Prometeísmo: gobernar la complejidad

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Uno de los desafíos a los que se enfrenta cualquier proyecto político emancipatorio es la invención de herramientas cognitivas y materiales para orientarnos en el contexto de hipercomplejidad – el nuestro es un mundo en vértigo[1].Algunas de las esferas más decisivas en nuestra vida individual y colectiva escapan a todo intento de control porque carecemos de instrumentos de análisis y vías de acción efectivas, de modo que transferimos esa responsabilidad a expertos y tecnócratas. Esto implica asumir que la política o la economía son ciencias en lugar de praxiologías, es decir, “elaboraciones refinadas de nuestras prácticas cognitivas rutinarias”[2]. En realidad se trataría de “saberes cotidianos, no científicos” que “pertenecen al mismo territorio epistemológico que la traducción, la cocina, la comprensión de textos, la crianza, las prácticas deportivas, la agricultura, la retórica, la gestión comercial o la interpretación musical”[3]. En Fenomenología del fin, Franco Berardi ‘Bifo’ no solo pone en entredicho la cientificidad de la economía sino que la vincula directamente a la voluntad de dominio:

La física, la química y la astronomía conceptualizan un campo específico de la realidad; en las escuelas de economía y negocios el objeto de enseñanza y aprendizaje, en cambio, es una tecnología, un conjunto de herramientas, procedimientos y protocolos pragmáticos que pretenden tergiversar la realidad social para que sirvan a fines prácticos: ganancia, crecimiento, acumulación, poder. La realidad económica no existe. Es el resultado de un proceso de modelado técnico, de sumisión y explotación.[4]

Esto no debe leerse como una invitación a abandonar la economía como espacio de confrontación sino a cuestionar sus dogmas -el crecimiento, la competencia o el producto interior bruto-, ya que tal abandono supondría conceder de antemano la derrota; sobre todo ahora que la complejidad se incrementa con la irrupción de las tecnologías digitales, que instauran la dictadura del algoritmo o de las armas de destrucción matemática, siguiendo a Cathy O’Neill, para quien (pese a su aparente sofisticación) “un algoritmo es algo tonto, básicamente un sistema de perfiles demográficos generado a partir del big data”[5]. Por ello, a pesar de la desigualdad asociada a sus sistemas de puntuación y sus métodos de decisión (como resultado de los prejuicios racistas, sexistas y clasistas que dependen, en última instancia, de los humanos que los programan), pueden ser sometidos a un control colectivo (por ejemplo, mediante la rendición de cuentas) y funcionar de acuerdo a códigos éticos democráticamente establecidos.

Sin embargo, algunos filósofos son más escépticos con nuestra capacidad de intervenir críticamente en el terreno político, económico o tecnológico. Para el propio Berardi,

el ejercicio efectivo de la política (del gobierno político) supone una posibilidad de elaboración consciente de la información compartida colectivamente por parte del organismo social. Pero la información que circula en la sociedad digitalizada es demasiada: demasiado veloz, demasiado intensa, demasiado densa y compleja para que los individuos o los grupos puedan elaborarla consciente, crítica y razonablemente, en tiempos útiles para tomar una decisión. He entonces que la decisión se deja a unos automatismos, y el organismo social cada vez más frecuentemente parece funcionar según reglas evolutivas de tipo automático inscritas en el bagaje genético-cognitivo de los individuos. El enjambre tiende a devenir la forma prevaleciente de la acción humana. Cada vez más el sistema de automatismos colectivos decide e impone a los individuos desplazamientos y direcciones[6].

Aquí debemos dirigir nuestra atención hacia Deleuze: en el último capítulo de ¿Qué es la filosofía? ofrece una definición de “caos” similar al escenario descrito por Bifo, refiriéndose a él como “variabilidades infinitas cuyas desaparición y aparición coinciden” y como “velocidades infinitas que se confunden con la inmovilidad de la nada incolora y silenciosa que recorren, sin naturaleza ni pensamiento”[7]. El caos sería entonces un ambiente demasiado complejo como para poder descifrarlo, un nivel de complejidad muy superior a la comprensión humana, lo cual se ajusta bastante al panorama político y especialmente económico en el que vivimos. Deleuze, en un tono casi de súplica, pide “un poco de orden para protegernos del caos”[8]: pero, ¿es esto posible?

Algunas propuestas como el aceleracionismo parten de la convicción de que, en efecto, “un poco de orden” es posible.

Si la complejidad está superando las capacidades de la humanidad para pensar y controlar, existen dos opciones: la primera es reducir la complejidad a una escala humana; la segunda es expandir las capacidades de la humanidad. Nosotros sostenemos la segunda postura. Cualquier proyecto poscapitalista requerirá por fuerza la creación de nuevos mapas cognitivos, narrativas políticas, interfaces tecnológicas, modelos económicos y mecanismos de control colectivo que permitan ordenar los fenómenos complejos para beneficio de la humanidad.[9]

Para ello es necesario que la izquierda supere su aversión a las matemáticas y a la elaboración formal de modelos; Srnicek y Williams coinciden en que hasta ahora el marxismo se ha centrado en la crítica de la ideología y en los estudios culturales, que sin duda son cuestiones importantes pero no ofrecen ninguna solución a los problemas a gran escala. Proponen alejarse del inmovilismo que ha caracterizado a la izquierda los últimos 30 años y disputarle la hegemonía al neoliberalismo mediante un programa elaborado a partir de una intuición ya presente en Marx: el capitalismo sienta las bases para su superación, lleva en sí el germen de su propia destrucción. En palabras de Deleuze y Guattari, “no hay formación social que no presente o prevea la forma real bajo la que corre el riesgo de que le llegue el límite y que con todas sus fuerzas conjura”.[10]

Su programa se articula en torno a cuatro demandas: (i) automatización plena de los procesos productivos, (ii) reducción de la semana laboral, (iii) provisión de una renta básica universal y (iv) menoscabo de la ética del trabajo. La intención es aprovechar los procesos de desterritorialización que desencadena el capitalismo (y que constituyen su movimiento esencial) liberándolos de la reterritorialización que los constriñe, puesto que se trata de un sistema económico que “no cesa de contrariar, de inhibir su tendencia al mismo tiempo que se precipita en ella”[11].

Lo que la velocidad capitalista desterritorializa por un lado, lo reterritorializa por el otro desde el comienzo mismo. El progreso se ve constreñido al marco de la plusvalía, de un ejército reservista de mano de obra y de un capital libremente flotante. La modernidad es reducida a medidas estadísticas de crecimiento económico y la innovación social es incrustada de restos kitsch de nuestro pasado comunal. La desregulación thatcheriana-reaganiana convive en armonía con los valores familiares y religiosos del retorno a los orígenes victorianos.[12]

Por eso el aceleracionismo se propone tomar tendencias existentes (como la automatización o la renta básica) e impulsarlas más allá de los parámetros aceptables para las relaciones sociales capitalistas. Esto requiere una estrategia, que toman del populismo de izquierdas (en la línea de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe), añadiendo a la construcción de hegemonía -articulación contingente de posiciones de sujeto y demandas políticas- el énfasis en la construcción de infraestructuras ideológicas, que en su momento permitió el triunfo del neoliberalismo (sus famosos ‘think tanks’). No se trata por tanto de una suerte de determinismo tecnológico ni de tecnoutopismo: “no existe una solución tecnocrática ni una progresión necesaria hacia el mundo postrabajo”[13].

Existen otras propuestas no explícitamente aceleracionistas pero que apuestan por “construir alternativas globales al orden capitalista que hagan posible el ideal moderno de autogobierno ciudadano, con el control social y racional del proceso económico, única posibilidad de orientar el desarrollo de la sociedad hacia metas democráticamente elegidas”[14]– es el caso de Cibercomunismo, un libro en el que Paul Cockshott y Maxi Nieto defienden la posibilidad de una economía socialista planificada que aproveche los avances tecnológicos a nuestro alcance: big data, inteligencia artificial, etc. Estas propuestas pueden calificarse de “prometeicas”[15], y sin duda superan con creces la modestia de la mayoría de agendas políticas, a las que el aceleracionismo califica de “folk”.

 

[1]Laboria Cuboniks, Xenofeminismo: Una política por la alienación (http://laboriacuboniks.net/20150903-xf_layout_web_ES.pdf)

[2]César Rendueles, En bruto. Una reivindicación del materialismo histórico(La Catarata, 2016)

[3]César Rendueles, En bruto. Una reivindicación del materialismo histórico (op.cit.)

[4]Franco Berardi, ‘Bifo’, Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva (Caja Negra, 2017)

[5]Entrevista a Cathy O’Neil en eldiario.es: https://www.eldiario.es/tecnologia/proxima-revolucion-politica-control-algoritmos_0_830117867.html

[6]Franco Berardi ‘Bifo’, Almas al trabajo. Alienación, extrañamiento, autonomía (Enclave, 2016)

[7]Gilles Deleuze y Félix Guattari, ¿Qué es la filosofía? (Anagrama, 2017)

[8]Gilles Deleuze y Félix Guattari, ¿Qué es la filosofía? (op. cit.). Y sigue: “No hay cosa que resulte más dolorosa, más angustiante, que un pensamiento que se escapa de sí mismo, que las ideas que huyen, que desaparecen apenas esbozadas, roídas ya por el olvido o precipitadas en otras ideas que tampoco dominamos”.

[9]Nick Srnicek y Alex Williams, Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo (Malpaso, 2017)

[10]Gilles Deleuze y Félix Guattari, El Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia(Paidós, 1985)

[11]Gilles Deleuze y Félix Guattari, El Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia(op.cit.)

[12]  Nick Srnicek y Alex Williams, Manifiesto por una Política Aceleracionista, en Aceleracionismo(Caja Negra, 2017)

[13]Nick Srnicek y Alex Williams, Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo (op. cit.)

[14]Paul Cockshott y Maxi Nieto, Ciber-comunismo. Planificación económica, computadoras y democracia(Trotta, 2017)

[15]Nos ceñimos aquí a la definición de “prometeísmo” que ofrece Ray Brassier: “el prometeismo es simplemente la reivindicación de que no hay razón alguna para asumir un límite predeterminado a lo que podemos alcanzar o a los modos en los que podemos transformarnos a nosotros mismos y transformar nuestro mundo” [El prometeismo y sus críticos, en Aceleracionismo (op. cit.)]

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