Trump y el Demonio

Trump es deleznable. Trump es execrable. Trump representa todo aquello que odiamos y que queremos cambiar. Sus políticas racistas y sus comentarios machistas no deben tener cabida en nuestra sociedad, son una demostración de todo el trabajo que tenemos por delante como sociedad para hacer de este mundo un lugar mejor para todos y todas. Pero no es el demonio. Trump es una consecuencia, no una causa. Y sobre eso vamos a hablar.

La política de separación de los hijos de aquellos inmigrantes que son detenidos en la frontera cuando intentan entrar en Estados Unidos es la barbarie; es un acto de lesa humanidad que nos remueve en lo más profundo de nuestro ser ya que ataca a aquello que es puro e indefenso como son los niños y niñas. Pero es un paso más en un sistema que criminaliza a aquellos que buscan una vida mejor; el simple hecho de intentar encontrar una vida mejor te convierte en ilegal y en una amenaza. Trump no es nada nuevo; Trump es una consecuencia, no una causa.

Durante el último mes hemos visto muchas reacciones de condena y de repulsa a la política de separación. Hemos visto presentadoras de telediario romper a llorar mientras narraban noticias sobre los campos de detenidos en la frontera. Entendemos, legitimamos y compartimos todas ellas, pero ¿dónde estaban ante las políticas de deportación de Obama? Según datos del departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Obama deportó casi tres millones de personas durante su mandato. Tres millones de personas que se consideraron criminales sólo por buscar una vida mejor. No es nuestra intención legitimar o justificar a Trump, nuestra intención es poner el foco en la diferencia de reacciones ante unas políticas, que aunque diferentes entre sí, parten de un mismo fondo y concepción. Poner el foco ante unos mass media que callan ante algunas barbaries y se rasgan las vestiduras ante otras.

Como ya hemos comentado antes, Trump no es una causa sino una consecuencia. Es una consecuencia de rotura con lo que Nancy Fraser llama el neoliberalismo progresista. Según Fraser, el neoliberalismo progresista es una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales – feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ -, por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de alta gama “simbólica” y sectores de servicios – Wall Street, Silicon Valley y Hollywood.

Donald Trump speaking with supporters at a campaign rally at the South Point Arena in Las Vegas, Nevada. Foto de GageSkidmore
Donald Trump speaking with supporters at a campaign rally at the South Point Arena in Las Vegas, Nevada. Foto de Gage Skidmore

El neoliberalismo progresista tiene sus cimientos en los años 90, con un fuerte centro en la victoria electoral de Bill Clinton en 1992. En vez de la coalición del New Deal entre obreros industriales sindicalizados, afroamericanos y clases medias urbanas, Clinton forjó una nueva alianza de empresarios, suburbanitas, nuevos movimientos sociales y juventud: todos ellos amantes de la diversidad, el multiculturalismo y los derechos de las mujeres. Pero esta alianza social iba acompañada de un cortejo al capitalismo financiero, radicado en Wall Street, a través de desregulaciones bancarias y tratados de libre comercio que dan un impuso definitivo a los procesos de desindustrialización que ya se estaban llevando a cabo en el país norteamericano. Lo que se perdió por el camino fue el Cinturón del Óxido, otrora bastión de la democracia social del New Deal y ahora la región que entregó la victoria electoral a Donald Trump.

Como bien comenta Fraser: “Durante todos los años en los que se abría un cráter tras otro en su industria manufacturera, el país estaba animado y entretenido por una faramalla de “diversidad”, “empoderamiento” y “no-discriminación”. Identificando “progreso” con meritocracia en vez de igualdad, con esos términos se equiparaba la “emancipación” con el ascenso de una pequeña élite de mujeres “talentosas”, minorías y gais en la jerarquía empresarial del quien-gana-se-queda-con-todo, en vez de con la abolición de esta última. Esa comprensión liberal-individualista del “progreso” vino gradualmente a reemplazar a la comprensión anticapitalista –más abarcadora, antijerárquica, igualitaria y sensible a la clase social— de la emancipación que había florecido en los años 60 y 70.”

Lo que queremos decir con esta lectura es que el verdadero problema no es solo Trump, el verdadero diablo es el sistema capitalista que repropiándose de luchas que le podrían plantar batalla puede esconderse y hacer ver como que no existe. Pero cómo ya dijo Verbal Klint: “El mayor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía”.

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *