“Transhumanismo: la filosofía del mejoramiento humano”

Antonio Diéguez, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Málaga, impartió el pasado jueves una conferencia sobre transhumanismo en el Ateneu Barcelonés; un término que define como “la búsqueda de una transformación de nuestra especie, bien sea mediante la integración del ser humano con la máquina, bien sea mediante la modificación de nuestros genes en la línea germinal, hasta el punto de poder generar en el futuro una especie distinta a partir de la nuestra, una especie posthumana”. Su exposición estuvo basada en el libro que ha publicado recientemente con la editorial Herder, y que lleva por título Transhumanismo: la búsqueda tecnológica del mejoramiento humano. En él hace un recorrido por los orígenes de esta corriente (a la que él mismo denomina filosofía de moda o utopía del momento), se detiene en las teorías de algunos de sus precursores y distingue entre varias modalidades, como transhumanismo cultural y transhumanismo tecnocientífico o, dentro de este último, entre quienes apuestan por las tecnologías de la información -Inteligencia Artificial- y los defensores del mejoramiento biomédico, más enfocados a la farmacología y la genética.

Su conferencia se centró en esta última vertiente, probablemente la que suscita más interés y la que ha ganado más fuerza en el imaginario popular (desde obras clásicas de ciencia ficción como Neuromante o Schismatrix hasta superproducciones de Hollywood, pasando por los videojuegos y el anime japonés), convirtiéndose en “uno de los ingredientes de nuestro futuro mainstream” [1], como afirma la investigadora cultural Elisabet Roselló. Quizás su éxito se deba en gran medida a que, como comenta Diéguez en el libro, el transhumanismo se ha convertido en el único proyecto de salvación laica:

Cuando tantas promesas hechas por otras utopías han dejado de ser creídas, el transhumanismo se presenta con promesas renovadas, no mucho más irrealizables que las de las viejas utopías, pero sí más potentes, deslumbrantes y atractivas. Una parte importante de su fuerza está precisamente en que ya no encuentran una competencia respetable, excepto desde el lado -también renovado- de las religiones. [2]

Ahora bien, ¿cuáles son esas promesas renovadas o, al menos, cuál es la promesa principal que ofrece el transhumanismo? Una lo suficiente codiciada como para movilizar los anhelos de tanta gente – la inmortalidad. Ese fue el punto de partida de la conferencia: la posibilidad de un alargamiento moderado, radical o indefinido de la vida. Diéguez explicó que actualmente no hay una explicación simple y unánimemente aceptada de las causas del envejecimiento, y que de hecho podría no existir una explicación única, sino que tuviera orígenes muy diversos; cuanto más se conozcan estos orígenes, mayor será nuestra capacidad de intervención. Intervenir en el envejecimiento supondría dejar de entenderlo como una necesidad biológica inexorable y empezar a verlo como una contingencia que podría ser corregida.

Durante el transcurso de la charla, Diéguez fue profundizando en algunos debates actuales en el campo de la biología. Según dijo, si el envejecimiento es un subproducto de la selección natural, el problema a vencer será la diversidad de los mecanismos responsables y la posible complejidad de algunos de ellos; si es consecuencia de una programación genética incrustada en cada una de nuestras células y capaz de regular temporalmente la estructura global del organismo, el problema será cómo controlar el programa evitando efectos indeseados. En cualquier caso, lo único que sabemos es que la ciencia está haciendo grandes avances en el estudio de los mecanismos de envejecimiento, por lo que una prolongación sustancial de la vida humana ya no es un sueño descabellado sino una aspiración justificable.

Hasta tal punto es así que gerontólogos como Aubrey de Grey aseguran que la primera persona que vivirá mil años ha nacido ya, llegando a fijar en 2029 el punto de velocidad de escape de la longevidad, a partir del cual por cada año vivido se ganará otro año más de vida. Y lo interesante es que se trata de científicos respetados que ocupan cátedras en universidades de élite, por lo que no basta con descartar sus teorías como simples desvaríos: los filósofos (que siguen teniendo algo que decir en el debate en torno al transhumanismo [3]) deberían distinguir los buenos argumentos de los malos porque, como dice el propio Diéguez, “hay motivos de sobra para tomarse en serio el transhumanismo y para considerar con detenimiento sus supuestos y sus previsiones”. [4]

No sólo hay científicos implicados en estos proyectos: megacorporaciones como Google han financiado la creación de empresas biotecnológicas (Calico Labs, por ejemplo) y no son pocos los multimillonarios de Silicon Valley interesados en alargar su vida lo máximo posible. Además de su interés personal y los recursos económicos de los que disponen para hacerlo, es evidente que también está en juego un negocio muy lucrativo: de ahí que se haya señalado en varias ocasiones la connivencia de las tesis transhumanistas con la economía de libre mercado y eso que Rosi Braidotti llama capitalización de la materia viva, que le lleva a adoptar una posición muy crítica con esta propuesta en la medida que “no asume ninguna responsabilidad por las implicaciones políticas de este increíble desarrollo”. [5] Diéguez no lo ignora, sino que en su libro afirma lo siguiente:

El transhumanismo comparte con el neoliberalismo (…) su despreocupación por la cuestión social. [6]

Otros avances que posibilitan una prolongación sustancial de la vida humana son el descubrimiento de las tijeras genéticas de alta precisión y la biología sintética, que permitiría el uso de componentes naturales o artificiales para el rediseño de organismos vivos. Aunque todas estas técnicas parecen estar aún en fase inicial y nos resultan lejanas (si bien podrían no estarlo tanto como creemos), Diéguez apuesta por empezar a debatir ya sobre sus posibles efectos en un ejercicio de ética especulativa. En sus propias palabras, “dada la importancia del asunto, la radicalidad de las transformaciones que se anuncian y el rápido avance en el desarrollo de las biotecnologías implicadas, no parece prudente esperar hasta que lo que sea que se haga esté ya hecho; es necesario tener pensadas antes las consecuencias previsibles y las alternativas, si las hubiera”. Una medida que ya se está tomando en esta línea sería la prohibición de tocar la línea germinal del ser humano (óvulos y espermatozoides), pero incluso este límite está siendo cuestionado.

Quizás un primer paso para esta ética especulativa pudiera consistir en analizar minuciosamente los argumentos de quienes defienden el biomejoramiento para poder señalar sus debilidades o inconsistencias. Diéguez hace el siguiente listado (para una exposición más extensa y pormenorizada es aconsejable acudir al libro): i) la tecnología -incluida la cultura- ha sido siempre un instrumento de mejoramiento; ii) no intentar mejorarnos supondría faltar a un deber moral; iii) la división entre modificaciones genéticas con fines terapéuticos o mejorativos no se sostiene; iv) el mejoramiento es un objetivo deseable en sí mismo y el medio para conseguirlo no es éticamente relevante; v) no existe una naturaleza humana inmutable que impida la edición genética, y si existiera no estaríamos moralmente obligados a preservarla; vi) no hay nada que haga intrínsecamente mejor el estar sometidos a la lotería genética; vii) la mejora genética puede ser un instrumento muy eficaz para proporcionar igualdad y, en cualquier caso, aunque produjera desigualdad esto no sería razón para prohibir su uso; etc.

¿Cómo criticar estos argumentos? Hay, a grandes rasgos, dos posibles estrategias. La primera consistiría en defender una naturaleza humana que está siendo amenazada por los científicos, quienes “jugarían a ser Dios”; pero esta no tendría mucho recorrido porque el concepto de naturaleza humana es bastante cuestionable desde el punto de vista filosófico. La segunda consistiría en analizar caso por caso los posibles efectos de cada técnica y tomar decisiones en consecuencia. Así se evitaría tanto la prohibición total como el laissez faire o la permisividad excesiva. Esta es la postura de Diéguez, crítica pero sin caer en la tecnofobia: estudiar con detalle, no tener clichés generales, atender a cada caso y actuar con prudencia.

[1] Elisabet Roselló, El transhumanimo, uno de los ingredientes de nuestro futuro mainstream, en http://www.postfuturear.com/transhumanismo/?fbclid=IwAR2YEu_cbAIP-eAA-dy2Aw4DU65Lq0-E-MbUBQvGF-zur0L3jk-A4qGvDiQ

[2] Antonio Diéguez, Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano (Herder, 2018), pág. 20

[3] Antonio Diéguez, Transhumanismo y filosofía, EL PAÍS (13/09/2018): “Es una lástima que la filosofía haya desaparecido de la discusión sobre el mundo que llega merced a la tecnología.”

[4]  Antonio Diéguez, Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano (Herder, 2018), pág. 50

[5] Rosi Braidotti, ““La izquierda no ha querido saber nada del feminismo: lo descarta como un movimiento cultural”, CTXT (13/06/2018) https://ctxt.es/es/20180613/Politica/20097/Lola-Fernandez-Rosi-Braidotti-feminismo-filosofia.htm En esa misma línea, Helen Hester aboga por la intervención tecnológica sobre el cuerpo pero rehuyendo del transhumanismo y sus “imaginarios políticamente sordos” (“Xenofeminismo. Tecnologías de género y políticas de reproducción”, Caja Negra, 2018).

[6]  Antonio Diéguez, Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano (Herder, 2018), pág. 158



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