Sobre la Revolución

Puede decirse sin errar que la revolución se constituye como uno de los elementos vehiculares de la historia moderna. Ésta suele entenderse como un acontecimiento caracterizado por la acción, normalmente violenta, que sirve para derrocar un antiguo régimen y, posteriormente, efectuar, un cambio completo en las instituciones fundamentales de la sociedad. No obstante, el término ha sido aplicado una y otra vez a prácticamente todos los eventos a los que se atribuye un cambio extremo en el orden institucional durante la historia reciente, por lo que actualmente, la revolución como concepto presenta serias dificultades para ser categorizado y consumido sin caer en la banalización del mismo. Ante la posibilidad de vaciar el concepto de su significado concreto, algo que ya les ha ocurrido a tantos otros significados a los que el mundo posmoderno está arrebatando su potencia y su dignidad, conviene entender cuáles son las características de una revolución, así como todos los procesos que le acontecen y le preceden conjuntamente con los actores que le involucran, los objetivos que persigue y la manera que tiene de desarrollarse en la historia y comprobar si el concepto ya pertenece al pasado o todavía existe espacio para una nueva revolución. 

En el imaginario mundial no cabe duda que la revolución como acontecimiento político tiene su inicio en Francia el catorce de julio de 1789 cuando Luís XVI es informado de la toma de la Bastilla, una fortaleza medieval situada en el centro de París, en el que se liberaron siete presos y que supuso simbólicamente el fin del antiguo régimen y el punto inicial de la Revolución Francesa. Esta revolución es considerada la revolución de su época y sus repercusiones siguen todavía vigentes en la actualidad, habiendo influido en la configuración de la actual Europa y el resto del mundo. Esta proporcionó el patrón para todos los eventos revolucionarios subsiguiente, transformó el significado del vocablo “libertad” en algo mucho más importante y romántico del significado que hasta el momento lo caracterizaba: un término legal denotando lo contrario de “esclavitud” [1], y cambió radicalmente el significado de democracia, Estado, población soberana, guerra e incluso clase, proletariado o nación. Pero, desde mi punto de vista, es conveniente retroceder algo más en la historia para encontrar si bien no el origen, el germen de la revolución. 

La Libertad guiando al pueblo, E.Delacroix (1830)

El cristianismo es el movimiento que habilita todo movimiento revolucionario posterior, incluso cuando estas se proclamen ateas. En primer lugar, porque propone la igualdad de las almas ante Dios condenando cualquier tipo de poder público y, en segundo lugar, porque se prometía un Reino de los Cielos, esto es, un lugar de paz. La pretensión de alcanzar el reino de los cielos o, dicho de otro modo, la paz perpetua y la igualdad de todos los seres humanos, es la que habilita a la revolución tomar la idea de libertad como motor necesario para enfrentarse a un poder que restringe, violentamente ya sea a través de la ley o de la fuerza, los derechos naturales del ser humano. Si queremos ser todavía más precisos, el cristianismo da lugar a una concepción rectilínea de la historia, esto es, una historia que se proyecta de manera uniforme desde un origen – Dios. Es evidente que sólo son concebibles fenómenos como la novedad, que es el elemento que permite el cambio radical de una estructura política y social, cuando se da un concepto lineal del tiempo.[2]Por lo tanto, sólo cuando el individuo se atreve a organizar el mundo desde sí mismo al modo que lo hace la modernidad que filosóficamente promueve Descartes, influenciado directamente por la Reforma Luterana que entrega la palabra de dios al interior de cada uno de los seres humanos, es posible liberar el germen de revolución que el cristianismo instaura en la historia occidental. 

Es, pues, de suma importancia, para la concepción de la revolución en los tiempos modernos “no olvidar que la idea de libertad debe coincidir con la experiencia de un nuevo origen” que permita en última instancia reordenar el mundo existente. Así, podemos decir que el proceso revolucionario es aquel que irremediablemente conduce a un nuevo origen, y el proceso post-revolucionario es el que se encarga de “asegurar las conquistas revolucionarias” para cambiar la definición de quien debería y no debería tener poder político. Y es justamente en la Guerra Civil Inglesa  del 1640 al 1690 cuando las procedentes doctrinas de la resistencia a consecuencia de las cuales la antigua sociedad estamental europea había conocido grandes revueltas rechazan desarrollarse desde la obediencia pasiva, sino que pretenden también afirmar un nuevo modo de construir la autoridad, dando así lugar a un proceso en el que “el rechazo a la legitimización del pasado se resuelve en una crítica al presente que abre la posibilidad de dar forma al futuro” poniendo fin a la condición de lucha y guerra a través de la conquista de la palabra política. De esta manera, y recogiendo las conclusiones de Lindeman[3], “una revolución puede destruir las barreras existentes y producir canales para nuevas experiencias, pero la nueva experiencia en sí misma es un hecho posrevolucionario”.

Si nos situamos en la esfera de lo teórico, el concepto de mayor alcance de la Revolución Francesa y del fenómeno revolucionario en sí mismo es el concepto moderno de la historia en la filosofía de Hegel. El más célebre filosofo idealista alemán de todos los tiempos revoluciona la filosofía en el momento en que el antiguo absoluto de las filosofías clásicas se manifestaba también en la esfera de los seres humanos en un intento de formular una filosofía que correspondiese y abarcase conceptualmente las experiencias más recientes del tiempo. Sin embargo, desde el idealismo en el que Hegel desarrolla la teoría no puede decirse que esta tome parte de la acción, sino que sigue relegada a un acto enteramente contemplativo. Desde este punto de vista, la descripción y compresión de la acción humana solo puede realizarse desde el punto de vista del espectador que contempla el espectáculo de la historia, por lo que el individuo que desarrolla la acción concreta de la revolución, en este caso, no es más que un agente de la necesidad histórica y espera, de manera inevitable, comprender el sentido de su acción cuando esta ha llegado a su fin, esto es, cuando logra dar lugar a un nuevo punto de partida. 

Desde este enfoque filosófico, aunque la verdad es concebida históricamente tiene que ser válida para todos los individuos que la construyen, pues no es más que la manifestación del absoluto en la acción humana. Así, la libertad a la que apela la revolución tiene que referirse al ser humano como realidad tangible y mundana y no como parte de una nación o una realidad institucional concreta. 

La pregunta que a modo de conclusión quiero plantear es si, con todo lo anterior, en el momento en que las democracias liberales apelan a la libertad más mediante la acción del ciudadano en el mercado que en la represtanción política, orientada a cuestiones meramente administrativas y no representativas, ¿queda espacio para una nueva revolución o hemos alcanzado el grado máximo de libertad? ¿esta posible revolución debe de enmarcarse en la violencia, en la no violencia, a partir de la desobediencia civil o cualquier otro espacio de la resistencia a la autoridad?  o sin embargo ¿la revolución debe pasar por la ruptura de la institución del mercado? Y finalmente, en un momento en que se comienza a negar estar habitando la modernidad, ¿es la posmodernidad un acto revolucionario o representa el agotamiento de la revolución y la necesidad de inventar nuevos vocablos y procesos en la lucha por la conquista de la libertad, ya sean modificando sentido del tiempo, de la historia, de la experiencia humana en la tierra o de la verdad en si misma?  


[1]Hobsbawm, E. (2005): “La era de las revoluciones: 1789-1848”. Ediciones Crítica, Barcelona, España. 

[2]Arendt, H. (2004): “Sobre la Revolución”. Alianza Editorial, Madrid, España. 

[3]Lindman, E. C. (1937): “Economic Planning and the Culture Complex, en Findlay Mackenzie (coord.) Planned Society. Yesterday, Today, Tomorrow. A Symposium by Thirty-five Economists, Sociologists and Statesmen, Nueva York, Prentice Hall.

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