El espacio público: ¿qué nos queda?

Si en el último de nuestros artículos empezábamos diciendo que la revolución se constituye como uno de los elementos vehiculares de la historia moderna, quiero empezar este artículo diciendo que uno de los elementos sobre los que se debe asentar toda revolución es en la conquista del espacio público, entendiendo este como aquel espacio donde confluyen y deben convivir los distintos individuos y grupos que conforman una comunidad. Si bien la definición del termino espacio público puede llegar a ser difusa debido la propia evolución del término, lo que está claro es que las funciones que éste ha ido cumpliendo a lo largo de la historia han sido determinantes para el desarrollo de las distintas comunidades. No es de extrañar, pues, que distintos autores adopten posturas muy diversas cuando se trata de discutir sobre este concepto. 

Si de las distintas funciones que distintos autores le atribuyen al espacio público, como por ejemplo Joseph Isaac que lo concibe como un espacio de aprendizaje, o Habermans que entiende el espacio público como el ámbito de la libertad; creo que es el enfoque de Foucault, y su visión del espacio público como un lugar de control, el que hoy nos va a permitir entender como en los últimos tiempos ha ido evolucionando el espacio público en el que habitamos. Aun así, y antes de entrar a discutir cómo han evolucionados los distintos lugares que confeccionaban el espacio público me gustaría tratar de acotar un poco más el termino para que así nos sea más fácil ir articulando dicha evolución. 

Hablar de espacio público implica necesariamente hablar de urbanismo y de límites de propiedad. Usando una definición que proviene de las teorías del urbanismo operacional y la especulación inmobiliaria, podemos definir el espacio público como aquello que queda, como lo residual y lo marginal, después de construir vivienda comercio o administración (Carrión, 2004). Es decir, tras los diferentes usos que le podemos atribuir al suelo, el espacio público será aquel espacio restante y que tiene como función conectar y vehicular tanto a los habitantes como las actividades que estos desarrollan de forma colectiva. Así pues, es también imprescindible establecer tanto los límites de propiedad de cada individuo como su capacidad de apropiación del espacio, distinguiendo entre espacio vacío y espacio construido, entre espacio individual y colectivo y, por lo tanto, situando el espacio privado como contraposición al espacio público. Una vía para hacerlo es entender que el espacio público es todo aquel espacio que no es privado – es decir, ningún individuo a título personal puede reclamar como suyo – y es asumido por el Estado como representante y garante del interés general, siendo así el propietario y el administrador. 

Llegado a este punto vemos que necesariamente el concepto de espacio público debe de estar ligado al concepto de ciudad, entendida ésta como un asentamiento relativamente grande, denso y permanente de individuos socialmente heterogéneos (Louis Wirth, 1988). No obstante, esta relación se especifica y transforma a lo largo de la historia, no es lo mismo el papel que jugaba el Ágora en las polis griegas o el tianguis mesoamericano tradicional, con la plaza o los mercadillos que, incluso siendo un producto urbano en vías de extinción, todavía podemos encontrar en las ciudades europeas occidentales. Así pues, la pregunta parece clara ¿qué pasa realmente en las ciudades occidentales actuales? ¿qué constituye actualmente el espacio público?

Hoy en día la ciudad se organiza desde lo privado y los espacios comunitarios como las plazas terminan siendo, por un lado, un desperdicio para la lógica económica de la maximización de la ganancia y, por otro, un mal necesario para cumplir con las normas del urbanismo (Carrión, 2004). De nuevo pensemos en la plaza y el mercado y en como este se ha sustituido por el centro comercial: mientras el mercado moderno satisfacía simultáneamente dos objetivos: el intercambio de bienes y el intercambio de ideas y experiencias sociales, el centro comercial, fiel a su naturaleza privada, sólo se orienta hacia la adquisición de utilidades a través de efectivos mecanismos de control social que tienden a aumentar el deseo de consumir (Judd, 1996). De esta forma, no sólo se alterna el paisaje urbano por donde los transeúntes deben moverse, sino que se alteran todas las interacciones sociales que se producen y reproducen. La calle, las plazas y los mercados pasan a ser un no lugar (Augé, 1988), son simples espacios de conexión entre viviendas y oficinas, entre oficinas y centros comerciales o gimnasios, lugares destinados al culto del individuo y a su propia satisfacción, a su encapsulación. Así pues, del espacio estructurante que antes suponía el espacio público, es decir germen generador de actividad y vida, hoy se constituye como espacio estructurado, residual y marginal, caracterizado por la pérdida de sus roles o por la sustitución de otros espacios más funcionales para el urbanismo actual. 

Plaza de la Constitución (Zócalo de la Ciudad de México): De plaza a glorieta.

Así pues, si en el imaginario del espacio público moderno éste debía significar exposición, debate crítico, interacción entre clases y autenticidad, es decir, un espacio para hacer pedagogía desde la alteridad y posibilitar el encuentro de manifestaciones heterogéneas, ahora su existencia está siendo cuestionada por la nueva sociedad informacional y la ideología privatista que la acompaña: el habitar tradicional ha sido remplazado por condominios y otras formas de comunidades enrejadas (McKenzie, 1994) porque si algo le conviene al capitalismo es cerrar cualquier espacio político, cualquier espacio de reunión que pueda cuestionar el orden existente, evitar cualquier acción humana fuera de lo previsto, desposeer a los individuos de la capacidad de ejercer su poder. 

En definitiva, las grandes capitales occidentales se caracterizan por la pérdida progresiva del espacio público y su sustitución por espacios que, más allá de conectar los integrantes de la comunidad, fomentan la individualización e encapsulación de los individuos con el claro objetivo de evitar la disidenciay desposeerlos de su capacidad de poder. Además, si a todo esto le añadimos la irrupción de las redes sociales, que para algunos pueden entenderse como las nuevas ágoras y parques y, pese a la capacidad de “democratización de la opinión” y “capacidad de aumentar el debate público” que también algunos le pueden llegar a atribuir, es fácil llegar a preguntare si: ¿sigue siendo posible una conversación pública de masas? ¿Sigue siendo posible la convivencia entre los distintos grupos que conforman una sociedad o, por el contrario, estamos destinados al disenso perpetuo tendiendo así a la imposición total de una única opinión válida que reine en el espacio público y que, por mucho que le duela a Habermas, ya no podamos, si es que algún día pudimos, considerar el espacio público un espacio de libertad?

REFERENCIAS:

  • Augé, Marc (1998), “Los no lugares, espacios del anonimato”, Ed.Gedisa, Barcelona
  • Carrión, Fernando (2004), “Espacio Público: punto de partida para la alteridad”, en Ciudad e Inclusión: Por el derecho a la ciudad. Gente Nueva Editorial, Bogota
  • Judd, D(1996), “Enclosure, Community and Public Life”. Research in Community Sociology 6: 217- 236. 
  • McKenzie, E. (1994). Privatopia: Homeowners associations and the rise of the private government. New Haven: Yale University Press.
  • Wirth, Louis (1988), “El urbanismo como modo de vida”, Ed UNAM
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