The Good Place o el significado de la vida

Uno de mis pasatiempos favoritos durante los meses de verano es ponerme al día de series de televisión que tengo ganas de ver y que se me han acumulado durante el año, así que este verano no ha sido menos y me he puesto con ganas a ello. Mi sorpresa ha venido cuándo, entre psicólogos del FBI entrevistando a asesinos en serie y detectives británicos especialmente observadores y perspicaces, encontré una serie que es una verdadera joya y que además me permite tener un tema para escribir en mi primer artículo de este nuevo curso en DecMag.

La serie en cuestión es The Good Place, una sitcom que trata sobre las aventuras y desaventuras de Eleanor Shellstrop cuando muere y llega a the Good Place, una especie de retiro de lujo y comodidades para todos aquellos que han sido buenos durante su vida. El problema es que Eleanor sabe que la han confundido con otra persona ya que ella no ha tenido un comportamiento ejemplar durante su vida y, por tanto, no debería estar ahí.

A pesar de la que serie evoluciona mucho a partir de ahí (véanla merece realmente la pena) ya sabemos suficiente de la serie cómo para desarrollar la intención de este artículo: qué hace que una vida sea buena; o, dicho de otro modo, ¿cuál es el significado de la vida?

Ahora, queridos lectores, quizás pensáis que vendrá una larguísima relación de autores, escuelas y conceptos filosóficos que abordan y reflexionan sobre el significado de la vida, las buenas acciones y la existencia mientras yo intercalo mis opiniones y sesudos comentarios al respecto. Nada más lejos de la realidad; de hecho, vamos a prescindir de la relación de autores e ideas ya que no tengo el conocimiento suficiente para hacerlo cómo toca y porqué estoy seguro de que hay decenas de textos ahí fuera que lo hacen mucho mejor que yo, y nos vamos a centrar en ciertos aspectos de la serie y mis comentarios al respecto.

Retomando brevemente el hilo de The Good Place; uno de los elementos conductores de la serie son las clases de ética que Eleanor recibe de Chidi Anagonye, que fue profesor de ética y filosofía moral mientras vivía. Entre los varios autores y conceptos que repasa Chidi a lo largo de los varios episodios hay uno que creemos especialmente relevante para el motivo de este artículo; en un capítulo reflexionan sobre la muerte y la significancia que tiene y Chidi dice que la muerte, como final de la vida, es lo que dota a las acciones que hacemos mientras estamos vivos de significado moral – lo que las hace ser “buenas” o “malas” acciones – y que, por tanto, el disponer de un tiempo limitado nos tiene que hacer ser conscientes de lo que hacemos.

A pesar de que, personalmente, coincido en que la muerte es un tema esencial en la concepción de lo humano y cómo afrontamos nuestra día a día no termino de compartir la relevancia que se le otorga en la serie cómo elemento pivotador en la distinción bueno/malo; desde mi punto de vista, es la pertenencia a una comunidad lo que dota de sentido a las acciones que hacemos ya que como animales sociales no podemos prescindir de la comunidad para nuestro desarrollo. Por tanto, si eliminásemos la muerte, el ser humano seguiría viviendo en comunidad y, siguiendo con el razonamiento anterior, las acciones seguirían teniendo consecuencias y podrían ser clasificadas cómo “buenas” o “malas”.

Hablar de la muerte me lleva a comentar otro elemento de la serie que es muy interesante por su (casi) ausencia en la serie y su profunda relación con el tema que tratamos: la religión. En la serie consiguen superar el tema con una escena bastante cómica al principio de la serie, ahorrándose así de entrar en detalles. Pero, en nuestro caso, DecMag intenta siempre entrar en los detalles y ver un poco más allá. Así pues, desde nuestra perspectiva, el apunte religioso cuando hablamos de muerte y final de la vida se hace imprescindible.

Desde casi el inicio, el ser humano se ha preguntado que hay más allá de la vida y ha intentado buscar explicaciones que le ayudaran a dar luz a ese elemento posterior. Y las religiones han jugado un papel primordial en eso. De hecho, según el antropólogo Bronisław Malinowski, el origen de la religión estuvo relacionado con la muerte al introducir un sistema de creencias que ayudasen a reducir el miedo que el hombre podía tener hacía la muerte (Wolpert, 2018). Es decir, según esta interpretación, las religiones nacen para dar respuesta a la muerte o, al menos, intentarlo.

Fotografía::http://www.fanpop.com/clubs/the-good-place/images/40751305/title/2×05-existential-crisis-eleanor-chidi-photo, NBC

Desarrollando esta idea que planteamos aquí, y siguiendo el artículo de Wolpert, vemos que ciertas religiones estrechan este vínculo entre creencias y muerte en dos puntos concretos. Primero, dando a entender qué hay una “vida eterna” más allá de la muerte, dando así una continuidad a la persona y reduciendo los miedos que se puedan tener a dejar de existir; y segundo, condicionando la capacidad de alcanzar está “vida” a los comportamientos que se han tenido en vida. Este segundo punto, según el autor y que yo comparto, tiene el propósito amenazante de que si no se siguen los preceptos de comportamiento marcados por la religión en vida, el castigo vendrá en el más allá.

Intentando ligar cómo esta (breve) explicación de la relación entre religión y muerte con el concepto de llevar una buena vida veo, desde mi punto de vista, que la relación no tiene mucha base fundamentada. Es decir, el creer en un “más allá” y adaptar los comportamientos a hacer acciones buenas y seguir unos preceptos marcados no implica, en mi opinión, que eso sea llevar una buena vida. Fundamento está opinión en dos puntos bastante claros: no hay ninguna prueba de que realmente exista este más allá y este entramado hace perder la autonomía al ser humano de vivir la vida cómo más le plazca. Se puede llevar una vida buena y una buena vida sin seguir necesariamente unos preceptos religiosos predeterminados, que no aseguran un disfrute consciente más allá de cuando dejamos de existir en este mundo dado que no tenemos pruebas de que exista este más allá, y seguir manteniendo la autonomía individual al hacerlo.

Este párrafo no quiere ser un atestado anti religioso ni mucho menos; cada cual es libre de entender su espiritualidad y sus miedos de la forma que considere más adecuada y creo sinceramente que el diálogo entre gente de creencias y religiones diversas es un ejercicio sumamente enriquecedor.

Lo que creo que falta en este artículo es que posición personal tomo yo respecto a la muerte y el llevar una buena vida. Personalmente, siempre me ha gustado esta cita de Bertrand Russell que encuentro muy certera: “On such a matter no argument is possible. I cannot, therefore, prove that my view of the good life is right; I can only state my view and hope that as many as possible will agree. My view is this: The good life is one inspired by love and guided by knowledge.” (Russell, 1957)

En mi entendimiento, el planteamiento de Russell conjuga dos elementos que he ido comentado a lo largo del artículo: la autonomía de lo individual en como decidir vivir una buena vida y la necesidad de que el disfrute de la misma surja de ella misma y no del condicionante externo de su finitud o la existencia de un más allá. De vida no hay más 1ue una y debemos ser conscientes de ello, pero que su finitud no nos haga perder el rumbo de que lo importante es compartirla y cuidarla entre todos nosotros.

 

Referencias

Russell, B. (1957). Why I Am Not a Christian : And Other Essays on Religion and Related Subjects: Bertrand Russell, Paul Edwards: Amazon.com: Books. Retrieved from https://www.amazon.com/Why-Am-Not-Christian-Religion/dp/B000FAKD02

Wolpert, L. (2018). How the fear of death gave birth to religion | New Humanist. Retrieved October 30, 2019, from https://newhumanist.org.uk/articles/5282/how-the-fear-of-death-gave-birth-to-religion

 

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