Dec Mag va al museo: Rosemarie Castoro en el MACBA.

Quedan pocas semanas para que acabe la exposición que MACBA ha preparado para proyectar una de esas voces tremendamente influyente, pero también silenciada por su condición de sexo y es que, Rosemarie Castro es una de las artistas que ha explorado con más acierto las propuestas del arte minimal y que menos peso público ha tenido. Es por ello que hoy quiero poner en contexto su obra y repensar los principios teóricos del minimal a través de su exposición. Una exposición nada fácil para el espectador que nunca antes se había acercado a un arte tan sutil y sofisticado como el que se propone a través de tres elementos clave: cuerpo, color e infinito.

Empiezo por situar el arte minimal en su contexto: esta corriente artística nace alrededor de la década de los 60 como un rechazo generalizado al esnobismo que rodearon el agotamiento de las vanguardias artísticas que, para muchos, sirvieron como coartada cultural al imperialismo americano. Esto se explica si atendemos a la definición de Greenberg del Action Painting de Pollock, un acto dónde el cuerpo se manifiesta a través de un movimiento impulsivo, que pinta el lienzo colocado en el suelo y que termina por expresar “el anhelo de la simplicidad y la espontaneidad de la infancia” (Greenberg, 2016: pp. 602). Es importante que me recree en la alusión a la espontaneidad de la infancia que aparece aquí como una defensa de la libertad total del ser humano. En un contexto de Guerra Fría como en el que nos encontramos, entender de esta manera Pollock y elevar su estatus al de genio conlleva a entender el arte vanguardista en clave política: Estados Unidos se interpreta como la cuna de las libertades estructuradas alrededor de capitalismo mientras que el Bloque Soviético, que se impone en su realismo artístico, arrasa la libre voluntad del individuo. El problema es que tal sistema político se enfrenta a sus contradicciones en sucesos como la Guerra del Vietnam, entre muchos otros, y no las asume, provocando que cuando el arte se hace por y para las élites políticas y culturales, el rechazo hacía éste se generalice. De esta manera, de la complejidad de la interpretación tanto de la obra como de la motivación de pintores como Rothko o Pollock, el objeto minimalista se presenta como una sencillez aplastante:

“El objeto es el objeto” (Ballesteros, 2013: pp. 14)

En términos estéticos y en palabras nuevamente de Greenberg, las vanguardias habían realizado la tarea crítica que comenzaba en la obra estética de Kant, entendido a partir de la idea dónde las representaciones de la naturaleza que son objeto del placer artístico no muestran la naturaleza sujeta a las leyes de la necesidad, las leyes científicas, si no como si fuera arte, producto de la libertad. Poner el foco sobre la producción artística como hace Kant, poniendo en bandeja de plata los elementos necesarios para el nacimiento del Romanticismo, para luego focalizarse en la recepción y la reflexión estética como hace Greenberg, pone de relieve que la distancia artista-obra-espectador es cada vez más lejana, y la comunicación más difusa. Por ello lo único que reina es el gusto de los entendidos. A la vez, los nuevos artistas que sienten la necesidad real de expresar algo a través de un canal artístico caduco y sinsentido entienden que puede haber libertad más allá de lo que hasta ahora se proponía, incluso en la geometría, para así romper el relato cultural que Estados Unidos imponía en la sombra al resto del mundo.

El minimal recurre así a el concepto más elemental, el objeto geométrico, para explorar la libertad a través de él, poniendo del revés las concepciones sobre color, espacio y obra artística como si de una nueva ilustración, todavía más crítica, se tratase, para permitir que la actividad artística sea reflexiva en tanto en la producción como en la interpretación.

Es evidente, pues, que partir de la negación y del rechazo a las vanguardias y pivotando hacía lo simple se evidencia en esta sencillez formal una complejidad de contenido mucho mayor, fomentando el inicio de una nueva sensibilidad donde menos, es más.

Castoro, Rosemarie: Yellow Pink Brown Blue, 1964
Castoro, Rosemarie: Yellow Pink Brown Blue, 1964

Una vez situados, la primera de las salas de la exposición “Enfocar l’infinit” nos ofrece una serie de Large Paintings (pinturas grandes) que nos permite observar las características propias del minimal, aunque de una forma pecualiar. La pintura de Rosemarie Castoro se sitúa entre el Color Field practicado por artistas como Rothko o Barret Newman y la escultura minimal, en concreto las producciones de bloques de Carl Andrée, él que fue su pareja durante un tiempo. Esto es así por dos motivos: el primero es por la utilización de elementos geométricos básicos, primero la “Y” y luego la línea, para representar la unidad inestable de la obra. Con la superposición de elementos similares se consigue, por un lado, dar a entender que la obra de arte es una unidad de sentido en conjunto (un rechazo, seguramente, a la individualidad exaltada en las vanguardias) pero, a la vez, también dan a entender que dicha unidad es inestable y, por lo tanto, que la desviación de un elemento puede poner en riesgo la integridad total de la obra, lo que puede sugerir el rechazo a la concepción dual del ser humano descrita por Descartes; cuerpo y alma son siempre uno. Una provocación en toda regla.

 

Castoro, Rosemarie: Dioxomine Cereulean, 1965
Castoro, Rosemarie: Dioxomine Cereulean, 1965

Nos situamos ahora en el aspecto del color: el arte minimal se ha caracterizado por el uso del color negro, principalmente, para manifestar su condición de negación del discurso artístico del momento (pintar en negro seria traducido como tachar). No obstante, Rosemarie Castoro abandona esta concepción del color para experimentar la potencia del mismo tal y como practicaban los artistas del Color Field, aunque, a diferencia de éstos, a Rosemarie Castoro no le interesa la capacidad emotiva del color por sí mismo, sino la sensación que provoca el hecho de utilizar colores complementarios a través de elementos geométricos sin sentido más allá de su propia geometría sugiriendo así que, en el ejercicio visual y no imaginativo, la emoción puede tener lugar en un sentido absoluto y no subjetivo sin negar la propia pintura.

Castoro, Rosemarie: Pencil Painting, 1968
Castoro, Rosemarie: Pencil Painting, 1968

“la pintura trata de expresar la interminable línea del horizonte, hundirse en el sentimiento de lo inacabable del tiempo y el espacio. No la imposibilidad humana y sublime de abarcarlo, sino, al contrario, la posibilidad de hacer una experiencia de ello”
(Pérez, 2003: pp. 90)

El siguiente espacio que nos ofrece la exposición es aquel que aborda su obra performativa. Como sabéis, la exploración contemporánea de la posibilidad del arte se abre a nuevas formas comunicativas, entre ellas la performance, esto es, la realización de una obra de arte efímera en un espacio y tiempo determinado. Una de las que más me llamo la atención fue aquella que aborda la cuestión del tiempo. En ésta, la artista recorre una serie de calles de Manhattan en bicicleta con un bote de pintura agujereado que deja un rastro de su recorrido. De esta manera, el tiempo logra poder representarse materialmente, es decir, el rastro material que deja la pintura en el asfalto implica que éste solo se puede abordar desde la materialidad. El tiempo, así, emerge como un absoluto en tanto exista materialidad, representado una huella imposible de borrar en nuestro cuerpo y en cualquier otro hasta agotar nuestra propia condición, esto es, al morir. De esta manera, el tiempo invoca a la muerte, un tema muy recurrente en el arte minimal, en una relación causal absoluta y universal.

Castoro, Rosemarie: Lanf of Lads, 1975
Castoro, Rosemarie: Lanf of Lads, 1975

Las últimas salas se centran en la obra escultórica de la artista, nos centraremos en la primera, que se corresponde a la experimentación de pequeñas y grandes esculturas realizadas con resina, principalmente, que forman, entre muchos objetos, un conjunto de escaleras que por sus condiciones físicas serian inservibles. Están colgadas del techo y, por ende, no tienen una base sólida en el suelo, de esta manera, la artista permite explorar el impacto de la búsqueda de la belleza plotiniania, de lo sublime, de la luz (ver aquí) en base material, siendo cada escalera inservible para dicha finalidad, deviniendo putrefacta por el paso del tiempo. Nuevamente, el agotamiento, el infinito, la subjetividad que no obtiene conclusión aparece en la obra de Rosemarie Castoro siendo la imposibilidad lo único absoluto; la ilusión de libertad.


Referencias:

  •  Ballesteros Arranz, E., “Arte en la Segunda Mitad del Siglo XX”. Hiares Multimedia. Madrid, 2013; pp. 14.
  • Greenberg, E. H., “La Historia del Arte”. Phaidon. China, 2016; pp. 602.
  • Pérez Carreño, F., “Arte Minimal: Objeto y Sentido”. La Balsa de la Medusa. Madrid, 2002; pp. 90.
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