas diferencias entre el Trump candidato y el Trump presidente. Mientras que el candidato era un representante de un populismo reaccionario pasó a un neoliberalismo hiperreaccionario. Fraser aquí está lúcida, a pesar de que discrepamos de sus consecuencias, cuando apunta que “el neoliberalismo hiperreaccionario de Trump no constituye un nuevo bloque hegemónico. Al contrario: es caótico, inestable y frágil. Esto se debe en parte a la personal piscología personal de su portaestandarte y en parte a su codependencia disfuncional con la dirigencia del Partido Republicano, que ha intentado sin éxito reafirmar su control y ahora espera el momento oportuno mientras busca una estrategia de salida.”

Desde nuestro punto de vista, hay dos elementos que destacan en este párrafo de Fraser. Primero, nos parece muy destacable la noción que el neoliberalismo hiperreacionario de Trump no dispone de las características necesarias para ser hegemónico ya que nos permite pensar si este mismo hecho es extensible a los varios movimientos (hiper)reaccionarios que se encuentran en auge alrededor del globo. Para plantear alternativas políticas a los mismos, y no ahogarnos en vasos de aguas inútiles provocados por discusiones reactivas a sus movimientos, se debe analizar si disponen de las características y apoyos para ser hegemónicos o no y actuar en consecuencia.

Segundo, y moviéndonos de plano, creemos equivocada esta noción de que el Partido Republicano da por perdido a Trump y fuera de su control cuando, justamente, nos parece que es al revés. Tal y cómo apuntaba Dani Rodrik en Twitter hace unos días, el partido republicano ha conseguido que Trump siga sus políticas en el eje de distribución – pura ortodoxia neoliberal – mientras que se le permite un cierto histrionismo en materia de política comercial y en el eje de reconocimiento. De hecho, se ha visto durante el inicio del proceso de impeachement a Trump cómo el GOP ha cerrado filas en el Senado, bloqueando cualquier intento de progreso de dicha moción.

Para ir concluyendo el artículo, y recuperando esta idea de la incapacidad de Trump de establecer un movimiento hegemónico partiendo de sus posiciones neoliberales y reaccionarias, nos gustaría comentar la propuesta que Fraser hace para superar esto y establecer un escenario político de corte transformador y progresista, y contrahegemónico al marco actual. Para obtener este marco contrahegemónico Fraser entiende que: “los partidarios obreros de Trump y Sanders tendrían que pensarse cómo aliados: víctimas en una misma situación de la misma economía amañada”. Para hacer esto, propone establecer una política de redistribución que incluya a esa white trash desposeída, rompiendo el marco en el que creen que las élites neoliberales inducen a pensar en el que se puede conseguir las condiciones materiales para asegurar una subsistencia, y una política de reconocimiento que rompa con las tendencias que las llevaron a ser el tonto útil del neoliberalismo progresista. Nuestra opinión al respecto es que es mucho más fácil decirlo que hacerlo, especialmente en unos ejes tan disputados cómo los que plantea. Lo encontramos una propuesta muy vaga – habitual en este tipo de escritos – después de un análisis tan interesante cómo el que realiza en las páginas anteriores y que hemos ido comentando a lo largo de este artículo.

Para intentar aportar elementos al debate y proponer elementos constructivos, creemos interesante añadir un elemento a la discusión que se ha dejado de lado: el estado nación (o en una concepción más amplía), la soberanía nacional. Recuperando a Rodrik, creemos muy relevante analizar su famoso trilema de la globalización. Dicho trilema establece que ante estos tres elementos (soberanía nacional, globalización ecómica y políticas democráticas) un estado sólo puede escoger dos de ellos. En nuestro caso, dicho trilema no queremos que tenga una función analítica sino conceptual; dar a entender que se debe tener propuestas políticas que incluyan el uso de la soberanía nacional cómo elemento para complementar propuestas en los otros dos ejes y que permitan dar una mayor viabilidad a los mismos.

En todo caso, y ya cómo final, ensayo necesario y lúcido de Fraser, especialmente con las adiciones más recientes en clave gramsciana, que merece ser leído y discutido en profundidad para dotar de mayor capacidad política a todos aquellos movimientos transformadores que se enfronten a la reacción venga de dónde venga.

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