Podríamos ser todas

El discurso feminista a lo largo de estos últimos años se ha ido popularizando hasta llegar a un nivel casi hegemónico. Dice discurso porque es consciente que las estructuras patriarcales siguen intactas, los pilares del sistema económico y político en el que vive no se han inmutado ante sus demandas.

El comienzo fue algo difuso, no hubo un acto concreto que la empujara a autodefinirse como feminista. Se podría decir que la discriminación sufrida durante 14 años fueron motivo suficiente para que se empezara a politizar, pero a esa frustración hay que sumarle la curiosidad por la historia, la política y la filosofía. No contentos con estas circunstancias la falta de referentes hizo que cayeran en sus manos figuras como Olympe de Gouges y Frida Khalo. Mujeres que ella veía como fuertes e independientes, que habían hecho historia, que al fin y al cabo inspiraban.

Primera parte: La reafirmación de la etiqueta

Así es como construyó, o creyó que había construido, un discurso medianamente sólido, vamos a llamarle feminismo. Se inspiró en eslóganes que parecían sacados de un departamento de márquetin de cualquier empresa. Empezó a usar palabras que acabaron perdiendo todo significado político: empoderar, sororidad, igualdad, aliado. Justificaba su posición dentro del feminismo y parecía que pedía perdón cada vez que dirigía alguna crítica a la construcción social del hombre.

Entendía la lucha política y el feminismo como una moda pasajera, como el compartir en redes un vídeo viral de Emma Watson hablando de la campaña HeforShe, como un complemento. El feminismo era llevar una pulsera lila, repetir un par de frases y no cuestionarse algo más allá del orden establecido. No cambiaba actitudes, no se trataba de una lucha.

Llegaba un punto en el que se dedicaba a tachar de machista todo lo que le parecía “popular”, todo el reggaetón es machista, las chicas que se maquillan están alienadas y todos los hombres son malos. No era un análisis profundo, no era un diagnóstico de la sociedad que le permitía entender qué supone vivir en un sistema patriarcal configurado a través de la misoginia. Desarrolló una respuesta para canalizar las frustraciones que había ido acumulando desde el inicio de su adolescencia, frustraciones y malestar más que legítimas, pero la  respuesta política que intentó dar no fue la  adecuada.

El querer sentirse diferente y especial le hizo caer en la trampa de pensar que el resto de mujeres que la rodeaban no sabían de lo que hablaba, pero ella sí, sí ella era la verdadera voz del feminismo. Ella era la única que estaba entendiendo a las teóricas del momento.

Segunda parte: La inclusión de luchas.

El desarrollo personal y el interés por la política primaban y así fue como comenzó a comprender que la lucha feminista no era única y sola. Se trataba de una lucha donde confluían distintos ejes de identidad y de redistribución. Ahora la mujer y el machismo no era lo único que le preocupaba, entendió que existen muchas maneras de ser mujer, que a cada cual le atraviesan ejes distintos y por eso el discurso contra el patriarcado no podía articularse de una sola manera, y tampoco era el patriarcado la única estructura que debía ser abolida.

El salirse de la línea en la que hasta ahora había estado cómoda le supuso repensar lo que estaba defendiendo. ¿Cómo se supone que iba a tener legitimidad su discurso si partía de infinidad de privilegios? ¿Cómo se supone que debía asumir todas las contradicciones y defenderlo todo?

Leyó y releyó, aprendió. Feminismo interseccional, transinclusivo, anticapitalista, de clase, marxista, anarquía relacional, poliamor, capacitismo. Los conceptos parecían surgir solos. Cuántas charlas, cuántas manifestaciones, cuántas referentes, cuánto que aprender. Se sentía dentro de algo que le parecía grande y amable y eran ellos los otros los que estaban contra ellas. ¿Pero estaban todas las mujeres en el mismo bando?

Ahí empezaron los problemas, no todas las mujeres daban la importancia que ella creía que deberían tener las distintas luchas, algunas expulsaban a las mujeres trans de sus espacios, otras creían que la cuestión de clase no era relevante, otras no escuchaban a las compañeras de la comunidad LGBT o decían que eso del capacitismo y el racismo no era cosa del feminismo.  Ese movimiento que parecía tan bonito, que había sido idealizado, como había sido idealizada la figura de la mujer, como si solo existiera una forma de ser mujer, empezó a romperse.  Visto con perspectiva fue lo mejor que le pudo pasar, darse cuenta  que las mujeres per se no son seres de luz, que el discurso no se construye en un día y que debía revisarse a si misma y a las que tenía en su trinchera o en su pedestal. ¿Cómo iba su discurso a transformar algo si no cuestionaba realmente nada? ¿Cómo iba a ser un discurso contra algo si solo se trataba de ponerse purpurina en la cara y salir un día con una pancarta lila?

Tercera parte: La duda

La dos últimas manifestaciones del 8 de Marzo la indujeron a pensar que quizás aquello no era “lo suyo”. El hecho de convertir una lucha social tan clara como es la que exige el fin del machismo y la erradicación del patriarcado en una fiesta la enfadaba.

Ir a una manifestación a pasearse en silencio no le parecía orgullo de nada. El hecho de seguir con las mismas dinámicas relacionales después de acudir a concentraciones para protestar contra algo rozaba el ridículo. El no tomarse en serio algo como la huelga y luego ir con las amigas de cañas era como mínimo vergonzoso y reprochable. ¿Pero quién era ella para decir nada? ¿No había caído en las mismas contradicciones hacía no más de unos años o un par de meses? Tampoco es que estuviéramos hablando de la chica más militante de toda la ciudad y eso le hacía ver carente de valor o credibilidad su crítica.

Sigue pasando el tiempo y las contradicciones aumentan. El darse cuenta de que quizás no existen tantos espacios seguros como pensaba era un agravante. Percibir como potenciales agresores a compañeros de activismo o de círculos politizados. Ver como cuando se acusa a uno de los suyos, se pone en duda el testimonio de la víctima y parece que el discurso de “hermana yo sí te creo” solo funciona cuando no es a su referente al que atacas.

Así es como ante todo pronóstico las dudas la abruman. Algo tan claro como una simple etiqueta con una gran carga política y un discurso desarrollado a lo largo de los años ahora parecía de todo menos un lugar cómodo. ¿Derechos básicos o privilegios? Tampoco quería acercarse a posturas reaccionarias, que amparándose en un supuesto marxismo ortodoxo o pureza ideológica, no hacían más que replicar la lógica misógina y machista del sistema en el que vive.

Comprende que para revertir estructuralmente un sistema son necesarios discursos que ataquen sus pilares. La infantilización de unas proclamas solo ayuda a integrar las etiquetas en el sistema sin cambiar nada, pero aun así, no están como estaban hace unos años. Al menos dentro de ciertos círculos se habían aceptado por consenso prácticas que hasta entonces eran impensables. La exigencia de unos cuidados, el no permitir bromear con violaciones, el hecho de que sea bien visto autodefinirse como feminista suponen pasos hacia delante. Pero hasta qué punto es victoria del movimiento feminista puro o de su disolución. O hasta qué punto simplemente se han conseguido cambios superficiales que no revierten el sistema y que de cara al público son inadmisibles, pero en nuestras esferas privadas los roles, la discriminación y las actitudes machistas siguen siendo las mismas.

¿Y ahora entonces qué? Pues ahora piensa seguir leyendo y reflexionando. Intentando mantener el espíritu crítico . Sabiendo que las burbujas de espacios seguros no existen, que el enemigo no es un ente abstracto, que la lucha abarca mucho más que un solo objetivo y una sola perspectiva. Y aunque el pronóstico sea pesimista y no le vea de momento demasiado futuro a nada, le reconforta poder contar con sus amigas. Ellas son con las que comparte experiencias y  con quien puede construir, o quizás intentarlo, un discurso y lo que es más importante, con quien aprende a politizar su situación y experiencia para canalizarla de manera efectiva. Es cierto que ellas no están cambiando estructuralmente nada, tampoco es que se abanderen de ello, simplemente intentan construir un pequeño espacio agradable en el que se puedan sentir cómodas.  ¿El cambio material cuándo llegará? Ahí ya no tiene respuesta, porque evidentemente no se trata de una cuestión individual sino colectiva.

Esta es parte de mi historia, la de algunas de mis amigas y quizás la tuya también. Lo único que espero es que el final no se quede tan abierto y por lo tanto podamos construir un proyecto sólido en el que no nos abrumen las dudas y las inseguridades.

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