Vattimo y la violencia olvidada

Cuando Olga Batallé y Enric Vila empezaron su serie de artículos sobre la violencia daba la casualidad de que yo me encontraba sumergido en una novela donde ésta se encontraba tan presente que hasta uno llegaba a olvidarla, a perderla de vista. Dicha novela lleva por título Things Fall Apart, y en ella su autor, Chinua Achebe, examina la violencia desde una óptica que, tratada de manera adecuada, puede brindarnos la oportunidad de hablar de manera sencilla de un tema filosófico controvertido: el vínculo entre ontología y violencia. Por ello, sin tratar la violencia desde el prisma sociopolítico que ofrecen Olga y Enric, en este artículo hablaremos sobre la violencia sin fijarnos tanto en aquellos elementos particulares que la causan, sino más bien en aquella concepción ontológica que nos permite olvidar su presencia. Evidentemente este problema filosófico ha tenido una multiplicidad de voces a lo largo de la contemporaneidad, por lo que en este breve artículo nos centraremos en una de las más importantes de los últimos decenios: la de Gianni Vattimo.

En Things Fall Apart Achebe detalla el cosmos de una tribu del bajo Níger de la mano de Okonkwo, un hombre ejemplar para los suyos: un gran guerrero, un astuto granjero y un firme defensor de las leyes y las tradiciones. Sin embargo, en él Achebe caracteriza a un hombre que, a pesar de buscar la excelencia, no podemos sino detestarlo, pues la realidad a la que obedece le lleva a sacrificar inocentes, mantener una actitud misógina y ser intolerante con aquellas ideas que diverjan de su tradición. Es hasta tal punto repulsivo el mundo al que Okonkwo pertenece y en el que desea destacar, que la desafortunada llegada de colonos británicos a su tribu inclina al lector (tal y como Achebe desea provocar) a repensar el colonialismo: y es en ese momento donde uno ha perdido la violencia de vista.

No podemos defender culturas y costumbres que obliguen a realizar sacrificios humanos, pero tampoco estamos dispuestos a conceder que el remedio a este problema pase por la guerra contra sus integrantes y por una posterior “civilización” realizada por algún país de “principios ejemplares”. ¿Cuál es la solución? No son escasos los discursos que, articulados desde ciertas lógicas, muestran la (muy a nuestro pesar) inevitabilidad de la violencia. Sin embargo, es a partir de estos discursos donde la violencia, plenamente presente y descarnada, empieza a relativizarse. De una u otra forma estas lógicas calman al asesino y a sus cómplices: no hay que considerar la violencia cuando a ésta la ampara la verdad, cuando ésta se emplea contra lo bárbaro, contra lo irracional, contra a quien no podemos salvar de vivir en el error.

swaldo Guayasamin, El grito (1983), Fuente: https://www.widewalls.ch/artist/oswaldo-guayasamin/
Oswaldo Guayasamin, El grito (1983), Fuente: https://www.widewalls.ch/artist/oswaldo-guayasamin/

Para varias corrientes de la filosofía contemporánea (como la de la escuela de Frankfort o la de la hermenéutica) todas estas lógicas que pierden de vista a la violencia mantienen una idea común: la existencia de una verdad única y atemporal, una verdad que se presenta a la razón y que ofrece un progreso lineal a las sociedades que siguen su estela. Es esta idea tan enraizada en nosotros la que impone un tablero de juego desde donde muchas investigaciones y discursos, a pesar de sus buenas intenciones, no hacen más que perpetuar el germen del dogmatismo y de la violencia: hay una verdad, conocemos cuál es esa verdad y debemos hacerla prevalecer frente a los que no la tienen. Desde aquí, hasta la idea más pacífica debe considerar el uso de la violencia si no quiere reconocerse falsa.

Desde esta perspectiva el relato del colonialismo en el bajo Níger destaca un matiz diferente: tanto Okonkwo como los colonos británicos mantienen una actitud violenta por creerse en posesión de la verdad, de aquella verdad que no es simplemente una opinión razonada, sino de la Verdad en mayúsculas, la que urde todo su cosmos, su realidad, y de la que sin ella no son nada. Okonkwo, por mucho que le duela, no deja de hacer aquello que la realidad (esto es: la cultura, la tradición, la religión, la familia, la ciencia de los sabios y la sociedad) le presenta como lo que es verdad y correcto hacer; ¿De qué puede preocuparse si así son las cosas? De igual manera proceden los británicos, eliminando los cultos paganos, asentando su administración y su sistema judicial, infundiendo sus saberes y, de manera inevitable, usando la violencia contra quien se resista al cambio, al progreso. En la realidad de cada uno, la alteridad se percibe irracional, malvada y, por lo tanto, una amenaza a combatir en nombre de la verdad.

Dejando de lado la cuestión del mal (que en DecMag ha tratado Cristina de Caralt con su artículo sobre Ana Carrasco-Conde) vemos que hay una relación entre la verdad y la violencia. Desde este punto parte Vattimo para afirmar que, a diferencia de lo comúnmente pensado, es a partir del nihilismo desde donde mejor podemos defender la no-violencia. En Liberty and peace in the postmodern condition Vattimo muestra cómo puede ser eso posible, cómo se puede mantener la paz sin estar ésta sustentada por la verdad.

Para el turinés, prosiguiendo la hermenéutica ontológica, la verdad no es más que una construcción lingüística, y como tal no es otra cosa que una transmisión del pasado, una producción hilada desde las culturas, tradiciones y experiencias que han convergido en nuestro presente. Por ello, ontológicamente hablando, el ser no es para Vattimo aquello que se nos presenta, sino que lo que se nos presenta es su envío, su huella dejada en el pasado; el ser, entendido como lenguaje, siempre precipita desde un momento anterior: el ser ya ha sido. Pensar que el ser siempre está (en) presente, en su presencia, no nos conduce a otra cosa que a considerarlo desde su atemporalidad, buscando, consecuentemente, identificarlo con aquello que siempre permanece inmutable, con un principio final, con un fundamento absoluto que sustente la totalidad. Vattimo, como decimos, rechaza esta concepción del ser como presencia y, por lo tanto, rechaza la idea de una verdad atemporal, de una certeza que sostenga al mundo. No hay ningún absoluto, trascendente o no, al que apelar; Dios, como dijo Nietzsche, ha muerto.

Justo es desde una vuelta a Nietzsche desde donde Vattimo se pregunta por la paz tras la caída de la Verdad. Cierto es que el planteamiento nihilista del filósofo alemán parece llevarnos, en algunos de sus escritos, a una posición donde lo único que resta tras la máscara de la metafísica es la voluntad de poder, siendo así que, entregados a esta voluntad, los débiles deberían sucumbir frente al superhombre. Vattimo reconoce la problematicidad que supone la voluntad de poder en el nihilismo, y en algunas de sus obras, como en Más allá de la interpretación, se aleja de ese “desenmascaramiento” nietzscheano. Sin embargo, más allá de esta posible lectura violenta sobre Nietzsche, Vattimo recoge de él aquellos pasajes donde el alemán considera que, muerto Dios, es característico del superhombre tratarse a sí mismo y a sus convicciones con cierta ironía, pues no hay verdad, religión y costumbres que no sean sino productos de un gran supermercado de verdades, religiones y costumbres. Tal y como dice Vattimo, Nietzsche alberga la idea de “tener la capacidad de moverse como un turista por el parque de la historia” [1]. No hay apego alguno a un cosmos que sustente el sentido final de nuestras vidas, pues cualquier cosmos es uno de los muchos posibles: considerar la propia muerte y la muerte del otro por y para mantener vivas tales convicciones se vuelve algo irrisorio desde este planteamiento.

Para Vattimo los choques y guerras culturales que asolan el siglo XXI tienen lugar por la aún tediosa creencia de que, a pesar de la cada vez más estrecha conexión entre individuos y culturas, hay que considerar una como la correcta, esto es, como la que permanece junto a la verdad. No hay posibilidad de que nuestro mundo, marcado por la globalidad, pueda ser otra cosa que una lucha permanente entre culturas si no consideramos el desfondamiento que la posmodernidad provoca sobre las verdades y conductas con las que nos regimos.

Muchos critican este planteamiento nihilista de Vattimo porque ven en él un relativismo insoportable, debiendo ser aún nuestro proyecto la búsqueda y la “divulgación” de la verdad. Son varios los teóricos que frente a la actual multiplicidad de opiniones y descripciones que convergen en cada hecho, ven la exigencia (para no ser engañados por los demás) de volver a establecer aquellos criterios de verdad que nos mantendrían en el camino correcto. Desde la lógica de Vattimo tales teóricos fallan en su diagnóstico: lo que resulta insoportable no es la miríada de visiones que nos envuelven, sino la aún remanente idea que mueve a quienes sustentan esas visiones a imponerlas sobre la de los demás, “sabedores” de que la suya es la verdadera.

Otro tema que preocupa a los teóricos sobre esta gran torre de Babel, son las fake news, las mentiras flagrantes sobre hechos que nunca ocurrieron. Sin embargo, para Vattimo, el gran peligro de una fake new no sería tanto la evidente mentira que contase, sino más bien el efecto que produciría sobre quienes se la creyesen; y tal efecto no sería otro que la obediencia a tal mentira, su imposición sobre las demás opiniones o descripciones sin apreciar más información que la ya leída. ¿Qué peligro tienen las fake news si se reconocen a priori exentas de la verdad? Por supuesto queda por concretar cómo tales noticias que abiertamente son mentiras quedan descartadas frente a otras que, ya no defendidas como verdaderas, se agrupan entre las verosímiles. Es un problema que, a pesar de que los últimos trabajos de Vattimo muestran que el turinés sigue bosquejando una solución, ya podemos atender a algunos de sus argumentos provisionales: ¿qué recorrido tienen las fake news cuando estás no ciegan al lector el resto de las noticas sobre el mismo tema? La coherencia y retórica de los discursos más verosímiles deja siempre escasamente amparadas a las fake news, las cuales, en este supermercado de verdades, quedarían marginalizadas por la competencia.

La retórica y la coherencia del discurso son las herramientas con las que Vattimo pretende solventar el problema de las fake newssin tener que apelar a la verdad y su adecuación. Aunque sea una solución débil, lo contrario, el establecimiento de los parámetros de la verdad pronto no sólo dejaría fuera de circulación las mentiras, sino también aquellos puntos de vista que, verosímiles, se habrían atrevido a desafiar la visión de la realidad que impone tal parámetro.  En cualquier caso, siendo este un tema que podemos seguir en otro momento, quedémonos con las palabras que Vattimo dirige a los temerosos de nuestra insoslayable torre de Babel: “el miedo a este «supermercado» de éticas, religiones y visiones de la realidad (miedo que todos sentimos en cierta medida) puede ser desenmascarado, con un poco de la ayuda de Nietzsche, como una residual necesidad neurótica de una paternal, reconfortante y punitiva autoridad” [2].

Muchos otros pensadores han criticado a Vattimo que su apología a la no-violencia contrasta con todos esos pasajes donde el turinés ha defendido su uso (el uso de la violencia contra quien te esclaviza o contra el que te invade). Ese es un tema del que, a pesar de querer dejar constancia, no podemos desplegar del todo aquí (si bien es una cuestión cuya última palabra aún no se ha pronunciado). Una sencilla respuesta sería decir que Vattimo permite la violencia sólo como reacción contra aquella que se sufre de antemano, pero ésta es una respuesta demasiada escueta. En mi opinión, la vaguedad con la que Vattimo define los usos aceptables de la violencia es una muestra más de que, para él, la violencia, sea cual sea, siempre debe quedar a plena luz, bajo la crudeza de lo que es, sin esconderse tras ninguna verdad que permitiese su olvido. Tal es el motivo por el que le cuesta tanto concretar qué la justifica, pues la violencia no debe quedar amparada por nada más que por sí misma. Por eso, si bien aún queda saber cómo se concreta su uso, lo que supone la gran aportación de Vattimo a favor de la paz no es su elaboración de una filosofía que erradique la violencia en todas sus formas, sino la de una filosofía que disuelve aquellos principios donde la violencia se esconde y se olvida.

 


[1] Vattimo, G. (2004) Liberty and peace in the postmodern condition en Nihilism & Emancipation. Ethics, Politics and Law, New York, Columbia University Press: 55. Traducción propia.

[2] Íbid., 58.

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