Qué salto más allá del Apocalipsis

¿Será capaz la generación hiperconectada de producir conciencia colectiva? Más allá del voluntarismo ético y la resistencia: con Darwin y Marx, por la neuro-evolución que está (quizás) por venir.

Franco "Bifo" Berardi
Franco “Bifo” Berardi

No sé cuándo surgió esa leyenda según la cual Marx habría querido dedicar uno de los volúmenes de El Capital a Charles Darwin. Según Richard Carter, escritor y fundador del círculo de los amigos de Darwin, “aunque Marx admiraba la obra de Darwin, alguna de sus tesis, en particular el apoyo que daba a las teorías de Malthus, no le convencían. Por ello es muy poco probable que Marx considerase realmente la posibilidad de dedicar su obra a Darwin”. No obstante, es cierto que Marx y Darwin mantuvieron correspondencia y que Marx sentía por Darwin un gran respeto intelectual.

Todo el mundo sabe, sin embargo, que durante el siglo XX Darwin fue secuestrado por la escuela neoliberal, fuertemente antimarxista. La evolución sería, de hecho, una cuestión de fuerza: el más fuerte, o el que mejor se adapta para sobrevivir en un medio específico, vence. Y esto vale tanto en el mundo natural como en el económico y social.

La modernidad ha intentado reducir la relación entre los seres humanos a la ley del más fuerte, tratando de someterla a convenciones lingüísticas, éticas, políticas y legales. Pero la experiencia demuestra que la ley del más fuerte prevalece cada vez que la relación social se transforma en conflicto. Esto es: casi siempre.

La ley del más fuerte

El universalismo ético intenta escapar a la férrea lógica de la evolución. Pero la ley moral parece no haber superado la prueba de la historia moderna, y ni el amor cristiano ni el imperativo categórico kantiano han sido capaces de ganar la batalla contra la mano invisible que impone la lógica económica y acaba con los ideales éticos y la voluntad política.

Incluso el proyecto político del socialismo, tras haber intentado imponerse con la fuerza de la dictadura o de la democracia, ha tenido que inclinarse ante la fuerza autoritaria del máximo beneficio. ¿Deberíamos considerar entonces que la cuestión está cerrada y rendirnos ante la evidencia de los hechos que parecen decirnos que el capitalismo liberal -como encarnación social del evolucionismo darwinista- ha derrotado definitivamente cualquier proyecto alternativo y se prepara para dominar el mundo eternamente?

Detengámonos un instante.

Volvamos a la relación entre Marx y Darwin. Desde el punto de vista filosófico, Marx no concibe el comunismo como una alternativa basada en principios éticos universales, y tampoco como un proyecto fundado sobre la voluntad política. Marx, que habla muy poco del comunismo como “proyecto” y evita la crítica moral del capitalismo, ha delineado la superación de la economía basada en el beneficio y en el trabajo asalariado como un “movimiento real que abole el estado de cosas existente”.

En otras palabras, el comunismo es el proceso que lleva al surgimiento y al despliegue una posibilidad inscrita en las relaciones sociales existentes, y este proceso es obra de una fuerza subjetiva material: la clase obrera. En definitiva, no se trata de “querer” el comunismo, como el voluntarismo leninista que produce una contusión violenta e impone una dictadura política sin llegar a realizar el ideal de una vida libre del trabajo asalariado. No se trata de afirmar valores morales colectivistas contra los valores individualistas. Se trata de liberar la potencia material de una subjetividad que en sí misma contiene la energía para desplegar la tendencia implícita en el desarrollo capitalista, y para liberar a la sociedad de los límites formales que el capitalismo impone al contenido liberador inscrito en esa tendencia.

En este sentido, el pensamiento de Marx se inscribe perfectamente en la visión evolucionista. El comunismo no es “moralmente justo”, sino sencillamente más adecuado para interpretar el potencial del ‘general intellect’ y de su producto: el conocimiento y la tecnología.

El método Marx

Por supuesto, se puede objetar que las cosas no fueron así, y que la clase obrera fue derrotada a finales del siglo XX, después de un largo conflicto en que el socialismo de la voluntad política se opuso al capitalismo de la evolución. Lo que pretendo decir aquí es que el juego no ha acabado en absoluto.

La subjetividad dotada de poder subversivo y liberador ya no es la clase obrera industrial, sino el trabajo vivo en su forma más compleja, rica y desterritorializada. El propio Marx lo escribió en una parte específica de su obra: el Fragmento sobre las máquinas. Ese poder es el conocimiento humano en sí mismo, que se subjetiviza en el intelecto general, en la red de trabajo cognitivo. El pensamiento de Marx procede por abstracciones, como él mismo explica en la famosa Einleitung de 1859, en la que escribe, entre otras cosas: “Lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo tanto, la unidad de lo diverso. Es por eso que en el pensamiento se presenta como un proceso de síntesis, como resultado y no como punto de partida, aunque es el punto de partida efectivo y, por lo tanto, también el punto de partida de la intuición y la representación […]. La totalidad concreta, como totalidad del pensamiento, como un concreto del pensamiento, es un producto del pensamiento, de la concepción; pero nunca del concepto que piensa y se engendra a sí mismo, desde fuera y por encima de la intuición y de la representación, sino que, por el contrario, es un producto del trabajo de elaboración que transforma intuiciones y representaciones en conceptos. El todo, tal como aparece en la mente como todo del pensamiento, es un producto de la mente que piensa y que se apropia del mundo del único modo posible”.

Este método, que procede de abstracción en abstracción, produciendo lo concreto como síntesis, le llevó a decir que el Capital crea las condiciones para su superación, y que la clase trabajadora es el sujeto que hace posible esta superación. Pero la profesión de Marx no era profeta. Y si bien esa construcción teórica resultó ser muy útil para comprender el desarrollo de la lucha de clases en la modernidad del siglo XX, chocó con la imprevisibilidad e impensabilidad de los acontecimientos históricos.

El acontecimiento constituido por la revolución soviética, cuyo objetivo era transitar a una sociedad de tipo socialista, precipitó en cambio la historia de tal manera que la lucha de clases se desplazó hacia un campo en el que los trabajadores fueron reemplazados por pueblos, naciones y ejércitos. La derrota de la revolución obrera en Europa, la devastación producida por la Primera Guerra Mundial y el consiguiente empobrecimiento social llevaron al nacimiento del fascismo, y en particular del nazismo en Alemania.

Una sucesión similar de acontecimientos se ha producido de nuevo, incluso dentro de condiciones técnicas completamente distintas y de dimensiones mucho mayores, en el nuevo siglo: en los años posteriores a la crisis financiera de 2008, el empobrecimiento social generalizado en Occidente ha creado las condiciones para el resurgimiento de una mezcla de nacionalismo verdadero y falso socialismo – en otras palabras, del nacionalsocialismo.

El mal absoluto no existe

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el nazismo fue etiquetado como el mal absoluto. El mal absoluto no existe, es un fantasma retórico que nubla la vista e impide definir de forma materialista (y por lo tanto relativa) el mal que surge dentro de ciertas condiciones que pueden reproducirse o no reproducirse. La retórica del mal absoluto nos ha hecho perder de vista la génesis concreta del nacionalsocialismo, que ha sido representado como un monstruo excepcional. Paralelamente hemos definido el Holocausto como algo único e irrepetible, el exterminio de seis millones de Judios, dos millones de gitanos y cientos de miles de comunistas y homosexuales. El resultado es que el monstruo ha renacido ante nuestros ojos y hemos seguido (seguimos aún) sin verlo.

Además, cegados por la retórica sobre la irrepetibilidad del Holocausto, nos negamos hoy a nombrar el nuevo Holocausto que se está produciendo en campos de concentración que ocupan un área mucho mayor que la que ocupaban Auschwitz, Mauthausen, Dachau y otros lugares de exterminio del siglo XX. No hemos visto que la presión ejercida por el poder financiero sobre la sociedad reproducía el efecto Hitler en todo Occidente, donde una forma extremadamente parecida al nacionalsocialismo es ahora una mayoría. O tal vez, más que de nacionalsocialismo deberíamos hablar de socio-nacionalismo, porque el origen de la bestialización contemporánea es social: tras cuarenta años de neoliberalismo, la mayoría de la sociedad occidental (blanca) necesita un chivo expiatorio para su venganza contra la clase liberal-democrática y contra la izquierda liberal.

Esto no significa en absoluto que los eventos del siglo pasado vayan a repetirse. La situación actual difiere de la de los años cuarenta por muchas razones, pero aquí voy a centrarme en dos. En primer lugar, la subjetividad social es hoy fragmentada y precaria, y parece ser cognitivamente incapaz de producir formas de acción colectiva organizada. En segundo lugar, el ajuste de cuentas por los cinco siglos de colonialismo -que solo un internacionalismo comunista podría haber tratado conscientemente- explota con la gran migración, que no está organizada por ninguna forma política anticolonialista consciente y crea condiciones de guerra civil global, también fragmentaria y no recomponible en un solo frente.

Desde comienzos de siglo, esta doble tendencia (social-nacionalismo en todo Occidente y guerra civil fragmentaria global) creció subrepticiamente y se manifestó con la victoria de Trump. Y, sin embargo, no nos atrevemos a reconocerlo, como si al negarnos a nombrarlo pudiéramos en cierta medida contenerlo. Ninguna política puede detener el proceso actual, porque la democracia se ha disuelto y el sentimiento de piedad humana ha sido erosionado por la desesperación y la impotencia.

El programa con el que se ha liquidado la democracia (aun de forma “democrática”) combina proclamas nacionalistas y promesas de restitución de los recursos que la austeridad financiera le ha quitado a la sociedad. Podemos prever fácilmente que la derecha no cumplirá sus promesas: la austeridad financiera ni siquiera es perjudicada (más bien se fortalece) por los gobiernos de derecha. Pero no por esto la derecha perderá el poder. Cuando se hace evidente que la miseria crece y que el poder financiero está intacto, el social-nacionalismo cambia el enfoque a la guerra, y señala a los chivos expiatorios para proceder a exterminarlos. Es lo que ya está sucediendo.

No creo que sirva de mucho la retórica de la resistencia. No estamos lidiando con una derecha minoritaria y agresiva. Nos enfrentamos a un fenómeno de racismo masivo por parte de los “perdedores”. Debemos evitar pensarlo en términos de un frente contra otro frente. La guerra civil es precisamente el terreno en el que se nutre el social-nacionalismo. Tampoco sirve de nada contraponer racionalidad y demencia fascistoide.

Tomemos la cuestión del racismo. ¿Qué posibilidad hay de convencer a la mayoría de la población europea para dar la bienvenida a los migrantes (como sería razonable)? Ninguna. Los demócratas ahora son humanitarios, pero -por seguir en Italia- fue Minniti quien, abriendo camino a Salvini, llamó “gestión de los flujos migratorios” a la práctica del rechazo sistemático.

También vale la pena recordar que los demócratas construyeron los campos de detención para inmigrantes no en Parioli o en los “buenos barrios”, sino en Tiburtino III y en la periferia urbana. El desastre producido por los gobiernos de izquierda liberales no se puede desmantelar, y no servirá combatir sus consecuencias con las armas contundentes de la política.

El ajuste de cuentas con la herencia del colonialismo

Una lectura evolucionista de Marx – en vez de la lectura político-voluntarista que prevalecía en la tradición leninista, o la legal-racionalista, que se impuso en la tradición socialdemócrata- ofrece información sobre lo que está pasando e incluso delinea una estrategia que nos permite adivinar cómo salir de un apocalipsis a estas alturas inevitable.

La primera consideración es que la mano invisible del capital neoliberal está encarnada en el nazismo, y que no hay oposición entre el nazismo y el liberalismo. Por el contrario: es el liberalismo el que ha producido las condiciones del social-nacionalismo y del exterminio en masa que inevitablemente trae consigo.

En un texto de 1962, Günther Anders formula la escalofriante hipótesis de que el nazismo del siglo XX no ha sido más que un experimento : un ensayo general en algún teatro provincial, para preparar la verdadera representación destinada a tener lugar en un futuro tecnológicamente perfeccionado. Ese futuro es ahora. Además, el propio Anders define la esencia del nazismo como una inhumanidad que ya no necesita la mano humana para completarse, como un automatismo técnico de lo inhumano . Auschwitz e Hiroshima fueron para Anders el anuncio del nazismo por venir. Crecimos creyendo que el nazismo había desaparecido con Hitler, pero estábamos equivocados: el nazismo completamente desarrollado es la automatización de lo inhumano, que sigue a la derrota del internacionalismo.

La política de expulsión -el único denominador común de todos los gobiernos europeos sin una diferencia sustancial entre los que aún son definibles como “liberal-democráticos” y aquellos que han entrado en la fase abiertamente social-nacionalista- no es un fenómeno político coyuntural, sino una reacción profunda que debe leerse dentro de un contexto evolutivo a largo plazo. En este sentido, los ensordecedores discursos de los “demócratas humanitarios” dejan el tiempo que encuentran porque se basan en evaluaciones a corto plazo y porque ocultan una hipocresía sustancial. La destinación provisional o definitiva de los migrantes que han llegado a Europa en los últimos veinte años recae por completo sobre las zonas urbanas pobres y las clases sociales más desfavorecidas.

Además, es cierto que el sistema de seguridad social italiano solo puede mantenerse gracias a la contribución de los trabajadores migrantes, y es cierto que una cierta cantidad de migrantes es indispensable para el equilibrio económico de los países en declive demográfico. Pero debemos adoptar una perspectiva más amplia: la de una migración prolongada y masiva, causada por el colapso ecológico de zonas africanas enteras, y el caos político provocado por las guerras que afectan áreas cada vez más grandes del continente euroasiático.

Hemos entrado en un proceso de reequilibrio demográfico planetario que no se puede gestionar con los instrumentos de la política democrática. De hecho, la democracia se está derrumbando en todas partes para dar paso a la violencia del racismo y la guerra. Más allá de las políticas de exterminio que el gobierno de Salvini está aplicando en el Mediterráneo, ¿qué estrategia se está trazando para el futuro cercano?

El plan de Salvini es reconstituir las condiciones para el control militar del territorio africano donde se origina la migración. En cuanto a las inversiones económicas en territorio africano, sería ingenuo creer que éstas tienen un carácter benevolente. Las inversiones europeas nunca han dejado de explotar empleos de bajo costo y territorios ricos en materias primas.

Es un clásico proyecto colonialista de explotación económica e intervención militar en el corazón de África, que pronto conducirá a una serie de conflictos inter-europeos para dividir el continente. China sigue este proceso cuidadosamente, y no podemos descartar que a medio plazo el continente africano se convierta en el territorio de una guerra sino-europea o incluso inter-europea (véase este interesante documento neocolonialista de Francesco Sisci, que interpreta sagazmente el punto de vista chino).

Me horroriza decir lo que estoy diciendo, pero el horror no está en mis palabras, sino en la realidad que describen: el Holocausto del siglo pasado corre el riesgo de desvanecerse ante las proporciones del Holocausto que ya ha comenzado en el Mediterráneo y que amenaza con extenderse y prolongarse en los próximos años. Y no debemos engañarnos pensando que el horror puede limitarse al territorio de ultramar: el terrorismo islámico de la primera década del siglo fue solo el anuncio del terrorismo de nueva generación que afectará a las metrópolis europeas durante la guerra colonial que está comenzando, como preveía Zbigniew Brzezinski en el ensayo Toward a Global Realignment .

Para reconstruir la genealogía de la situación en la que nos encontramos hoy, debemos retroceder a los cinco siglos de colonialismo y terror blanco contra las poblaciones del planeta. El internacionalismo fue un intento de afrontar ese legado de una manera consciente y estratégicamente solidaria, a través de una redistribución igualitaria de los recursos y mediante la restitución de lo que la esclavitud y la explotación colonial quitaron a la gente del sur global. Pero el eclipse de la perspectiva comunista ha abierto las puertas de un infierno en el que todos corremos el riesgo de adentrarnos. A menos que…

¿A menos que qué?

Evolución y conciencia ética

En este punto, el Marx evolucionista que hemos decidido adoptar sugiere dos cosas: la primera es que no habrá resistencia política o militar contra el nazismo, porque la guerra contra el caos es solo un instrumento del caos, y también porque el poder actual no se basa en la voluntad política, sino en una cadena de automatismos tecno-lingüísticos que deben desmantelarse lingüística y técnicamente. La segunda es que solo una fuerza mayor y más adecuada para sobrevivir podrá derrotar al nazismo tecnificado: y esa fuerza es la conciencia del intelecto general.

No hay duda de que el intelecto general (millones de trabajadores cognitivos en la red) es más grande y más fuerte que el sistema tecnocapitalista, ya que solo el intelecto general puede generar, producir y administrar ese sistema día a día. Pero las condiciones políticas dentro de las cuales esto sucede no han sido decididas por el intelecto general, que de hecho está obligado a sufrir sus consecuencias en las formas de existencia (material y sobre todo psíquica) de los sujetos cognitivos. Solo la acción consciente y coordinada de los trabajadores cognitivos puede deconstruir y reprogramar el autómata técnico que produce la miseria, la alienación y finalmente la guerra. Pero el punto es este: ¿es capaz el trabajo cognitivo de expresar esa conciencia colectiva que, por sí sola, permite que se organice autónomamente, es decir, que ejerza su función de creación continua del mundo fuera del control capitalista y la función beneficio?

Recientemente volqué mi atención en un evento que ocurrió en las oficinas de la corporación Google. Cuatro mil empleados de la sede más poderosa de toda la net economy han firmado una carta de protesta contra la decisión de la compañía de colaborar con el Pentágono en el suministro de inteligencia artificial para drones de combate. Después de unos meses de discusión, Google decidió renunciar al acuerdo con el Pentágono, que era un gran negocio, pero se arriesgó a abrir un conflicto a largo plazo con sus trabajadores y arruinar la imagen de una empresa que se enorgullece de hacer solo el bien.

Me parece que este episodio señala algo muy importante: existe la posibilidad de escapar del infierno al que el neoliberalismo y el social-nacionalismo nos han abocado. Está en las manos y cabezas de millones de trabajadores cognitivos que poseen el poder de bloquear, sabotear y desmantelar los automatismos técnicos que mueven la máquina global. Y también poseen el poder de reprogramar la máquina global produciendo automatismos técnicos guiados por un principio de sobriedad, igualdad y paz.

Pero esa posibilidad no está al alcance de la mano: porque la subjetividad que posee la llave se encuentra socialmente fragmentada, psíquicamente frágil y es incapaz de ser solidaria. Cuatro mil personas que trabajan para Google firmaron una carta de protesta contra la subordinación de su trabajo a una compañía militar, por supuesto; pero los otros setenta y seis mil empleados de la compañía se negaron a firmar. Solo un despertar de la conciencia ética de algunos millones de trabajadores cognitivos diseminados por el mundo pero conectados a la red puede actualizar la posibilidad.

La evolución es un proceso que se desarrolla siguiendo líneas que son esencialmente independientes de la voluntad humana; pero en la esfera humana, la conciencia tiene una función evolutiva importante. La conciencia no es un efecto de la voluntad, sino una función interna al proceso cognitivo, que hace posible la producción y la reproducción de la dominación.

¿Qué significa conciencia? Para simplificar una cuestión infinitamente compleja, diré que la conciencia es la función de auto-ubicación de un organismo. Cada organismo está situado: los pájaros vuelan en el cielo y los peces nadan en el mar; gracias a la conciencia, los humanos podemos modificar nuestra situación en el contexto y hasta el contexto mismo según nuestros intereses e intenciones. La conciencia implica ponerse uno mismo fuera de uno mismo y actuar sobre el yo situado.

Las hormigas, las abejas y las arañas realizan acciones extremadamente elaboradas, coordinadas, de alguna manera incluso inteligentes: pero no pueden cambiar las condiciones de su trabajo, no son capaces de reflexionar y actuar conscientemente.

Los trabajadores cognitivos son puestos en condiciones de producir software, proyectos, objetos, algoritmos, sustancias y relaciones. Su comportamiento coordinado no es diferente al de las hormigas o las abejas: el conocimiento (o más bien la información funcional inscrita en su cerebro colectivo) les permite realizar la función que les asigna el entorno social en el que se encuentran, pero no cambiar sus condiciones.

Si se me permite omitir muchos pasos lógicos, diría que la conciencia es la función de cambio del proceso cognitivo que se manifiesta en una condición de sufrimiento. La incomodidad, el sufrimiento psíquico, la falta de adhesión al propio ser situado, la percepción dolorosa del dolor del otro, es lo que empuja a los humanos a hacer un pasaje que ni las hormigas ni las arañas son capaces de lograr: reprogramar el contexto.

Reprogramar el funcionamiento semiótico, psíquico y económico de los signos producidos por el hombre. Reprogramar el contexto patógeno para no reproducir el sufrimiento indefinidamente.

La conciencia ética no consiste en una adhesión voluntarista a valores universales, como pretendía el pensamiento universalista, iluminista o socialista, sino que es un efecto de la distonía estética, de la angustia psicológica, del sufrimiento. Ahora tenemos que preguntarnos si los trabajadores cognitivos de la generación hiperconectada pueden expresar consciencia y particularmente conciencia colectiva. Es en este punto que nuestra investigación debe enfocarse.

Sabemos que la intensificación de la conexión y la aceleración de los estímulos infoneurales está produciendo un aumento sorprendente del sufrimiento psíquico. Véanse a este respecto los datos recogidos en las últimas décadas por Monitoring the Future (de 1976 a 2015), el Youth Risk Behavior Surveillance System (desde 1991) y la General Social Survey (desde 1972), analizados por Jean M. Twenge en el libro Iperconnessi (Einaudi). Estos datos reflejan claramente un aumento en el sufrimiento mental, la propensión al suicidio y la soledad. Estas tendencias deberían empujar a los hiperconectados (y por lo tanto, principalmente, a aquellos que diariamente crean y alimentan al autómata productivo global) a buscar el cambio. Pero desafortunadamente crece al mismo tiempo una incompetencia emocional y relacional que hace que los hiperconectados sean incapaces de solidaridad, empatía y acción conflictiva. El conflicto parece ser intolerable para la generación snowflake.

En esta brecha que se abre entre el sufrimiento y la incompetencia emocional, la posibilidad de un proceso de autoorganización del trabajo cognitivo hace posible (¿o imposible?) en un futuro cercano el desmantelamiento del autómata capitalista global y su reprogramación según líneas de sobriedad, igualitarismo y solidaridad.

El apocalipsis actual es la condición dentro de la cual puede producirse (o no) el despertar de la conciencia ética del trabajo cognitivo. El trauma que se está produciendo no solo alterará las estructuras de la vida social, las instituciones políticas y económicas, sino también el equilibrio psicocognitivo. Es posible el próximo pasaje histórico tenga lugar en el plano neuroevolutivo.

Franco ‘Bifo’ Berardi (Traducción de Toni Navarro)

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