¿Para qué pedís trabajo si lo que queréis es dinero? Reflexiones sobre el trabajo asalariado

¿Qué necesidad tenemos como sociedad de aceptar el trabajo asalariado como uno de los puntales básicos en nuestra estructura social? ¿Por qué estamos tan concienciados ante cierto tipo de abusos y relaciones injustas como las relacionadas con el medio ambiente, los animales o las guerras y aceptamos de manera natural la mera existencia del trabajo asalariado? El trabajo asalariado es un hecho que domina completamente nuestras vidas; nos subyace, de manera casi religiosa, en la totalidad de nuestra existencia, obligándonos a que todas nuestras actividades, de manera directa o indirecta, giren alrededor de nuestro trabajo. Nos domina marcándonos horarios, determinando en gran parte nuestro estatus en la sociedad y convirtiéndose en la única manera de conseguir los ingresos necesarios para hacer algo tan trivial como vivir.

John Stuart Mill escribió que los siervos no se quejaron del poder de sus señores; solo de su tiranía; así que en este artículo intentaremos reflexionar, de manera breve, sobre este poder y de cómo nos domina. Discurriremos a través de dos elementos: primero, el análisis que Kathi Weeks, en su libro The Problem with Work, realiza sobre la ética del trabajo desde Max Weber hasta nuestros días y después nos apoyaremos en enfoques biopolíticos para analizar la generación de este poder.

Entendemos por ética del trabajo la concepción según la cual el trabajo tiene un valor ético; que trabajar duro y de manera constante es un hecho positivo y que debe ser incentivado en nuestra sociedad. Según Weeks, esta ética es una constante en la sociedad desde los inicios del capitalismo, aunque no siempre tiene la misma motivación o intención según el periodo histórico que analicemos, pudiéndose establecer tres períodos diferenciados: en una primera etapa, se encuentra una ética del trabajo de cariz religioso; concretamente, una ética de corte protestante que Max Weber analizó en su famosa obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, obra de la que hablaremos más adelante. En una segunda etapa, que puede ser encuadrada en el auge del modelo fordista de producción capitalista, esta ética del trabajo ya pierde su esencia protestante y la motivación detrás de la misma ya es un elemento mucho más material; es la posibilidad de movilidad social la que permite la existencia de un corpus ético que incentive el trabajo duro y disciplinado. Finalmente, en una etapa contemporánea donde el modo de producción ya se considera post-fordista, Weeks considera que el trabajo es visto como el camino a la auto-realización y a la auto-satisfacción, con que la justificación de la ética del trabajo adquiere un corte mucho más individualista que en períodos anteriores.

De esta exposición de la evolución histórica de la ética del trabajo profundizaremos en dos de las fases expuestas por considerarlas más relevantes para el objetivo del artículo: la ética protestante y la ética post-fordista.

Centrarnos en la ética protestante nos parece relevante por un motivo muy claro. Es la primera vez en la historia en que hay una doctrina que defiende el trabajo sin ningún fin en concreto, hay una valorización del trabajo que no va ligada al producto que se consigue con dicho trabajo. Esta valorización no es explicita; tal y como apunta Weber, el protestantismo creía que sólo unos pocos elegidos podrían ir al reino de Dios cuando muriesen y que una actitud trabajadora y constante era una simbolización de que esa persona era más probable que pudiese disfrutar de ese gozo más allá de la vida. Por tanto, el trabajo adquiere más significado como un acto de significación que como un acto de producción, lo que a su vez permite al capitalismo dar un importante paso adelante. En otras palabras, la ética protestante es muy adecuada para un sistema económico basado en el trabajo abstraído de la especificidad de la persona trabajadora y de la tarea particular que realiza; ayuda a hacer que las cualidades del trabajo y la satisfacción de las necesidades concretas sean irrelevantes para la lógica de una producción ahora ilimitada.

Respecto a la ética post-fordista también encontramos varios aspectos que merecen ser destacados. Primero, el desarrollo del capitalismo post-fordista ha provocado importantes cambios a nivel político y económico que han afectado a la concepción que se tiene actualmente del concepto de ética del trabajo. Algunos de estos cambios, argumenta Weeks, generan una concepción bastante similar a la ética protestante: el incremento en la movilidad del capital que se ha observado durante las últimas décadas, ligado a las imposiciones que se han ido imponiendo a la movilidad del trabajo, han generado un clima profundamente competitivo dónde el trabajo es un elemento profundamente volátil y que no está asegurado, lo que genera una indefensión en los y las trabajadoras. Es decir, la amenaza de una deslocalización provoca una incertidumbre y ansiedad en los trabajadores que es similar a la incertidumbre que los protestantes tenían respecto a su elección como aquellos que podrían disfrutar del reino de los cielos.

Por otro lado, estos mismos cambios económicos y políticos han generado una distanciamiento de la concepción ética post-fordista respecto a periodos anteriores. Este distanciamiento se cristaliza en la actitud que los trabajadores tienen respecto al trabajo. La producción post-fordista requiere de unos trabajadores que aporten más que simple esfuerzo material, requiere de un apego casi emocional al trabajo en el que se desarrollen capacidades creativas, relacionales y afectivas. Tal y como apunta Bunting: “It is not obedience that is prized, but commitment; employees are more often expected to adopt the perspectives of managers rather than simply yield to their authority”.

No queremos dar entender que la creatividad o unas capacidades afectivas desarrolladas sean malas per se, el elemento que creemos perjudicial es que estas capacidades esten imbricadas en las lógicas marcadas por el trabajo asalariado, que sean necesarias para la subsistencia económica de la sociedad. Originalmente la ética protestante fue el medio mediante el cual trabajadores ya disciplinados acudían a ser explotados; actualmente la ética post-fordista tiene una clara función productiva: cuando las actitudes son un elemento productivo en si mismas, una marcada ética de trabajo garantiza el nivel necesario de adhesión voluntaria al trabajo. En el marco post-fordista, la actitud y estado emocional de los individuos, juntamente con la empatía y la capacidad de socialización, son considerados cruciales. Nos encontramos en un punto, como dijo Doug Henwood, en que se espera que los trabajadores sean los arquitectos de su propia explotación.

El hecho que la ética post-fordista recaiga profundamente en elementos emocionales y biológicos del trabajador creemos que es un elemento relevante ya que nos permite unir este hecho con las concepciones de poder y su relación con el trabajo que emergen desde el estudio de la biopolítica y el biopoder.

Michel Foucault, en su obra Society Must Be Defended, plantea la existencia de dos tipos de poder separados históricamente entre si. Foucault considera que hasta la primera mitad del sigo dieciocho el poder era ejercido bajo una forma “anato-política”, donde el poder disciplinaba a las personas atomizándolas como individuos y separándolas de la concepción de masa para así poder controlaras, entrenarlas y castigarlas. Es decir, el poder buscaba la disgregación para así controlar individualmente a las personas. Mientras que la nueva concepción de poder que surge a partir de la segunda mitad del siglo dieciocho, y que él llama biopoder, se concentra en entender el cuerpo humano como un elemento vivo y no cómo un mero objeto. Por tanto, como apunta Daniel Judt, el poder ya no se relaciona con sujetos legales sobre los cuales se ejerce coacción con la muerte como última autoridad, sino que se relaciona con seres vivos y su utilidad respecto al bienestar económico de la sociedad en su conjunto.

Este cambio de paradigma en el poder y sus hábitos disciplinarios está íntimamente ligado a cambios en la percepción del castigo y la muerte y, a su vez, a la consagración de la vida a través del trabajo que se da actualmente.

Antes del biopoder, la muerte era un elemento público que era ritualizado tanto a nivel privado como público, como por ejemplo las ejecuciones públicas en las plazas. A partir de la emergencia del biopoder, la muerte es un elemento que pasa a esconderse a ojos públicos y pierde gran parte de su capacidad de ser un elemento disciplinar. La autoridad que emerge del biopoder esta mucho más relacionada con procesos que implican entender al ser humano como un elemento vital, como, por ejemplo, el trabajo. La aparición de todas las políticas que buscaban el bienestar de la población tenían, de fondo, un fuerte componente de autoridad y de control de la población ya que, aunque realmente proporcionaban bienestar, también eran mecanismos de preparación de la población para ser explotadas en el sitio de trabajo. Es decir, Foucault considera que  la aparición de estructuras de seguridad social o de normas de higiene fueron implementadas para asegurar que la población llegase a edades óptimas para poder seguir trabajando; las pensiones y los planes de ahorro permitieron conseguir una fuerza de trabajo mucho más flexible y con mayor capacidad de adaptación que anteriormente; los préstamos a estudiantes permitieron a la población conseguir las capacidades necesarias para trabajar en tareas que requerían de mayores cualificaciones técnicas y las bajas de maternidad y las guarderías tenían un claro foco en la incentivación de aumento de la natalidad para permitir una mayor disponibilidad de trabajadores.

Pero, a pesar de todo lo anterior, creemos que el elemento más interesante que se puede extraer de los enfoques biopolíticos es el hecho que el biopoder establece el trabajo asalariado como algo natural; el biopoder hace del trabajo asalariado un valor incuestionable que promueve un estilo de vida completamente dominado por el trabajo. Como escribia Foucault: “Man is not a worker; he is made into one. Work is absolutely not man’s concrete essence or man’s existence in its concrete form

Para terminar, una breve reflexión: hemos visto que el trabajo asalariado es un elemento que se ha impuesto en nuestra sociedad con un claro objetivo autoritario y de control. Y cómo el que escribe estas líneas cree que toda autoridad debe ser justificada, a modo de conclusión, repetimos la pregunta que abre este texto: ¿por qué pedís trabajo si lo que queréis es dinero?

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