Una filosofía literaria en tiempos posmetafísicos

El jueves 21 de marzo tuvo lugar en el Ateneu Barcelonès la conferencia “Una filosofía literaria en tiempos posmetafísicos”, protagonizada por Joan-Carles Mèlich, doctor en Filosofía y actualmente profesor de Filosofía de la Educación (UAB). El autor, que contó con Laura Benedicto como moderadora, expuso su particular propuesta contra la tradición metafísica occidental que ha venido imperando desde Parménides. Se trata de la filosofía literaria, un conjunto no-sistemático de pensamientos y reflexiones que ha desarrollado ampliamente en sus dos recientes publicaciones de Arcadia Editorial: L’experiència de la pèrdua (2017) y La condició vulnerable (2018).

Mèlich empezó constatando la preeminencia del pensamiento metafísico en la actualidad, un edificio teórico que invade todos los ámbitos de nuestra vida. Pero, ¿qué entiende el autor por este pensar metafísico? La filosofía metafísica niega el tiempo, no soporta las transformaciones, el devenir; cree en la existencia de lo natural, en un punto fijo, en una estrella polar que nos guía. Desgraciadamente, -según Mèlich- aún no podemos hablar de tiempos posmetafísicos, ya que todavía hay aspectos metafísicos arraigados en la vida cotidiana que debemos superar. Nuestras universidades y escuelas, por ejemplo, siguen pensando metafísicamente, desde la totalidad; se posicionan desde una hegemonía que se basa en el producir (personas, dicen) y esterilizar todo lo que se escape de ciertos márgenes. Es por eso que Mèlich manifiesta pensar la educación no desde las disciplinas, sino desde las bibliotecas, y propone un modelo en contraposición a la metafísica: la filosofía literaria, una filosofía alejada de conceptosnaturales.

La filosofía literaria es, por una parte, una crítica radical a la pedagogía disciplinaria que convierte las escuelas en una especie de Estado totalitario que monopoliza el saber de la academia, es decir, los discursos dominantes (y falocéntricos). ¿Acaso no es la palabra «educación» demasiado importante para dejarla exclusivamente a los pedagogos, al igual que «filosofía» a los metafísicos y «religión» a los teólogos? Asimismo, Mèlich dio especial atención al evidente estatismo que se muestra al hablar desde las disciplinas como si fueran bloques aislados entre ellos, reivindicando que se puede hablar de filosofía desde la literatura, como Emmanuel Levinas cuando escribe «a veces me parece que toda filosofía no es más que una meditación sobre Shakespeare». Si no somos capaces de poner a Shakespeare al lado de Kant o al lado de Hegel no entenderemos la propuesta de la filosofía literaria -afirma el autor-.

Laura Benedicto y Juan Carles Mèlich durante la conferencia “Una filosofia literària en temps postmetafísics” en el Ateneu Barcelonès. Foto: Ateneu Barcelonès

Continuando con su deconstrucción de la metafísica, Mèlich comentó, a partir de L’experiència de la pèrdua, la gran paradoja de la tradición metafísica occidental: el hecho situar la muerte en el centro de su reflexión. La paradoja reside en que, si bien la muerte es uno de los grandes temas de la filosofía metafísica, esta apenas ha sido tratada (o se ha tratado muy mal). Para Platón, la muerte es la liberación del alma (por lo tanto, no hay muerte propiamente, sino liberación de un dualismo constrictor) y Epicuro no muestra preocupación alguna por la muerte en su Carta a Meneceo cuando dice que «La muerte, temida como el más horrible de los males, no es, en realidad, nada, pues mientras nosotros somos, la muerte no es, y cuando esta llega, nosotros no somos». Con todo, en el siglo XX aparece Martin Heidegger con su peculiar ontología del Dasein y sitúa la muerte en otro lugar, de modo que sostiene que no experimentamos la muerte del otro y solamente podemos asistir a ella.

La filosofía literaria, en cambio, rehúye estas carencias y nos permite empatizar con la muerte del otro y vivirla, porque también hay otro aspecto importante, en referencia a la muerte, en el que la metafísica occidental no ha profundizado: la ausencia. El ser humano no solo sabe que se va a morir, sino que lo más punzante es que sabe que es muy probable que el otro se vaya y tenga que aceptar su ausencia; por lo tanto, la gran pregunta antropológica es cómo continuar viviendo sabiendo que el otro que se ha ido nunca más va a volver. Mèlich cree que el luto es infinito, tal vez no bajo la forma estricta del luto, pero hay otra palabra que para el autor es tan o más importante que el luto: la añoranza, otro concepto que considera que no ha sido tema de reflexión más allá del luto y la melancolía (que no son exactamente lo mismo).

La filosofía literaria tiene la condición vulnerable atada a ella, y esta condición es olvidada desde la metafísica. Mèlich habla de la vulnerabilidad como un pathos del ser humano, un pathos que desde la filosofía literaria se entiende como suceso. El pathos es un punto de inflexión, marca un antes y un después y, para el autor, son tres: el nacimiento, el enamoramiento y la muerte. El ser humano está sometido al suceso, el cual atenta brutalmente contra los determinismos del «tenía que ser así», y la vida humana no es tanto lo que programamos, sino lo que nos sucede. Cuando se da el pathos, si realmente es un suceso, nos deja una cicatriz en el cuerpo; y esto es la condición vulnerable. De hecho, si somos seres vulnerables es porque somos susceptibles a ser heridos.

Al final de la Fenomenología del espíritu, Hegel dice: «las heridas del espíritu se curan sin dejar cicatriz»; en cambio, la filosofía literaria diría: «las heridas del espíritu no se curan y dejan cicatriz», cicatrices que pueden abrirse en cualquier momento debido a la añoranza, a la memoria involuntaria. Mèlich trata la condición vulnerable en las relaciones íntimas y utiliza una forma que tenían el griego clásico y el alemán antiguo para explicarnos qué entiende él por intimidad: el uno es singular, y el tres, el cuatro y el cinco son plural. Dos es dos, no es ni singular, ni plural, sino dual; de modo que la intimidad se escapa fuera de este número. Hay múltiples ejemplos de relaciones íntimas: madre/padre e hijo, pareja, amigos, etc., pero el autor da especial importancia a la educación, refiriéndose a las relaciones de nombre propio con el alumno, remarcando nuevamente la necesidad de abandonar la pedagogía disciplinaria.

Así pues, la filosofía literaria piensa desde conceptos como la añoranza, el dolor y la vulnerabilidad, que no se pueden estudiar desde la filosofía metafísica al partir esta de configuraciones fijas. Mèlich insiste en que no sabe si este modelo que propone es una solución a alguna cosa, pero lo que sí afirma es que la filosofía metafísica es peligrosa, porque cuando se habla desde el absoluto, todo está legitimado, y se tiene que apostar por una filosofía que hable desde la ética y no desde la moral.

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