“Pobrecita, la han marcado de por vida”

La revictimización de la mujer y el estereotipo de víctima

La revictimización de las mujeres que han pasado por uno o varios episodios de violencia machista es un fenómeno que impide la visibilización de estos hechos. Desdibujar el relato, santificando a la víctima y arrebatándola de agencia propia, crea un discurso público fundamentado en que estas mujeres nunca podrán tener una vida “normal”, entendiendo esta normalidad como aquello a lo que la conciencia colectiva aspira. Además las encajona en el estereotipo de mujer débil, dañada y vulnerable.

Es curioso que a partir de movimientos como el #MeToo y con campañas impulsadas por distintos colectivos feministas, se hayan puesto sobre la mesa una cantidad ingente, pero tampoco sorprendente, de denuncias por acoso sexual, agresiones y maltrato físico o psicológico y que después de todo esto no haya habido una respuesta al cómo abordar tal situación.  Sí, se han impulsado centenares de protocolos de género, sí, se ha hecho un llamamiento a seguir por las vías judiciales, pero ¿qué hacemos con la vía social y pública? ¿Qué respuesta se da en los distintos ámbitos de la vida de una mujer que habla de su experiencia? En un extremo encontramos infames programas televisivos que dan voz a los acusados de actos aberrantes, legitimando la defensa falaz de sus actuaciones sin ningún tipo de contextualización, más allá del “morbo por la audiencia”. Unas actuaciones terribles con serias consecuencias penales, políticas y personales, son tratadas en este tipo de programas como cualquier tipo de tema que pueda analizarse en un burdo debate. En el otro extremo del tratamiento de estos hechos, encontramos pseudocampañas revictimizantes que lo único que hacen es tirar por la borda cualquier ápice de esperanza que quede para la superviviente. Se acaban amparando en el: ay pobrecita, la han marcado de por vida.No sé vosotros, pero yo me niego a aceptar que no exista otra solución que no pase por la total indiferencia reaccionaria impregnada de misoginia o por la estereotipación.

Nadie tiene un manual para saber cómo reaccionar de la mejor manera posible cuando una compañera te cuenta una experiencia así: qué habría que decirle, qué no y por qué motivos. Precisamente en el por qué es en lo que procedo a centrarme. Si entendemos la complejidad de los hechos podremos ofrecer una respuesta que, en lugar de situarse en lo medianamente pedagógico, en el que todo el mundo se sienta a gusto y no ofendido, exponga las razones por la que una respuesta del tipo pobrecita lleva a revictimizar a una víctima. En consecuencia, podremos exponer las razones por las que hay que considerar supervivientes a estas mujeres.

Con los terribles hechos del caso de la manada se produjo un hecho que, a mi parecer, ejemplifica perfectamente el doble rasero existente en nuestra sociedad. Se pagó a detectives privados para investigar aquello que estuvo haciendo la chica meses después (1). En el juicio se presentó como prueba, que más tarde fue desestimada, que la chica en cuestión había salido de fiesta y había vivido una vida normal después. No estaba en su habitación sin poder salir, no estaba aislada y su personalidad no había pasado a ser extremadamente introvertida y asocial. De este hecho quiero resaltar dos cuestiones.

Nada de lo que hiciese debería ser aceptado tampoco, simplemente no debería ser juzgado.

La primera es que ante tales acontecimientos parece que la superviviente haga lo que haga va a ser juzgada y amedrentada por ello. Nada de lo que hiciese debería ser aceptado tampoco, simplemente no debería ser juzgado. Si la mujer supera la experiencia traumática a base de terapia y redes de soporte mutuo bien, es lo que todos estábamos deseando. Pero parece ser que tampoco puede superarlo del todo, ya que salir de fiesta y continuar con una vida considerada como normal, no encaja con el prototipo de víctima que tenemos en mente.  Por lo tanto, la conclusión es: alégrate, haz tu vida, sigue trabajando y produciendo, porque del sistema capitalista tampoco puedes escapar, pero no demasiado. Como víctima no encajaría que rehicieras tu vida, salieras de fiesta, disfrutaras de la compañía de tus amigas o mantuvieras relaciones sexuales libres e iguales basadas en el deseo. Parece ser que existe una burbuja relacionada con el ocio, las relaciones personales y sexoafectivas, en la que una superviviente de violencia machista no puede entrar y menos sin antes haber pasado por unos tiempos esperados. Es cierto y evidente que después de una experiencia traumática habrá actitudes, actos y relaciones que cueste más realizar durante un tiempo, o que simplemente deberán llevarse a cabo de otra manera y bajo otro marco, pero eso no es equivalente a negarlas y juzgar a las que las llevan a cabo. La raíz del problema son las expectativas que se tiene sobre las supervivientes, cómo se juzga y determina en base a unas ideas absurdas y retrógradas lo que deben hacer y cómo pueden hacerlo.

La segunda es que todo este proceso se da mediante la romantización de la víctima. Hemos asumido que la vulnerabilidad, las emociones y la empatía nos hacen débiles si las utilizamos para hablar de aquello que nos duele, de aquellas experiencias que nos han hecho sufrir y pasarlo mal. Hemos asumido el abrirnos emocionalmente como un acto de debilidad y de inferioridad. Así es como bajo este supuesto, tanto la superviviente a la hora de contarlo se sentirá coaccionada, como la persona que recibe la información verá a la otra desde una perspectiva de inferioridad.

La cuestión que subyace bajo este hecho es entender que sí, son hechos traumáticos que cambian la vida de las mujeres, que sí trastocan gran parte de su vida y que también necesitan una red de apoyo de ayuda y de terapia para superarlo. Pero precisamente en esa superación quiero hacer hincapié. Es algo que pasa a formar parte de su vida pero no la determina para siempre.

No contenta con encontrar los motivos por los que leemos a las mujeres que pasan por tales experiencias como víctimas indefensas y no como supervivientes, me dispongo a desarrollar algunas de las ideas que permiten crear un círculo de confianza para cambiar la perspectiva con la que las miramos.

No idealizar el momento de explicarlo, por muy doloroso que sea, ayuda a deshacer esta visión que tenemos sobre los hechos. Si desde las dos partes se hace un esfuerzo por ver ese acto como una cuestión de confianza, pero que no supone un antes y un después en la relación, hace que tanto ella no se sienta abierta en canal a nivel emocional y que la otra persona no se autoimponga la visión paternalista y de cuidador o cuidadora de quien es débil. En el momento en el que no asumimos como condicionante la realidad vivida por esa mujer, entendemos que no es entera y determinante para ella, de esta manera damos un paso hacia la asimilación de los hechos de una manera mucho más sana.

Mitificar lo que es una violación encajonándola solo en un acto a manos de un o unos desconocidos a través de una determinada violencia física única, hace que el resto de las violaciones, porque lo son, se olviden, o no parezcan como tal.

Conviene eliminar las ideas preconcebidas de cómo debe comportarse una víctima o sobre qué consideramos una agresión. Pasa mucho en el caso de las violaciones que una visión falocentrista niega otras realidades de violencia, es decir, podemos llegar a pensar que una violación solo ocurre si existe una penetración. Este hecho suele ir acompañado en el imaginario colectivo de una violencia física extremadamente explícita y brutal. De este modo, olvidamos la existencia de la coacción, la intimidación y el chantaje emocional, que también son formas de violencia, y tienen consecuencias en la salud mental y en el resto de las esferas de quien las recibe. Mitificar lo que es una violación encajonándola solo en un acto a manos de un o unos desconocidos a través de una determinada violencia física única, hace que el resto de las violaciones, porque lo son, se olviden, o no parezcan como tal. Siendo así lo relevante es entender que no existe un prototipo único, sino distintas formas de materializar la violencia y ejercer poder. No son pocos los informes que apuntan a muchas de las violaciones ocurren en el seno de la pareja (2), la violencia en este caso está tan interiorizada que la asumimos como sutil o inexistente. Asumir que tu pareja, sea el tipo de relación sexoafectiva que sea, no podrá dañarte nunca, hace aún más difícil poder identificar después ese tipo de violencia. Ocurre que mujeres que pasan por procesos de disociación, disminución de la libido o ataques de ansiedad debido a una experiencia de agresión pasada, no logran identificarla como tal hasta tiempo después. Tampoco debemos olvidarnos de que la violencia psicológica existe, el chantaje, la burla y la ridiculización son ejemplos de su materialización. Este tipo de actuaciones y dinámicas también son abusos y pertenecen al círculo vicioso de la violencia machista.

Un último concepto que me gustaría destacar es el de eliminar la imagen clásica que tenemos de maltratador. Sí, existen patrones de conducta y señales que pueden hacernos sospechar, pero no debemos caer en la idea de que todos son iguales. Precisamente por la existencia del patriarcado y de cómo este impregna todos los recovecos de la cultura, la materialización de los abusos se dará de manera distinta. Negar la existencia de un prototipo de hombre que ejerce violencia y de un prototipo de víctima permite dos cuestiones esenciales. La primera, acercar las distintas realidades de las mujeres, es decir, no hay grados universitarios ni profesiones que nos libren de ser agredidas, por lo tanto todas somos sujeto de sufrirla de un modo u otro. La segunda es que si no creamos una lista de cómo debe ser un maltratador, ver las dinámicas de violencia es mucho más sencillo. Entender que los matices son importantes pasa por saber que no es necesaria una violencia como la de las campañas publicitarias o las películas.

Si ampliamos la mirada que tenemos sobre todo esto podemos llegar a comprender mejor por qué una compañera nos ha contado en un determinado momento algo y cómo nos lo ha contado. Politizarnos nosotras para entender que la culpa no recae sobre una misma es clave, sobre todo para identificar responsabilidades. Ya que por mucho que vivíamos en un mundo machista, eso no exime a nadie de haberse sobrepasado.

La cuestión clave es escuchar, más que entender, las distintas realidades y voces de aquellas que han pasado por algo así. Ser capaces de acompañarlas sin caer en una mirada paternalista. Muchas veces no se necesitan grandes soluciones o cruzadas, simplemente un apoyo emocional, una cercanía y una paciencia, en definitiva, una buena amistad.

A modo de conclusión y para intentar dejar clara mi postura. Debemos acabar con los estigmas y con los ay pobrecita. Es clave escucharlas a ellas y tratarlas por lo que son, supervivientes, trabajadoras, compañeras, amigas, novias, amantes y un largo etcétera. Son ellas en todo su esplendor, no son un estereotipo ni algo que se pueda encajonar.

 


  1. Véase “La defensa retira el informe de los detectives privados sobre la supuesta víctima de ‘La Manada’” en La Vanguardia. Recuperado el 20 de Noviembre de 2020 en https://www.lavanguardia.com/sucesos/20171123/433100219405/juicio-violacion-sanfermines-informe-detective.html.
  2. Véase “Casi tres millones de mujeres han sufrido violencia sexual y más de cuatro millones violencia física en España” en RTVE. Recuperado el 20 de Noviembre de 2020 en https://www.rtve.es/noticias/20200910/casi-tres-millones-mujeres-han-sufrido-violencia-sexual-mas-cuatro-millones-violencia-fisica-espana/2041848.shtml; Feminicidio.net, “Agresiones sexuales múltiples en España. Informe 2016-18” en GEO Violencia Sexual. Recuperado el 20 de Noviembre de 2020 en https://geoviolenciasexual.com/agresiones-sexuales-multiples-en-espana-informe-2016-2018/; “Cada 8 horas una mujer es violada en España” en The Objective. Recuperado el 20 de Noviembre de 2020 en https://theobjective.com/cada-8-horas-una-mujer-es-violada-en-espana/.
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