“Piensa globalmente pero no te limites a actuar localmente”

La semana pasada, William D. Nordhaus fue galardonado con el Premio Sveriges Risksbank en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel 2018 (a.k.a el Premio Nobel de Economía) por ser pionero en integrar el cambio climático en los modelos macroeconómicos de crecimiento a largo plazo. Sorprende, entonces que, coincidiendo con la llegada de Trump a la Casa Blanca, EE.UU. haya decidido abandonar los acuerdos de París para combatir el cambio climático y, más recientemente, se abran dudas acerca del compromiso de Australia con los mismos. Por ello, con este artículo me gustaría abrir el debate acerca de qué es el ecologismo, como ideología, y de qué formas deberíamos combatir el cambio climático.

Para empezar con esto, en primer lugar creo que es importante recordar qué es el acuerdo de París ya que probablemente representa un antes y un después en lo que significa actuar en contra del calentamiento global a escala mundial. Este fue el primer acuerdo firmado por un total de 200 naciones en 2015 con el fin de luchar contra el cambio climático a partir de reducir las emisiones de gases contaminantes que provocan el efecto invernadero en la atmósfera. Es precisamente a esta idea, la de actuar a nivel global a la que volveremos más adelante en este artículo.

Creo que el punto de partida con el que todos vamos a estar de acuerdo es la necesidad de que hay que “hacer algo” para revertir el proceso de cambio climático, un proceso que hoy en día es una realidad más que evidente. De hecho, según un informe de los National Centers for Environmental Information, tanto Estados Unidos como Noruega y Finlandia, registraron temperaturas máximas en julio por encima de 33ºC – Anxo Sánchez escribió un artículo sobre sus consecuencias en NeG que os dejo aquí. Entonces, a partir es esta necesidad de “hacer algo”, me gustaría hablar no tanto de soluciones específicas – porque evidentemente no las tengo – pero sí de como creo que estas deberían ir encaminadas.

La mayoría de estrategias que toman los gobiernos con la voluntad de reducir las emisiones de CO2 son políticas que se centran dentro del propio país, es decir, van dirigidas a las personas, empresas e instituciones dentro de unas fronteras. Ejemplos de este tipo de políticas podrían ser el hecho de incentivar la compra de vehículos eléctricos y el uso de energías renovables, o incluso el tratar de reducir la cantidad de bolsas de plástico que usamos. Por lo tanto, la lucha contra el cambio climático se ve limitada por el hecho de que, mientras el problema es global, su actuación solamente se produce a nivel local. De hecho, los acuerdos internacionales como el de París no dejan de ser, al fin y al cabo, una solución para evitar lo que en economía se conoce como “moral hazard”, es decir, evitar que no haya países que se aprovechen de los beneficios que puede aportar la lucha contra el cambio climático por parte de otros. Un buen ejemplo que ilustra esta problemática es la cuestión de las vacunas: ser “anti-vacunas” en Occidente es muy sencillo cuando sabes que el ambiente en el que se va a mover la persona no vacunada es un ambiente seguro debido a que el resto de personas vacunadas – que han incurrido en el coste – previenen precisamente que la enfermedad X pueda contagiarles.

Así pues, incluso bajo de los acuerdos de París, estamos en una situación en que la actuación y las políticas dirigidas a mitigar el problema con el medio ambiente se producen a nivel local. Además, y es precisamente lo que vengo a criticar con este artículo, es la manera en la que se pretende actuar amparándose bajo el lema “piensa globalmente, actúa localmente”. La ideología ecologista que subyace este lema no deja de ser en definitiva la mala conciencia del capital (López-Petit 1996) y ojo, que no digo que las acciones que podamos hacer a nivel personal, como bien puede ser el caso de reciclar o reducir los trayectos con automóvil, no sean de por si deseables, de hecho es evidente que pueden mejorar el bienestar del colectivo de individuos de la zona, lo que pretendo decir es que su impacto en contra del cambio climático va a ser reducido.

Pensemos por ejemplo en el caso en que un individuo es capaz de reducir los viajes que hace durante la semana con su coche particular. Evidentemente, esto le permite ahorrar el dinero de la gasolina y al final del año, mes o semana, se verá compensado con un dinero extra del que antes no disponía. El problema aquí, es que los individuos tendemos a mantener constante nuestra tasa de ahorro, es decir, la parte de nuestros ingresos que decidimos no gastar y además, una vez satisfechas las necesidades materiales básicas, los ingresos extras irán destinados por lo general a actividades de ocio, que suelen ser consideradas un bien superior, ya que la demanda de aquellos bienes que son necesarios para nuestra supervivencia tienen un límite y sólo cuando esta se satisfaga destinaremos nuestros ingresos a los bienes superiores (J. Van den Bergh, 2009) . Así pues,  hemos de tener cuenta que, generalmente, todo ingreso extraordinario va destinado a actividades de ocio –por ejemplo viajar – y de por sí, las actividades de ocio suelen generar más contaminación que el resto de actividades en las que gastamos dinero en nuestro día a día. Por lo tanto, cuando digo que bajo el lema “piensa globalmente, actúa localmente” se esconde la mala consciencia del capital es porque mientras tenemos la mayoría de las industrias externalizadas en países en vías de desarrollo en donde la regulación medioambiental es más laxa, mientras el número de aviones que cogemos cada año crece de forma exponencial (aquí), adaptar nuestros patrones de conducta a formas más sostenibles no va a servir de nada si no hay una actuación coordinada a nivel global, es decir que transcienda el límite de las fronteras. En el caso contrario, estas políticas son una manera de lavar nuestra consciencia ante los mares de plástico, los vertederos tecnológicos y la deforestación de los bosques.

Así pues, insistimos en que, si existe una verdadera voluntad de combatir el cambio climático, una buena idea, y que además es mejor en términos de coste efectividad, sería la de actuar de forma coordinada entre naciones más allá de los límites fronterizos en esos ámbitos donde puede haber un problema más urgente a solucionar, como puede ser el caso de la deforestación – y en consecuencia las emisiones de CO2– y que Jayachandran et al 2017, tratan de evidenciar en su estudio y del cual os dejo un resumen de VoxDev aquí.


REFERENCIAS

  • JAYACHANDRAN, S, J. DE LAAT, E. F. LAMBIN, C. Y. STANTON, R. AUDY AND N. E.THOMAS (2017), “Cash for carbon: A randomized trial of payments for ecosystem services to reduce deforestation”, Science 357: 267-273.
  • LÓPEZ-PETIT, S (1996): “Horror Vacui”; Siglo XXI de España Editores, Madrid, España.
  • VAN DEN BERGH, J (2009): “The Gdp Paradox”, Journal of Economic Psychology.

 

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