Realismo especulativo. La reabsolutización del pensamiento

David Altmejd, The Flux and the Puddle, 2014
David Altmejd, The Flux and the Puddle, 2014

Vivimos en una época que algunos han calificado como posmetafísica; y parece ser motivo de celebración, ya que “por fin somos conscientes de que la metafísica no es algo rígido y condicionante, pues tenemos la capacidad de tomarla conscientemente como propia, de determinar lo que vemos que ha sido, adónde nos llevará en el futuro e incluso en qué acabará convirtiéndose”.Este llamado a la libertad esconde motivaciones que van más allá de un genuino interés por la cuestión del ser: hay quienes han aprovechado el fin de la metafísica para articular un nuevo discurso político, como Richard Rorty (que pretendía fundar la objetividad en la solidaridad, concibiendo la verdad como aquello en que nos es bueno creer2) o Gianni Vattimo, para quien

el final de la metafísica va de la mano del final de la modernidad y el reconocimiento de la naturaleza interpretativa de las descripciones. En esta condición posmoderna, la política, en lugar de relacionarse con la verdad, debe estar guiada por la interacción de la minoría y la mayoría. esto es, por el consenso democrático3.

Estas propuestas, especialmente la de Vattimo, son deudoras de dos filósofos: Nietzsche y Heidegger. El primero, anunciando la “muerte de Dios”4 puso fin a toda posibilidad de fundamentación; el segundo, al retomar la pregunta que interroga por el ser, se propone una “destrucción [Destruktion] del contenido tradicional de la ontología antigua”5. A ellos les debemos el nihilismo y la hermenéutica, los dos pilares de la cultura posmoderna (marcada por la disolución de la objetividad o de la realidad misma); constituyeron la koiné o lengua común de la filosofía… hasta ahora.

No cabe duda de que la hermenéutica, que podríamos resumir como la idea de que “toda experiencia de verdad es una experiencia de interpretación”, así como la filosofía posmoderna en general, tenían un sentido emancipador que se pretendía acentuar6; pero es habitual que el pensamiento de un filósofo sea reorientado hacia resultados completamente distintos de aquellos a los que apuntaba, como ha sucedido con Deleuze, de quien se reivindica ahora su “oscuridad y negatividad revolucionarias” frente al “cánon de la felicidad que lo celebra de manera naíf como un pensador afirmativo”7. En cualquier caso, ya no puede esperarse de ellas todo lo que prometían: el fin de las dictaduras, de los gobiernos autoritarios, de la desigualdad… en definitiva, nada menos que el autodominio.

En lugar de eso, han vuelto a aflorar los fanatismos; algunos hablan incluso de Dark Enlightmentu “oscuración”. Y eso ha ocurrido porque “el final de la metafísica, al sustraerle a la razón todas sus aspiraciones al absoluto, tomó la forma de un retorno exacerbado de lo religioso”9. No existe ninguna posibilidad de deslegitimar las creencias (ni siquiera las más extravagantes); renunciando a la objetividad y limitando el alcance de la razón hemos anulado toda crítica de lo irracional. Frente esto, Quentin Meillassoux -uno de los filósofos más relevantes del nuevo milenio- se propone, en Después de la finitud, “volver a trazar lazos con un pensamiento del absoluto”10, teniendo presente que no todo absoluto es dogmático ni toda especulación es por definición metafísica. La distinción aquí es importante: mientras que la especulación pretende acceder al absoluto en general, la metafísica pretendería acceder a un ente absoluto, sosteniendo así su necesidad real, es decir, la tesis de que hay al menos un ente cuya existencia es necesaria. De ahí que Meillassoux bautizase a su propuesta como “materialismo especulativo”; fue Ray Brassier quien lo sustituyó por realismo, aunque el cambio es pertinente: la realidad existe por sí misma y no necesita de un sujeto que la piense para existir, tal como se ha creído desde que la filosofía trascendental kantiana impusiera lo que aquí llamamos correlacionismo, y que consiste en “descalificar toda pretensión de considerar las esferas de la subjetividad y de la objetividad independientemente una de la otra”11.

La crítica del correlacionismo permite resolver el problema de la ancestralidad, que es el punto de partida de su investigación: ancestral es toda aquella realidad anterior a la aparición de la especie humana, y que por tanto debe haber existido independientemente de nuestra conciencia o de nuestro lenguaje (que son, para la fenomenología y para la filosofía analítica respectivamente, los dos “medios principales de la correlación”12). De esta realidad anterior a nosotros nos llegan unos materiales – Meillassoux los denomina “archifósiles”- que las ciencias experimentales se dedican a investigar; si aceptamos que esa realidad existe por sí misma, debemos aceptar la capacidad de las ciencias para producir conocimiento veraz sobre ella. Aquí una ciencia prevalece sobre el resto: a las matemáticas se les concede un estatuto epistémico privilegiado por considerar que las propiedades que pertenecen al objeto -sus cualidades primarias- son aquellas que se pueden matematizar.

Retomemos, tras demostrar en qué sentido la propuesta de Meillassoux es realista y especulativa, la cuestión del absoluto: hemos visto que ese absoluto que buscamos no puede ser dogmático (es decir, no buscamos establecer la necesidad absoluta de un ente); tras negar la tesis de la necesidad real (“hay al menos un ente cuya existencia es necesaria”), y por consiguiente el principio de razón (“todo tiene una razón suficiente para ser así y no de otra manera”) podría parecer que se ha revelado la finitud de nuestro saber, pero en lugar de eso debemos asumir la irrazón, o ausencia última de razón, como una “propiedad ontológica absoluta”13: no es que seamos incapaces de hallar una razón para lo que es a causa de una capacidad racional limitada, sino que lo que es no tiene razón alguna para ser así. En ese sentido, el libro de Meillassoux es un ensayo sobre la necesidad de la contingencia.

Esta idea también recibe el nombre de “principio de factualidad”, y aparece así enunciado: “solo la facticidad no es factual, solo la contingencia de lo que es no esella misma contingente”14. De este modo podemos pensar un absoluto (especulación) sin afirmar la existencia de un ente que sea absoluto (metafísica). Solo puede sostenerse el principio de irrazón: “nada tiene razón de ser y de seguir siendo tal como es, todo debe sin razón poder no ser y/o poder ser otro que el que es”15(esto incluye las leyes de la naturaleza, y por tanto nos sitúa en una especie de Hiper-Caos, que sin embargo no cambia el modo en que nos relacionamos cotidianamente con el mundo).

Asumiendo que no existe una razón para lo que es y estableciendo este principio como un saber del absoluto (y no como una incapacidad del pensamiento) se construye una excelente defensa contra la superstición, que es el resultado de haber convertido el mundo en un misterio por nuestro empeño en buscar razones allí donde no las hay. De este modo conseguimos, sin regresar a la metafísica y al dogmatismo, “encontrar en el pensamiento un poco de absoluto”, que nos permita combatir el fanatismo y la irracionalidad de quienes se creyeron sus depositarios exclusivos

Referencias:

1 Santiago Zabala, “Los remanentes del ser” (Ed. Bellaterra, 2010), pág. 17

2 Richard Rorty, ¿Solidaridad u objetividad?”, en “Objetividad, relativismo y verdad” (Ed. Paidós, 1996) pág. 41

3 Gianni Vattimo y Santiago Zabala, “Comunismo hermenéutico” (Ed. Herder, 2012), pág. 127

4 Friedrich Nietzsche, “La gaya ciencia” (Ed. Gredos, 2010), pág. 440: “¡Dios ha muerto! ¡Dios sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!”

5 Martin Heidegger, “Ser y tiempo” (FCE, 2014), pág. 33

6 Gianni Vattimo, “De la realidad. Fines de la filosofía” (Ed. Herder, 2013), pág. 26

7 Andrew Culp, “Oscuro Deleuze” (Ed. Melusina, 2016), pág. 12

8 Nick Land, “The Dark Enlightment”, en

The Dark Enlightenment, by Nick Land

9 Quentin Meillassoux, “Después de la finitud” (Ed. Caja Negra, 2015), pág. 78

10 Quentin Meillassoux”, Después de la finitud”, op. cit., pág. 53

11 Quentin Meillassoux”, Después de la finitud”, op. cit., pág. 29

12 Quentin Meillassoux”, Después de la finitud”, op. cit., pág. 30

13 Quentin Meillassoux”, Después de la finitud”, op. cit., pág. 91

14 Quentin Meillassoux”, Después de la finitud”, op. cit., pág. 123

15 Quentin Meillassoux”, Después de la finitud”, op. cit., pág. 101

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